Un profeta de nuestro tiempo - Por Ramiro Dillon y Juan Heiremans
Análisis del libro de Michel Houellebecq, Serotonina, Anagrama, Barcelona, 2019, 282 págs.
Un profeta de nuestro tiempo - Por Ramiro Dillon y Juan Heiremans
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Es alentador que todo tiempo tenga sus profetas malditos; voces que desde un retirado espacio describan con inteligente crítica los males que nos castigan y que, sin embargo, solemos considerar bienes, culpa quizás del reticular consenso social que nos invade. Michel Houellebecq representa hoy esta tradición que podríamos llamar baudelaireana, con novelas cargadas de un trágico cinismo y desnuda hipersensibilidad al mismo tiempo (de allí su aversión a ser comparado con Camus).
Podríamos espigar de entre sus obras distintos tópicos que las trasvasan: la sociología discriminadora del capitalismo, la reducción de la comunicación sexual a la mera experiencia libidinal, el transhumanismo como respuesta técnica al atávico temor a la muerte o la peligrosa debilidad político-estatal que apareja el progresismo radical europeo. La novela no abunda en polarizaciones ni juicios simplistas. Mas bien se dedica a explorar las paradójicas contradicciones que encarna el hombre de nuestros días, víctima y victimario de la disolución de su propia vida.
Todos ellos sufren y son autores de un movimiento que diluye paulatinamente toda identidad colectiva, toda institución intermedia que separe al hombre de la nada y del solitario egoísmo. En particular, Serotonina trata simplemente el fracaso del amor desde la lógica individualista de un hombre desarraigado. Atado a lo fatídico, puesto que precisa de otro al que amar desinteresadamente (esa es una de las claves de la novela) y expuesto a la necesaria debilidad y postergación de todo altruismo, el personaje Florent-Claude Labrouste se halla preso al mismo tiempo del dogmático deseo de vivir una permanente e insensata “revolución de los sentidos”.
El suicidio es el final anunciado y la conclusión una paradoja: solo el dolor, la renuncia y la muerte pueden liberar a este animal social de su ineluctable recorrido hacia el balcón y el vacío cuando las luces se apagan, las alucinaciones dejan lugar al mundo real y los goces y placeres sensibles despejan el paisaje de una terrible soledad. Tampoco deja de tratar el ámbito político y económico. Houellebecq nos presenta una Europa desahuciada donde el último vestigio de trabajadores rurales lucha por sobrevivir ante la invasión de productos extranjeros.
Arruinado económica y afectivamente por las importaciones y el abandono de su esposa, un viejo amigo aristócrata de Florent-Claude, Aymeric, opta por oponerse a esta política de sometimiento a los lecheros de la región dándose muerte con su propio fusil, mientras lidera una violenta protesta. Los dos amigos son personajes arquetípicos del mundo que retrata la novela, solo que ambos tomaron caminos opuestos: mientras que FlorentClaude se decidió por una “liberación individual”, dejando atrás todo cuanto se le muestre como una atadura (su casa, su novia, su trabajo, el amor y, en última instancia, su propia vida), Aymeric optó por ser fiel a su tradición y defender a los pequeños productores en una gesta que nos recuerda, con tintes proféticos, la protesta de los actuales “chalecos amarillos” franceses.
El suicido de Aymeric representa una paradoja inversa a la de FlorentClaude: sólo el sacrificio de su comodidad, de su individualidad, y de su vida en pro del otro, del prójimo, pudieron salvarlo del sinsentido de la nada y del salto suicida de su amigo. Sin embargo, la obra exhibe irónicamente el fin ineluctable de todo individualismo enmascarado de “libertad y posibilidades infinitas”: se esté con o contra él, la muerte acaba imponiéndose. El protagonista descubre con angustia que ni el sexo ni la cultura son paliativos suficientes o válidos para el sinsentido producido por las promesas epocales de irrestricta “realización” individual.
Lo único que queda es el alivio temporal de la serotonina que proporcionan los antidepresivos. Solo que esta hormona no provee felicidad, ni alivio, ni ayuda siquiera a vivir. Solo posterga la muerte ineludible. En el aspecto estilístico, Houellebecq es ya una marca literaria registrada, de prosa franca y ligera, inmediatamente cautiva la atención de sus lectores. La novela se enmarca en un relato en primera persona sobre el recuerdo de un itinerario espiritual y afectivo plagado, obviamente, de fracasos e interrogantes. El derrotero del anti héroe se combina con reflexiones intelectuales finas y cultas, incluso técnicas, junto a las cuales conviven las grotescas descripciones pornográficas con las que encanta escandalizar el autor y por las cuales es llamado misógino, machista, reaccionario y demás insultos comunes del colectivo especializado.
Pareciera, sin embargo, que toda esa violencia descriptiva no tiene una intención agresiva sino de sórdido realismo; para poner al lector lo más cerca posible del mal moral y su rostro abyecto, soez e inmundo. Incluso es utilizado como un recurso ante el abismo de dolor y angustia que experimentan sus actores. No hay duda que el francés es un escritor sensible que pretende reflejar en la inmediatez de su prosa lo tanático de un universo signado casi totalitariamente por las leyes de un exclusivo interés particular.
Como otra voz maldita clamante en el mundo, vuelve Houllebecq por sus fueros a conmover estanterías y a romper récords de taquilla con su nueva novela.