1 de abril de 2026 - 10:44

Malvinas, el teatro de operaciones de una generación

El anuncio de la recuperación de las Islas Malvinas irrumpió en la rutina escolar con una mezcla de euforia y desconcierto, en un clima marcado por el fervor nacionalista de la época. Pero la noticia de la primera baja, el mendocino Pedro Giachino, puso en evidencia que la guerra ya no era un relato lejano, sino una realidad que empezaba a golpear de cerca.

A los caídos en combate, a los veteranos de guerra

Una mañana fría de abril del 1982, pero aún con esa insinuación invernal que el tiempo transcurrido agiganta en su crudeza, la radio de los autos familiares que trasladaban a adolescentes soñolientos a la escuela dio cuenta de la Operación Rosario, y con ello la recuperación de las Islas Malvinas, hecho que marcaba -además- un punto de quiebre en la historia; pero también, en lo que de ahí más sucedería en la vida de millones de argentinos.

En las aulas, mientras esperábamos el timbre de inicio de la rutina escolar, el comentario era inevitable. La euforia por la incursión militar de la que se iban conociendo detalles, alentaba un espíritu triunfal y nacionalista suficientemente alimentado en esos años de dictadura y constantes apelaciones al amor a la Patria. Una especie de explosión sólo atenuada por la confirmación de la muerte del capitán de corbeta de la Armada Argentina, Pedro Giachino. Mendocino para más orgullo. Primer héroe militar contemporáneo para mayor pesar.

Ahí caímos en la cuenta de la existencia de los “buzos tácticos” pero también del sigilo y el factor sorpresa de la vida real, ese que sólo habíamos conocido en las películas o las series de guerra -algunas en blanco y negro en la tevé de los sábados por la tarde-.

Euforia juvenil

Ese día no sólo se izó la bandera, sino que también se cantó el Himno Nacional y a partir de allí la reproducción constante de la Marcha de las Malvinas, canción aprendida como una más del repertorio patrio en la primaria, y que alcanzó picos de reproducción en cuanto acto de toda índole, público o privado, así como en los medios. Banda de sonido inmanente de aquellos días.

Claro, había cambiado el contexto. Aquello de “no las hemos de olvidar…” cobraba el sentido de una promesa finalmente cumplida. “El extraño pabellón…” dejaba de ser tal ante la difusión de las primeras imágenes que llegaban de las islas con la bandera nacional flameando en el ahora denominado Puerto Argentino.

Pero sin dudas, la parte que reza “¿Quién nos habla aquí de olvido, de renuncia o de perdón? ¡Ningún suelo más querido de la Patria en su extensión!” era la más precisa definición del ánimo general de aquellos que probablemente no dimensionamos ser testigos de un suceso tan extraordinario. Sólo el fervor imaginado por la Junta Militar al activar una reivindicación tan sensible hacía imposible de prever el infierno que a partir de allí sobrevendría.

Embed - Marcha de las Malvinas (letra)

Un TEG en nuestras vidas

Lejos de conocer detalles de la política internacional, mucho menos de la geopolítica en el auge de la Guerra Fría, las negociaciones en foros mundiales elevó la popularidad entre la población del entonces canciller Nicanor Costa Méndez, un abogado experto en relaciones internacionales que contrastaba con el aspecto de los típicos funcionarios de la dictadura: era civil y exhibía buenos modales, aunque ello se diera de cabeza con las atrocidades perpetradas por el régimen militar al cual representó en su ocaso y luego conocidas.

El envalentonamiento de las Fuerzas Armadas y de Seguridad, así como de los sectores siempre funcionales a ellas, ante las posibilidades concretas de una guerra, comenzaron a preocupar a los civiles que jamás habían imaginado algo así en el país.

Esos territorios bélicos eran entonces una rémora de la II Guerra Mundial en Europa, pero también de los conflictos siempre latentes en Medio Oriente. Las olas inmigrantes que habían escapado de los bombardeos, el Holocausto y la miseria habían instalado a la Argentina como tierra de paz. Esa percepción empezaba a tambalear.

