“Un tranvía llamado deseo”: 70 años de un clásico

El 3 de diciembre de 1947 se estrenó en el teatro Ethel Barrymore de Broadway la célebre pieza teatral escrita por Tennessee Williams.

“Un tranvía llamado deseo”: 70 años de un clásico
“Un tranvía llamado deseo”: 70 años de un clásico

Thomas Lanier "Tennessee" (apodado así por su acento sureño y origen familiar) Williams III, junto con Arthur Miller (Muerte de un viajante, 1949, Las brujas de Salem, 1953) es una de las figuras más representativas de la dramaturgia norteamericana de la posguerra.

La fama de Williams como escritor dramático laureado es inestable, pero permanece como un autor fundamental para el teatro occidental de la segunda mitad del siglo XX.

Williams era gay, y tal vez esto se haya deslizado en Un tranvía llamado Deseo para poner en foco la sexualidad masculina, en el cuerpo de un descamisado bestial como objeto de deseo de una mujer etérea con pretensiones aristocráticas y en el suicidio de uno de los personajes luego de una relación homosexual casual.

Algunos críticos ven facetas de la vida amatoria de Williams en otras de sus obras, aunque esto no sea lo central en su producción: lo vital en Williams es su capacidad de crítica –ha sido llamado “el revolucionario silencioso”– a la sociedad estadounidense vulgar, consumista, paranoica y anti-intelectual de fines de los 40, que padecería el “macartismo” la década siguiente.

Un viaje de ida

El título de la obra es una doble alusión: a los vaivenes del amor erótico y al primer tranvía que Blanche Dubois debe tomar antes de subirse a un segundo, Cementerios, que lleva a los Campos Elíseos, sitio de reposo paradisíaco en la mitología griega donde son admitidos los hombres y mujeres que han vivido virtuosamente.

Esta referencia es irónica, ya que los personajes poco tienen de virtuosos o heroicos. Sus vidas carecen de lustre, y lo poco que les queda es un recuerdo vago y vano de mejores épocas, o un furibundo y catastrófico deseo sexual, atravesado por preocupaciones económicas.

Ya desde el nombre, la obra presenta algunos elementos simbólicos e intertextuales, además de históricos. Como La Bella y la Bestia, es una fábula con personajes diametralmente opuestos que se atraen, aunque Un tranvía llamado Deseo sea descarnada y contundente, y muestre el descenso a la locura de Blanche. Dada su relevancia y contemporaneidad, la obra también se presta para múltiples líneas de análisis.

Bill Willington, escribiendo para The Guardian en 2009, señala que al momento de su estreno en Inglaterra en 1949, pese a haber sido dirigida por Laurence Olivier, la obra fue considerada “repugnante” y “pornográfica”. Así, las autoridades y la crítica de la época omitieron los aspectos más profundos de la obra, que tienen que ver con comentarios sobre la sociedad de los cuarenta, producto del costado más sensible del autor.

La pieza refleja tensiones raciales, económicas y sociales, entre el viejo sur estadounidense y el “nuevo” sur, que debe atenerse a la integración racial y de clases, además de poner en relieve la pérdida de la propiedad y de privilegios de los antiguos terratenientes.

En aquel sistema, las amistades estaban determinadas por afinidad de clase y posición social, mientras que en “el nuevo régimen” la industrialización de la región produjo una nueva clase trabajadora urbana, que tuvo como residencia el equivalente a nuestros conventillos, donde todo se escucha, todo se sabe, y todo se comenta, en un tipo de relacionamiento social caóticamente igualitario.

Stella Dubois, esposa del monstruoso Kowalzki, ha logrado integrarse en este nuevo tipo de sociedad, mientras que su hermana Blanche (como su nombre sugiere, hay algo de inmaculado en ella; su apellido también remite a una ascendencia francesa, de alta alcurnia), la recién llegada que altera la frágil homeostasis del grupo familiar y de amigos, se aferra a un pasado conservador y tradicional.

