2 de abril de 2026 - 00:00

Eustaquio Frías. Estirpe de patriota y último granadero de San Martín

Su deseo desde niño era ser granadero. Permaneció en Mendoza con el quinto escuadrón y en 1817 Eustaquio Frías, con apenas 16 años, se trasformó en granadero a caballo de la escolta. A partir de allí durante largas décadas estuvo siempre al servicio de la patria.

El entusiasmo por conocer a los granaderos latía en el corazón de Eustaquio desde su más temprana adolescencia. Su madre, Loreta Sánchez Peón de Frías, formaba parte de un grupo de mujeres espías que entre otras tareas informaban al ejército patriota sobre movimientos enemigos.

Este casi niño, que acercaba agua a los artilleros en la batalla de Tucumán y cuyo padre, el comandante Pedro José de Frías, perdía una pierna en esa acción, logró su más íntimo deseo. La familia regresó a Salta después del triunfo de esa batalla. Para alejarlo de su vocación por las armas, sus padres lo enviaron a la casa de unos tíos en San Juan para que dedicara al comercio. Pero, tan próximo a Mendoza, con dos amigos y caballos que aportó uno de ellos se presentó en El Plumerillo donde se formaba el Ejército Libertador con solo 16 años para ofrecerse a integrar la fuerza.

Por su corta edad y poco peso no fue aceptado, pero por la mediación del sargento mayor Mariano Necochea, a quien la familia y Eustaquio conocían de Tucumán, logró ser incorporado en su escuadrón. Su deseo era ser granadero. Permaneció en Mendoza con el quinto escuadrón y en 1817 se trasformó en granadero a caballo de la escolta.

Nacido en Cachi, Salta, en 1801. Era unos días menor que otro grande de la Patria, Gerónimo Espejo. Llamado el último granadero, recibió esmerada educación.

En 1819, durante la estadía de San Martín en Mendoza, se desempeñó como cabo. En marzo de 1820 cruzó Los Andes por el paso El Portillo y se embarcó en 1820 en la Expedición por Mar al Perú en la fragata Consecuencia.

Tomó parte en dos campañas de la sierra al mando del general Arenales. Se distinguió en las acciones de Nazca y Pasco. Participó en el sitio de la Real Fortaleza de El Callao, y en la campaña de Quito, en Riobamba, Pichincha, Chunganga, Junín y Ayacucho.

Regresó en 1826 con el remanente de granaderos al mando del coronel Félix Bogado. Tomó parte en la guerra del Brasil en el Regimiento N° 16 a órdenes de Olavarría. Peleó en Ombú. En Ituzaingó bajo el mando de Juan Lavalle fue ascendido a capitán. Acompañó a Lavalle en la Revolución de 1828. Estuvo en los enfrentamientos de Navarro, Zapallar, Arroyo del Medio y Puente de Márquez.

Permaneció en Buenos Aires cuando Lavalle se exilió, siendo destinado a la frontera oeste con los indígenas. A fines de 1830 cuando se organizaba la campaña contra la Liga del Interior, Frías era convocado para la misma. Le escribe al gobernador Juan Manuel de Rosas solicitando su retiro por la razón de que “pertenezco al partido contrario al de V.E. y mis sentimientos tal vez me obliguen a traicionarle y para no dar un paso que me desagrade, suplico a V.E. se digne a concederme el retiro”

Ante la presión progresiva de los partidarios de Rosas, se exilió en Montevideo en 1839. Luego pasó a Entre Ríos y se incorporó al Ejército de Lavalle. Fue oficial del 2do Ejército correntino contra Rosas. Combatió en las batallas de Don Cristóbal, Sauce y Quebracho Herrado.

Lavalle lo nombró segundo jefe de la División del coronel José María Videla, destinado a Cuyo. Fue tomado prisionero en el combate de Sancala y trasladado a Buenos Aires caminando y descalzo. Estuvo ocho meses prisionero en los calabozos del cuartel del Retiro. Fue liberado por intermediación del jefe de la escuadra francesa del Río de la Plata.

En 1842 fugó a Montevideo participando de la defensa de la ciudad durante el sitio impuesto por el general Manuel Oribe. Luego pasó a Corrientes a órdenes del general José María Paz. Participó en la batalla de Vences y tras la derrota pasó al Paraguay. Regresó a Uruguay ante la noticia de la rendición de Oribe.

Se unió al Ejército grande de Urquiza y participó en Caseros. Apoyó la revolución del 11 de setiembre de 1852 y la defensa contra el sitio de Buenos Aires impuesta por los federales. Destinado a la frontera oeste con sede en Salto a órdenes de Emilio Mitre realizando campañas contra los indígenas. Participó en la Batalla de Pavón, siendo ascendido al grado de general. Quiso participar en la guerra del Paraguay, pero por su avanzada edad no fue admitido. Sólo en tareas de intendencia y administración. Pidió el pase a retiro. En 1882 fue ascendido a teniente general, siendo nombrado comandante de la Guarnición Militar de Buenos Aires, un mero cargo administrativo, en ocasión de la Revolución Radical de 1890. Pasó a retiro en diciembre de ese año.

El presidente Carlos Pellegrini le preguntó una vez, si conservaba alguna de sus espadas de la guerra de la independencia, y le respondió: “No, aunque he cuidado mucho mis armas porque la patria era pobre y yo también. El sable que me dio Necochea en Mendoza lo rompí en Junin; estaba algo sentido” ¡Con razón debía estar sentido el sable del granadero de Río Bamba y Ayacucho, pues las heridas de lanza y bayoneta, que ostentaba su cuerpo, probaban que el enemigo nunca estuvo lejos del alcance de su brazo!

Sus ojos claros y vivos traspasarían las nubes del tiempo evocando el recuerdo de tantas acciones donde brillara la espada de la libertad y que atestiguaban en su pecho, medallas, cordones y escudos de paño y las gloriosas cicatrices que con honor lo acompañaron a su descanso eterno.

Falleció el 16 de marzo de 1891. Sus restos fueron llevados al Cementerio de la Recoleta en una cureña en un cortejo militar con masivo acompañamiento del pueblo. Permanecieron allí 40 años.

En la despedida de sus restos, Carlos Pellegrini, presidente de la Nación, dijo: “Soldado raso de aquel regimiento glorioso cuya fama durará lo que dure nuestra historia, recorrió uno a uno todos los grados de la jerarquía militar en 75 años de servicio, la más larga que registran los anales de nuestro ejército, durante los cuales se batió por todo lo que hay de noble y de grande, por la independencia, por la libertad, por lo integridad y el honor de la Patria".

Sobrevivió a tres generaciones militares, conoció personalidades tales como Necochea, Arenales, Lavalle, Sucre, Bolívar, Olavarría, Alvear, Nieto Vega, Pacheco, Paz, Rosas, Urquiza, Solano López, los hermanos Mitre y por supuesto su arquetipo, el general San Martín.

Manuel Rawson mandó construir una urna de bronce para depositar sus restos, los que fueron trasladados al Panteón de las Glorias del Norte, en Salta.

Dos generales casi octogenarios, en porte marcial rindieron honor ante los restos del Padre de la Patria, cuando arribaron en 1880, Juan Antonio Pedernera y Eustaquio Frías, con los ojos vidriados de lágrimas y haciendo la venia, pronunciaban con voz emocionada y solemne: ¡Presente, mi general!

* El autor es médico e historiador.

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