29 de junio de 2014 - 00:00

Un instante para la eternidad

El 1 de julio de 1974 se detuvo fugazmente la historia en la Argentina, justo en el momento en que avanzaba a sangre y fuego sobre los cimientos republicanos y democráticos apenas hacía poco más de un año formalmente (y sólo formalmente) recuperados. Fue

Con la muerte de Juan Perón se marchaba raudamente la esperanza que Ricardo Balbín suplicaría como un rezo laico frente a la tumba del muerto ilustre diciéndole adiós al viejo rival y al nuevo amigo. Desaparecía con él toda posibilidad de reencuentro entre los argentinos, eso que por primera vez en décadas todos creyeron posible con el regreso del General a la patria.

Sin embargo, ese día fue en sí mismo una vida entera. Un momento de fugaz reposo donde hasta se pudo ver juntos, llorando por el mismo muerto, a los que el día anterior se mataban y el día siguiente se seguirían matando al grito destemplado, y a esas alturas irracional, de Viva Perón.

Recordando ese día recordamos un instante que tiene mucho de eternidad, de ilusiones perdidas, que quizá el General -al intuir que ya no las podría recuperar en vida- haya previsto proteger para la posteridad cuando unos pocos días antes de su deceso proclamó en el balcón y la plaza de sus amores, que su único heredero era el pueblo. Porque no había nadie más. Salvo, quizá, las palabras que pronunció  Balbín frente al féretro, que parecían surgidas de lo más profundo y de lo mejor de la historia nacional. Como que en ese postrer instante la memoria popular de los argentinos hubiera reencarnado en las almas fusionadas de esos dos políticos, del que se iba y del que se quedaba un tiempo más.

Es por eso que en ese día de congoja, al teniente general Juan Domingo Perón se lo despidió en nombre de sus aciertos, de lo mucho que hizo por sus “cabecitas” y también de lo que imaginó y no pudo con su regreso al hogar. Los suyos depusieron fugazmente las armas, los militares lo sumaron al panteón de los Padres de la Patria, los opositores y la inmensa mayoría de los enemigos de sus primeros gobiernos le dijeron adiós con afecto, o al menos con respeto. Nadie estaba feliz porque hubiera muerto. No se iba como el jefe de una facción sino como el presidente de todos los argentinos y como una parte sustancial de su historia grande.

No se puede negar, sería hipócrita hacerlo, que Perón y el peronismo también tuvieron que ver en el desencuentro de los argentinos, que hubo mucho de autoritarismo en sus primeros gobiernos y que con su regreso estalló en forma explícita una violencia contenida, ahora ya sin pudor alguno. Pero en ese 1 de julio, por los cielos de la Patria y en el llanto de tantos, no anidaba sino el recuerdo de las buenas cosas que Perón hizo por la parte más humilde del pueblo.

Es el pobre en su orfandá  de la fortuna el desecho,  porque naides toma a pecho  el defender a su raza;  debe el gaucho tener casa,  escuela, iglesia y derechos.

Precisamente son esas estrofas del Martín Fierro las que Perón  en gran parte hizo realidad. Con él se integraba socialmente todo el país, comenzaban a desaparecer los marginados y los excluidos (aunque con el tiempo sus propios descendientes los harían resurgir, pero esa es otra historia). Y eso se hacía sin abandonar la movilidad ascendente que la Argentina mantuvo como su gran reivindicación social en todo el siglo XX. Perón les proponía a los más pobres formar parte de esa gran clase media argentina, en  esos tiempos única en América Latina, y lo lograría, no sólo ni principalmente mediante el clientelismo, sino a través de la concientización de sus derechos.

Es cierto, con métodos populistas y autoritarios (en un país que venía -y que iba- de golpes militares y semidemocracias proscriptivas, conviene recordar) Perón construyó una democracia plebeya que le dio carta de ciudadanía a los desterrados internos. Reivindicaciones materiales a los pobres y reivindicaciones cívicas a las mujeres. Los que se burlaban de la canasta con el pan dulce para la familia en Navidad y de los juguetes para los pibes en el Día de Reyes, no comprendían de qué se trataba.