El "negro blanco"

Por otro lado, Stanley Kowalzki es mundano y primitivo, casi como el “negro blanco” que describe Norman Mailer en el ensayo homónimo de 1957; aunque no llegue a ser un tipo de hipster, comparte rasgos de sus congéneres del período.

Su trato hacia las mujeres de la obra es violento, hecho que otros personajes tal vez soslayen por su condición de excombatiente, de héroe de la Segunda Guerra Mundial.

En las pantallas

La obra tuvo varias versiones fílmicas. La primera representación fue dirigida por el también actor Elia Kazan, quien la dirigiría en 1951. Es probable que esta película sea el primer acercamiento de la audiencia a la historia y la más memorable del conjunto, que se completa con los telefilmes de 1984, dirigido por John Erman, y de 1995, protagonizado por Alec Baldwin y Jessica Lange.

La versión de Kazan le valió el ingreso al estrellato a Marlon Brando, quien ya había protagonizado el estreno teatral.

El resto del elenco –Vivien Leigh como Blanche, Kim Hunter como Stella, y Karl Malden como Harold Mitch Mitchell–, tenía peso propio y acabó ganando tres de los cuatro Oscar que cosechó la película (el trinomio Kazan-Brando-Malden se repetiría en el film Nido de ratas de 1954, el cual también presenta una pareja protagónica de opuestos supuestamente incompatibles: Brando interpreta a Terry Malloy, un boxeador más bien hosco pero en el fondo sensible y Eva-Marie Saint a Edie Doyle, una dulce rubiecita que desea ser maestra de escuela).

Ciertas regulaciones del Código Hays, que restringió las producciones hollywoodenses hasta los años sesenta, hicieron que el film fuera modificado respecto del libreto teatral. Además del suicidio de Mitch, se cambió el final, en el que Stella, afligida por el destino de su hermana, deja a Stanley. En la obra, Stella acepta sin protesta el consuelo de su marido.

Cabe mencionar dos versiones más recientes, y más bien paródicas. Una se llama Un tranvía llamado Marge, y se trata de un episodio de Los Simpson de 1992, en el que se establecen paralelos entre Kowalski y  Homero y su relación con Marge.

La otra es Blue Jasmine, dirigida por Woody Allen en 2013, que reinterpreta la historia y la sitúa en San Francisco, donde aún se usa el tranvía como medio de transporte y Cate Blanchett acaba igual de perturbada que la Blanche original.

El deseo en otras latitudes

En tiempos de una sensibilidad social mayor respecto de la violencia de género, algunos sectores cuestionarían ya no los temas que presenta Un tranvía llamado Deseo, sino su misma puesta en escena; afortunadamente, la obra sigue produciéndose en diferentes partes del mundo fuera de los Estados Unidos (donde es un clásico casi atemporal), lo que da cuenta de cierta universalidad temática.

En España, una representación de 2016 en Barcelona, en catalán y con el nombre de Un tramvia anomenat desig, intentó darle una “dimensión real” a Kowalski. Según su director, Oriol Tarrasón, la pieza ha quedado signada por la actuación de Brando en la película, y esto causó que el personaje fuera “muy atractivo para el público”, cuando en realidad “no lo debería ser”. Un actor de circo, tatuajes incluidos, encarnó a Kowalski en esta versión, que propuso recuperar el valor central del resto de los personajes.

En la calle Corrientes de Buenos Aires, en 2011, hubo una puesta dirigida por Daniel Veronese y protagonizada por Diego Peretti y Érica Rivas.

Escribiendo para La Nación Ernesto Schoó consideró que la obra no lograba “transmitir toda la frescura y potencia del texto original”. Schoó mencionó en su crítica que, a pesar de que ninguna de las versiones locales de la obra ha sido satisfactoria, el libreto es un “clásico” que no ha perdido vigencia, y el elenco aquí actuó “con homogénea eficacia”.

Nueva York, Barcelona, Buenos Aires. Diferentes tranvías, mismos deseos.

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