28 de enero de 2018 - 00:00

Trump es racista. Punto - Por Charles Blow

Nada me parece más inútil que discutir la existencia del racismo, en particular cuando estás rodeado de pruebas. Me parece una forma de luchar contra el agua hasta ahogarte.

Creo que los debates convierten un concepto sencillo en uno imposiblemente complejo que hace que el significado de "racismo" se vuelva turbio hasta la frustración.

Así que aclaremos el asunto. Seamos sinceros y directos.

El racismo es la mera creencia de que la raza es un factor inherente a un individuo, que determina su carácter o sus capacidades y que pone a algunos en una posición inferior y a otros en una posición superior. Estas creencias son prejuicios raciales.

En la historia de Estados Unidos, los blancos recurrieron al racismo y a la supremacía blanca para desarrollar un sistema de castas que los colocaba a ellos en una posición de ventaja y que desfavorecía a otros.

Con esto en mente, no es exagerado comprender que las palabras y las acciones de Donald Trump en el transcurso de su vida han mostrado un patrón de expresión de prejuicios raciales que menosprecian a las personas de raza negra o a la gente morena y que contribuyen a la hostilidad racial de otras personas de raza blanca.

No es exagerado decir que Trump es racista o que es un supremacista blanco. No es exagerado decir que Trump es intolerante.

Esos son solo hechos, sustentados por la evidencia de las palabras que sigue pronunciando. Y cuando se le señala por su racismo, su respuesta jamás aminora su retórica, sino que la duplica.

No sé de ningún periodo de su vida en el que se haya disculpado por algo, o arrepentido de algo, ni que haya buscado el perdón por cualquiera de sus acciones o comentarios racistas.

Por el contrario, niega o desvía el ataque, o incluso lo amplifica.

Trump es racista. Podemos pasar a lo siguiente.

Cuando veo la impresionante hipocresía de los funcionarios electorales que permanecen en silencio ante los continuos ataques racistas de Trump o quienes lo condenan de forma indirecta para después volver a defenderlo, alabarlo y apoyar su agenda, noto que tampoco hay una separación real entre ellos y Trump. Ellos también son parte de su racismo.

"Racismo" y "racista" son palabras sencillas que tienen su definición, y Trump se ajusta cómoda e indudablemente a ellas.

Por desgracia, nos hemos alejado de la definición sencilla de racismo, hasta el punto en que solo podemos utilizar dicho adjetivo con toda seguridad en personas que representan el franco arquetipo de la violencia racial.

El racismo no requiere de una expresión constante de odio, ni siquiera de un conocimiento consciente. Buscamos que el racismo sea periférico y no central. Pero el deseo por sí mismo no constituye un método efectivo de erradicación.

Debemos encarar el problema, mirarlo fijamente desde arriba y combatirlo.

El hecho de reconocer que Trump es racista es la parte sencilla; la más difícil y compleja es saber qué haremos al respecto.

Antes que nada, aunque Trump no es el primer presidente racista, está en nuestras manos que sea el último. Si por obra de algún milagro debemos dejar que cumpla con su primer periodo, no debemos permitir que haya un segundo. Los votantes de buena conciencia debemos inundar las casillas en 2020.

Pero antes de eso, esos mismos votantes deben comenzar este año a deshacerse de todos los defensores, apologistas y cómplices de Trump en la Cámara y el Senado. Si en determinado momento la destitución es inevitable, debe haber suficientes votos en la Cámara y el Senado para garantizar su cumplimiento.

Debemos dejar de pensar que podemos separar de alguna manera lo que creen los racistas de sus acciones futuras. Debemos dejar de creer que todo acto de Trump está limpio del veneno que corre por sus convicciones. Todo lo que hace es una articulación de quién es y aquello en lo cree. Por lo tanto, todas las políticas que apoya, todas las posturas que adopta y los nombramientos que designa son cuestionables.

Por último, debemos dejar de pasar por alto a la gente (ya sea un funcionario electo o un votante promedio) que apoya y defiende su racismo. Si defiendes el racismo eres parte de él. No importa cuántas veces afirmes que eres igualitario y que no prestas atención a la raza, o cuántas veces señales que solo te interesan las políticas planteadas por las personas y no su polémica racista.

Como señaló alguna vez el brillante James Baldwin: "No puedo creer lo que dices porque veo lo que haces". Cuando veo que en cada proceso electoral una parte de la base de Trump sigue apoyando su conducta, incluida su postura racial, solo puedo concluir que no hay una verdadera separación entre ellos y Trump. Son parte de su racismo.

Cuando veo la impresionante hipocresía de los funcionarios electorales que permanecen en silencio ante los continuos ataques racistas de Trump o quienes lo condenan de forma indirecta para después volver a defenderlo, alabarlo y apoyar su agenda, noto que tampoco hay una separación real entre ellos y Trump. Ellos también son parte de su racismo.

Cuando lo ves de este modo, comprendes la enormidad y profundidad de lo que enfrentamos. Hubo suficientes estadounidenses dispuestos a aceptar el racismo de Trump para elegirlo.

Hubo suficientes personas en Washington dispuestos a aceptar el racismo de Trump para defenderlo. Trump no es el único racista; toda la arquitectura que lo sostiene está bañada con su racismo. El racismo es pieza fundamental de la presidencia de Trump.

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