Porque esa supuesta “demagogia” (que en otras cosas era cierta) venía acompañada de la primera vivienda, los estudios técnicos y el trabajo con derechos sociales. Y no sólo sociales, sino también culturales, porque cuando el “cabecita negra”, el “grasita” iba con los suyos a pasar en Mardel las primeras vacaciones de su vida en igualdad de condiciones con la clase media que los miraba con aprehensión, estaba naciendo una integración de clases a partir de lo que primero sería conflicto y diferencia.

Perón hizo que  empezaran a desaparecer los argentinos que estaban obligados a bajar los ojos frente a otros. Y eso se llama autoestima. Y eso no se olvida mientras se viva. Y se transmite a las futuras generaciones.

Ese cumplimiento por parte de Perón de las estrofas martinfierristas compone el fundamento vital de la permanencia del peronismo. Eso que contó como nadie  el mejor director de cine argentino, ese peronista del corazón, ese mendocino del alma llamado Leonardo Favio cuando, en su gigantesco film “Perón, sinfonía del sentimiento”, se dedicó a transformar su cámara en los ojos de los humildes para que todos los argentinos de fin de siglo y principios del nuevo pudiéramos comprender cómo vivieron y vieron esos condenados de la tierra su conversión en seres dignos y dignificados.

De 1946 a 1955 en medio de una gigantesca división entre argentinos que el peronismo no supo o no quiso atenuar, se forjó nuestro Estado Benefactor en consonancia con las tendencias europeas. También fue un Estado con hegemonía obrera de conciliación de clases (imperfecto, muy imperfecto pero mucho menos corporativo que el franquista o el fascista, e infinitamente menos burocrático que los estados comunistas). Un Estado que aun cuando cayó el gobierno peronista, no desapareció.

Sobrevivió en el 14 bis, en una de las clases obreras más organizadas y movilizadas del continente, y sirvió para el regreso del General cuando éste se imaginaba para la Argentina una democracia integrada a la europea, en la que -según sus propias palabras- socialistas y conservadores discutieran armónicamente. Algo para lo que debería correr mucha más sangre de lo imaginada, antes de empezar a dar sus primeros pasos en 1983.

A fin de construir su movimiento Perón aplicó lo que había aprendido como conductor en el Ejército. Para él la política fue siempre el arte de remar en el mar de las contradicciones y establecer dentro de ellas una meta que sea seguida por todos, aunque sus intereses y/o ideas sean contrapuestos. Con esa lógica armó tanto sus primeros gobiernos como la resistencia civil con la que construyó su regreso. Pero lo que le fue tan útil hasta ese entonces, le estalló en su tercera presidencia, cuando las contradicciones se superpusieron y cada uno quería no ser una parte más dentro del movimiento sino el todo completo, como creyeron les prometió Perón.

Por ende, con la muerte del General también moría toda una forma de hacer política sin que una nueva naciera aún. Entonces el lugar fue ocupado por la tragedia. Pero ese 1 de julio cada uno le agradeció a Perón lo que éste le dio. Ese fue un día de unidad nacional, que no sirvió en ese momento, pero cuyo recuerdo debe seguir inspirándonos, no para repetir lo irrepetible sino para recordar lo mejor de Perón en estos nuevos tiempos en que los pobres y los marginados vuelven a ser tantos y tan manipulados como cuando el peronismo llegó al poder. Y mientras los desterrados y los abandonados sigan siéndolo siempre esperarán a quien, como Perón, les dio casa, escuela, iglesia y derechos.

Y si la vida me falta,  tenganló todos por cierto,  que el gaucho,  hasta en el desierto,  sentirá en tal ocasión  tristeza en el corazón  al saber que yo estoy muerto.  Pues son mis dichas desdichas,  las de todos mis hermanos;  ellos guardarán ufanos  en su corazón mi historia;  me tendrán en su memoria  para siempre mis paisanos.

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