Los chicos de la guerra

En las familias, la principal preocupación era que la escalada hiciera inevitable un conflicto con una superpotencia económica y militar como Inglaterra. Las especulaciones sobre el interés británico en las islas iban de la mano con la movilización de tropas argentinas y aprestos para la guerra que sumaban la inminente convocatoria de aquellos hermanos mayores, conocidos o vecinos, de esos pibes como nosotros que hasta hace un par de años atrás habían estado compartiendo el patio de la escuela, el fútbol de los viernes, los torneos intercolegiales o los atisbos de seducción de los bailes de promoción.

La vigencia del servicio militar obligatorio hacía que cuasi adolescentes con 18 años cumplidos fueran incorporados a la formación militar, y por ende, a disposición de entrar en combate. Los luego tristemente célebres “chicos de la guerra” eran nuestros pares. Apenas un par de años mayores: los clase ‘62/’63 principalmente.

Nuestra camada es ‘65/’66 y no era descabellado pensar que la extensión de un conflicto en el tiempo nos acercaba a estar disponibles para pelear. No tengo dudas que el espíritu de época hacía que nadie mostrara temor. O al menos no se manifestara. Efectivamente, Malvinas era una causa nacional en ebullición sensorial: los testimonios de conscriptos combatientes, ahora orgullosos y convencidos veteranos, dan fe de aquel clima.

¿Estamos ganando?

Las complicaciones que significó la entrada en acción de la flota británica, el fracaso de las acciones diplomáticas internacionales, más la confirmada certeza de una nación escasamente preparada en equipamiento e infraestructura para una confrontación de esta naturaleza, comenzaron a llenar de escepticismo lo que en algún momento fue pura algarabía. Una sensación sólo atenuada por heroicas incursiones de los aviones Super Etendard y sus misiles Exocet de la Fuerza Aérea, o alguna acción favorable al país que los comunicados oficiales que se multiplicaron a lo largo de la guerra exacerbaban en su trascendencia.

El hundimiento del buque General Belgrano el 2 de mayo de 1982 fue un mazazo al ánimo general de la población que tomó dimensión que lo que sucedía en el Atlántico Sur no era sólo escaramuzas aisladas, sino que estábamos -efectivamente- en medio de una guerra: 323 muertos, casi la mitad de las bajas que en total sufrió Argentina dan la dimensión de esa tragedia.

Un poco más de un mes después, el 14 de junio se firmó la rendición ante la evidente certeza de la superioridad militar, pero también de las inconsistencias de la estrategia argentina, sus fallas logísticas, de equipamiento y preparación para una circunstancia de estas características. La “patriada” se transformó en “aventura”.

Afloran las miserias

La decepción fue mayúscula. Mayor aún al trascender detalles de la escasez de provisiones y municiones, relatos desgarradores de frío, hambre y maltratos, desvío de donaciones y la tremenda sensación de haber asistido a una especie de gran fraude colectivo, que bajo una excusa de alta sensibilidad patriótica, ilusionó con una gesta nacional que -como se repetiría años después aunque con menor intensidad- utilizaba al pueblo para satisfacer un anhelo de poder.

Y lo que fue peor, el silencio, la negación y la vergüenza, casi como una manera de desconocer la derrota y hasta dar vuelta la cara a quienes dejaron la vida y pusieron el cuerpo en las islas.

Un mirar para otro lado, muy propio del exitismo argentino y como si nada hubiera sucedido hasta darnos el lujo de “disfrutar” el Mundial de Fútbol de España donde la Selección -con Diego Maradona en plenitud- iba a defender el título del ‘78 y a tener (también allí) otra frustración.

Fue el principio del fin de la dictadura, pero también el violento despertar de una generación que de manera temprana se empachó de desencanto para empezar a creer en aquellos que durante ese tiempo fueron de los únicos que le dijeron la verdad: los artistas, los músicos y en particular, el rock nacional. Pese a la polémica que aún persiste sobre la participación de muchas de sus figuras en el Festival de la Solidaridad Latinoamericana el 16 de mayo en el estadio de Obras Sanitarias de Buenos Aires.

