31 de agosto de 2014 - 00:00

Un grito para Cristina

Un paro es un grito. Una advertencia, una forma de levantar la voz cuando los trabajadores no se sienten escuchados. Siempre comienza desde el pie.

En las bases, en el trabajo, el primer reclamo es hacia el delegado: “Che, viejito, no cobré nada del aguinaldo, me descontaron todo por Ganancias, papá”.

Los laburantes se ponen inquietos y molestos.

Otro dice: “No me alcanza para llegar a fin de mes. ¿Viste lo que subieron las cosas?”

Y la bronca sube hacia los dirigentes regionales del gremio. Se va generando como un gigantesco murmullo de exigencias. Un océano de quejas.

En un plenario del gremio se toma la temperatura social y se resuelve llevar al seno de la CGT el malestar que sigue aumentando: “Algo hay que hacer, fierita. Los muchachos están calientes y se la agarran con los delegados”.

Esa suerte de petitorio oral que sube es la famosa realidad. La economía real de los que no se dejan engañar con falsedades de Guillermo Moreno ni relatos de Víctor Hugo Morales.

Cuando el trabajador se tiene que ajustar el cinturón, nadie lo puede convencer de lo contrario. Son trabajadores, no tontos, como a veces creen los gobiernos.

Cristina podrá decir que hay un sol radiante pero si llueve el laburante se moja. Por eso el paro es un grito colectivo. Porque las gestiones anteriores para plantear estos problemas en reuniones civilizadas no llegaron a buen puerto. O porque son ninguneados y les dicen a todo que sí pero no les dan ninguna solución a esos problemas.

La tierra empieza a moverse debajo de los pies de los dirigentes. Los delegados más combativos los acusan de tibios o cagones. Los empiezan a correr por izquierda.

A los millonarios burócratas como los Cavallieri o los Gerardo Martínez, directamente los acusan de traidores, de transar con la patronal y con el gobierno. Y los gremios deben ser, por definición, absolutamente independientes.

El grito es un paso y si hay represión se transforma en alarido. Y si ese alarido tampoco se escucha empieza a crecer lo que los sociólogos llaman conflictividad social.

Por eso es anecdótica la discusión grosera entre Jorge Capitanich y los dirigentes cegetistas. Uno los acusa de ser como Borges o Bioy Casares y de ser financiados por los fondos buitres.

Y los otros le responden de todo, Quico, pelotudo caro, o mitómano y director de la orquesta del Titanic. El jefe de gabinete dice que el acatamiento del paro fue del 25% y los sindicalistas dicen que fue del 80%. Nadie tiene la posibilidad de ser preciso en eso. Pero supongamos que ambos exageran y llevan agua para su molino. El promedio de ambas exageraciones da más de 50%.

¿Le parece poco o un dato menor al gobierno que más de la mitad de la fuerza laboral de la Argentina haya pegado un grito? ¿Le parece que si no hay ningún cambio en la economía los trabajadores se van a quedar tranquilos o van a redoblar la apuesta con más horas de paro y con más gente apoyando? Es sentido común. Y cifras concretas.

Porque nadie puede negar que la desocupación, las suspensiones, el trabajo en negro y la inflación siguen creciendo. O que el salario mínimo es de 3.600 pesos. Y que el impuesto al salario es un despropósito. La categoría cuarta aporta mas del 50% de lo que se recauda por Ganancias.

¿Capitanich cree que los jubilados están bien? ¿O que los trabajadores no sufren la inseguridad?

Cuando la sociedad no es escuchada habla más fuerte. Después grita cerca de la Casa Rosada. Y luego sale a la calle para hacer valer sus derechos.

Cristina debería saber que hoy (NdR: por el jueves 28) se produjo un grito colectivo para que ella se digne a escuchar que no hay un sol radiante en el cielo de la patria.

Quien quiera oír que oiga.

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