11 de marzo de 2020 - 00:00

Un “cachito de ilusión” - Por Arturo Lafalla

La ilusión perdida

Mirando nuestra historia de las últimas décadas y la realidad actual, me refiero a la vuelta a la democracia en 1973 y la noche oscura que comenzó en 1976; la nueva vuelta en 1983 con las posteriores crisis de 1989, de 2001 y la actual, reflejada dramáticamente en ese 40% de pobres, en esa inflación del 50% que sólo nosotros tenemos. En esos 8 años de la economía sin crecer. Para quienes hemos vivido con intensidad todo ese proceso, cuesta tener ilusión sobre nuestro querido país.

Miramos y miramos, y cuesta, cuesta mucho. Decía un autor cuyo nombre no recuerdo que de joven se preguntaba por qué tanto fracaso y no encontraba respuesta. Ahora de viejo, a la misma pregunta tampoco le encuentra respuesta. Pero a veces sueño sueños en los que hay esperanza.

La complicación de ser peronista

Me parece oportuno aclarar que el que suscribe vivió este largo proceso sintiéndose siempre peronista, lo que complica aún más la cosa, porque existe la conciencia de pertenecer a un movimiento, partido político, sentimiento (como quieran definir el peronismo) que tiene una significativa responsabilidad, no exclusiva por cierto, en esta triste historia con más oscuros que claros, que es la que hace difícil tener ilusión, aclarando que la vida me enseñó, a golpes, claro, que nunca es cierto que siempre toda la culpa la tuvieron los otros.

El nuevo presidente

Es un sinsentido juzgar o valuar una personalidad pública por un único acto, porque todos somos no sólo lo que hacemos o decimos en un momento; somos también lo que hicimos y dijimos con anterioridad, y vamos a ser evaluados también por lo que hagamos más adelante.

Hago esta salvedad porque quiero referirme a estos pocos días del nuevo presidente y a algunos de sus gestos y dichos, consciente de que Alberto Fernández no nació a la vida pública el 10 de diciembre pasado, y seguramente en la evaluación que la historia y cada ciudadano haga de él estará presente lo que hizo y dijo antes de esa fecha.

Se me aceptará que nunca antes tuvo la responsabilidad que hoy el voto popular le ha asignado y entonces podrá entenderse que una persona que llega a este nivel de asunción de responsabilidades debe y puede revisarse de sus dichos y actos y, al mirar la realidad desde la cima en la que nunca había estado, advertir que esa misma realidad se ve de otra manera.

Sus primeros actos y dichos

Cuando lo vi entonces al ingresar al Congreso el 10 de diciembre empujar con naturalidad la silla de ruedas de la ex vice presidenta y luego abrazar casi con afecto al presidente saliente, luego de una dura batalla electoral, me dije, eso no lo había visto hace mucho en un presidente argentino.

Otro tanto me ocurrió con su visita a Israel, su primer viaje al exterior con la nueva investidura. Y por supuesto el tono del discurso el 1 de marzo.

No entro en el acuerdo o desacuerdo que puede provocar cada una de sus afirmaciones, que sería otro punto de análisis, sino el tono, sus nulas invitaciones a cualquier tipo de confrontación; al contrario, la reiteración de sus convicciones democráticas y republicanas, su no sentirse dueño de ninguna verdad y mucho menos pontificar sobre tema alguno, aunque sí diera su opinión con convicción y firmeza.

Me hizo acordar a aquel sueño frustrado, otro de los tantos, al que se le llamó con el retorno a la democracia en 1983, la “Renovación peronista”. Peronistas jóvenes entonces pero no tanto como para no haber aprendido la lección, tanto de la frustración del gobierno de 1973 a 1976 como el repudio sin atenuantes a lo que vino después, sin abandonar la convicción de que el principal objeto de nuestro accionar político sería siempre la tan mentada “justicia social”. Lección que nos decía la locura que es, como ocurrió en el comienzo de los 70, creer tener toda la razón y que al enemigo ni justicia.

Creer que solos salvamos al país de sus enormes males parecidos a los de ahora; creer, como consecuencia de la soberbia de tener toda la razón, llegar a utilizar o justificar la violencia en la resolución de los conflictos o las diferencias políticas que teníamos con los que pensaban diferente.

Lección que nos decía la locura que el poder es uno y que como pretendía aquel viejo intendente compañero, el comisario tiene que ser del palo, el juez de paz también, el cura por supuesto (ahora hay que agregarle el pastor) y la directora del colegio lo mismo, todos peronistas, si no, no se puede.

El “Nunca Más”

Usó el presidente más de una vez el “Nunca Más” para referirse a estos males que describo y que vienen de lejos.

No puedo afirmar que lo cree de verdad, ni mucho menos que será fiel a esos principios rectores de la convivencia que necesitamos como condición necesaria aunque no suficiente para que encontremos un rumbo que nos saque de esta decadencia que agobia y mata la esperanza. Pero sí digo que el verlo y escucharlo, hacer y expresar su pensamiento me generó “un cachito de ilusión”. ¡Ojalá que esta vez se dé!

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