Una epidemia del siglo XIX - Por Rosa Guaycochea de Onofri

El pasajero indeseable

Se ha dicho -con razón- que la pandemia desatada por el Coronavirus es una consecuencia de la globalización. En efecto, como una suerte de Alien que primero se cuelga de la nave espacial para luego introducirse en los organismos humanos, este patógeno viajó, inclusive en primera clase, en aviones y cruceros de turismo mundial. También acompañó los desplazamientos de negocios de políticos y ejecutivos, en esta época que rompió -aparentemente, o de la peor manera- las barreras ideológicas del siglo XX.

Lo incómodo es que en las sociedades avanzadas las causas de mortalidad prevalentes son las propias de una vida confortable y ansiosa: afecciones cardiovasculares, diabetes, degenerativas. El deterioro ambiental venía sumando nuevas causas de cáncer. Por ello sorprendió la emergencia de una enfermedad infecciosa, y gravemente contagiosa, propia de las grandes epidemias del siglo XIX. De tal manera que el sistema médico queda descolocado.

La peste

Las grandes epidemias que asolaron a Europa desde el medioevo, entre otras: la peste bubónica, viruela, el cólera varias veces en el siglo XIX, comparten con la actual el hecho de que también viajaron de este a oeste, en barcos y caravanas. En todos los casos, -y aquí entra también América- fueron la consecuencia de los desplazamientos masivos de personas, animales y enseres. Motivos: conquistas, colonizaciones de nuevos territorios, guerras, migraciones. Como hoy.

En el siglo XIX se sumaron las enfermedades infecciosas endémicas para marcar sucesivamente las etapas de la era industrial: gran crecimiento poblacional y correlativamente malas condiciones de vida en las nuevas ciudades industriales.

El agua contaminada con los desechos humanos e industriales fue la vía de contagio principal.

¿Cómo se superó esta realidad? La respuesta la encontramos en el desarrollo científico y de la medicina -resumiendo- de Berthollet a Pasteur, y en la acción de gobierno que se enfoca en la provisión de agua potable y sistemas cloacales, la seguridad de los alimentos, la vivienda sana.

Otra herramienta fue el saneamiento ambiental de los conglomerados urbanos, mediante el desarrollo de parques y jardines.

Un dato poco conocido es que el modelo urbanístico llamado Ciudad Jardín creado en Inglaterra a fines del siglo XIX tuvo como propósito combatir uno de los principales flagelos sociales: el alcoholismo.

El viejo Imperio contraataca

Lo que acabo de describir se aplica perfectamente a la China de hoy. Sin importar el origen del virus, su desarrollo en términos de epidemia obedece a las mismas causas: movimientos de enormes poblaciones, intenso desarrollo industrial y transformaciones brutales de los hábitats tradicionales.

Argentina (es decir Buenos Aires)

En nuestro país, ¿qué?

Con la experiencia de lo sucedido en los principales países europeos la Argentina aplicó las medidas que sabemos y procura mejorar las capacidades del sistema médico para responder de la mejor manera al ataque del virus. Y es lógico, dado que -como se sabe-, la enfermedad se ensaña con los más débiles y que requieren hospitalización y cuidados intensivos.

Precisamente, en uno de sus últimos partes, la OMS recomienda a los Estados reforzar los sistemas de salud con mayor equipamiento tecnológico. Ello viene a la zaga de los acontecimientos, pretendiendo enmendar los fallos de los sistemas privados proveedores de servicios médicos.

Ahora bien, si somos sinceros, hemos de admitir que la reacción ante la pandemia, dado que alcanza sus mayores índices de mortalidad en las personas de edad avanzada, puede conducirnos a una cierta aceptación de la enfermedad como algo lógico e inevitable. El problema se concentra entonces en el desmesurado costo de la respuesta a nivel médico y, desde luego, por el parate productivo que supone la cuarentena.

De hecho, vemos que nos inclinamos peligrosamente a la inercia, a atender los efectos emocionales de esta crisis en las personas por efecto del encierro, creyendo que con buenos deseos y agradables recetas para pasar los días saldremos adelante.

Lejos de ello, dado que las enfermedades (plural) a combatir son infectocontagiosas, las formas de vencerlas siguen siendo las que el siglo XIX puso en práctica. O sea: aislamiento, higiene y saneamiento y estas requieren acciones muy concretas y de envergadura. Entre nosotros, cuando demasiado a menudo la atención hospitalaria dista de cumplir las pautas higiénicas óptimas, la concentración de enfermos es fatal. La falta de manejo y control, por ejemplo de los plásticos desechables contaminados, (de destino final incierto) son muy peligrosos. En los niveles del personal auxiliar sería bueno generalizar el uso de ropa de algodón blanco profusamente esterilizada.

Argentinos ¡a las cosas!

Una vez más hay que recordar la exhortación de Ortega y Gasset. En primer lugar, porque de más en más son los hospitales, clínicas y sanatorios los lugares con mayor peligro de contagio y el personal médico la población de riesgo. Por lo tanto hay que evitar la saturación de la capacidad de internación.

En el orden de la acción positiva es de absoluta prioridad evitar que la enfermedad llegue a las poblaciones que viven en condiciones sanitarias deficientes. Hasta hoy las altas temperaturas y los grandes espacios y el buen aire de que se goza en el país, han funcionado como contención. Pero eso cambiará con el frío y sobre todo en los lugares donde campea el hacinamiento y la precariedad en materia sanitaria.

Aquí es donde debe probarse la capacidad organizativa del sistema político y de los distintos voluntariados, para dar una respuesta que vaya mucho más allá de esta crisis.

Se requieren proyectos de gran alcance para acciones masivas y comunitarias. Los ya fracasados planes de “soluciones habitacionales” individuales que se eternizan y terminan reproduciendo el ciclo no van más.

Las respuestas, seguramente diversas, deben partir y contar con el compromiso de las personas involucradas. No más clientelismo ni tutelaje.

Un final que no llegará

Todo el mundo espera que esto pase y pronto. Con la vacuna salvadora, o lo que sea. Pero esto no es una película de Disney. Esto es real y duele.

Si todo sigue igual, ¿por qué no habría de repetirse esta historia?

Si volvemos al reino de la pavada, que tan sistemáticamente hemos construido día a día, en cualquier momento un turista que visita una aldea de Bangladesh o un suburbio de Samarcanda puede despertar el apetito de una bacteria dejada allí por los ejércitos mongoles y todo vuelve a empezar. Cualquier fantasía es posible si no escuchamos los llamados a la responsabilidad.

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