Música para sobrevivientes

León Gieco había cantado que sólo le pedía a Dios que la guerra no nos fuera indiferente. Raúl Porchetto, más tarde, lo que ante el fuego cruzado y la desolación seguramente algún colimba se haya preguntado en las islas: “¿Pero madre, qué está pasando acá…?/ Son igual a mí y aman este lugar…/ tan lejos de casa que ni el nombre me acuerdo./ ¿Por qué estoy luchando, por qué estoy matando?”. Alejandro Lerner decía, en la piel de otro soldado que “tal vez luche o me resista,/ o tal vez me muera allá…/ creo que hace mucho frío por acá./ Hay más miedos como el mío en la ciudad…”.

Embed - Mercedes Sosa - Sólo Le Pido a Dios (con León Gieco)

Claro, tal vez fue Charly García quien expresó con mayor crudeza la certeza de que la guerra dejó de ser un evento televisivo como después conocimos y llegó hasta nuestras propias narices al implorar con ironía y temor que “no bombardeen Buenos Aires”. O la perfecta síntesis del conflicto que es Comunicado #166 de Los Violadores: “La gran batalla ha terminado…/ reina la confusión en las calles y en el gobierno,/ los Sea Harriers ya se han ido, la batalla ha terminado/, nos dejaron varios muertos y cientos de mutilados”.

Embed - Charly García - No Bombardeen Buenos Aires (Audio / Remastered)

Pero también la irrupción de otros discursos, plataforma imprescindible de la apertura política, en el ablandamiento de una dictadura en retirada y la reaparición en la escena de los censurados y perseguidos, como Piero, que nos decía que eran momentos de “sacar todo afuera como la primavera…” mientras aseguraba “soy pan, soy paz, soy más”.

Marilina Ross le ponía voz a la inmensa Eladia Blázquez y ante el horror de la muerte, las desapariciones y las bajas en el frente nos pedía “honrar la vida”. Y Mercedes Sosa nos traía el ejemplo de Violeta Parra para darle “gracias a la vida” y así... tantos y tantas más.

A los jóvenes de ayer

Ante tal panorama, la política asumió el rol de representar al pueblo y desplazar las visiones antojadizas imaginadas en los cuarteles y los casinos de los oficiales. Las incipientes develaciones no sólo de los despropósitos de la guerra sino también de las horrorosas violaciones a los Derechos Humanos armaron un frente común simbolizado luego en el “Nunca Más” como la expresión de una sociedad capaz de aprender de sus errores, aún los más atroces. Raúl Alfonsín cerraba sus discursos de campaña en 1983 recitando el Preámbulo de la Constitución Nacional, la mejor y más atinada promesa electoral de recuperar las instituciones, la paz y el respeto que implica todo estado de Derecho. La pesadilla de sensaciones encontradas parecía encauzarse aunque todavía quedaban pendientes sus efectos.

Está claro que los traumas sociales son similares y compartidos por todos quienes los padecieron, pero sin dudas, Malvinas tuvo un impacto particular en los jóvenes que no sólo se grabaron en carne propia la atrocidad de la guerra, sino también en la esperanza de la recuperación democrática.

Fueron (fuimos) en simultáneo, territorio de la desazón y la esperanza. Del terror y la alegría. Una sobredosis de madurez pero de lenta asimilación. Un impensado experimento que al margen de la zona de conflicto en el Sur austral dio de lleno en la generación que casi 45 años después tiene ahora responsabilidades sobre un país todavía maltrecho y con secuelas. Una “normalidad” que todavía duele porque en el medio -y lamentablemente- siguieron pasando cosas que aún retumban en la memoria. En la piel, sólo las mañanas del otoño-invierno se asemejan a las de aquellos días de guerra.

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