24 de noviembre de 2013 - 13:26

La tribu se quedó sin brujo

"¡Qué increíble! Mencioné el tema del vicepresidente, se abrió la puerta y entró el viento del sur".

Palabras de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner el día que designó como su candidato a vicepresidente a Amado Boudou.

Brujos, embrujados y desembrujadores. Como dijimos en nuestra nota del 6 de octubre ("El brujo de la tribu") a Rasputín lo asesinaron los cortesanos del palacio zarista; a López Rega lo echaron los sindicalistas peronistas. Ahora, a Guillermo Moreno lo echaron los gobernadores peronistas.

En los tres casos fue el oficialismo quien cortó la cabeza del brujo de su respectiva tribu. En los tres casos quien lo remplazó fue el sector "racional" (mejor dicho, "burocrático") del partido del poder quien intentó "desembrujar" la cabeza, ya sea de la zarina Alejandra, de la presidenta Isabel o de la presidenta Cristina, a ver si era posible que las brujerías apoyadas desde lo más alto del reino no se llevaran puestos a todos.

En los primeros dos casos citados, el intento no alcanzó y al poco tiempo los respectivos oficialismos dejaron de serlo, derrotados por sus más feroces enemigos. Pero de ser cierto eso de que "la tercera es la vencida", los kirchneristas tienen todo el derecho de pelearla a ver si pueden salir indemnes de los dos maleficios que acabaron con el zarismo y con el isabelismo; del maleficio que les produjo el brujo, y del maleficio de no poder retener el poder aún matando al brujo.

De la inflación chiquita a la inflación patriótica. Toda esta historia comenzó cuando se fue Roberto Lavagna del ministerio de Economía deNéstor Kirchner y lo sucedió Felisa Miceli, quien explicitó las intenciones del gobierno al decir que un poquito de inflación venía bien para seguir con el crecimiento. Decir eso en la Argentina es lo mismo que decir a un ex-alcohólico terminal pero aparentemente recuperado que un poco de vino lo ayudará a seguir siendo abstemio.

Sin embargo, el error de Kirchner no sólo fue permitir un "poquito" de inflación, sino que cuando ésta aumentó, aceptó la propuesta de Guillermo Moreno de adulterar los índices estadísticos.

A partir de allí comenzó el apogeo del brujo, tanto que llegó a convencer a los Kirchner de que él con sus mentiras no sólo engañaría al pueblo sino también a los organismos internacionales. Entonces, al decir que teníamos menos inflación, pagaríamos menos intereses por la deuda. Fue la "inflación patriótica" la que arrasó con el Indec y con todos los que decían la verdad, acusándolos de traidores a los intereses de la nación argentina.

Los magos de la reina. El cristinismo sin Néstor fue, básicamente, la magia concreta de Moreno junto a la magia ideológica de Kicillof.

El joven Axel cree, por definición, que la empresa estatal funciona mejor que la privada. No importa que el Estado sea el noruego o el argentino; siempre es mejor la propiedad estatal que la privada. Lo mismo pero al revés que el menemismo, quien creía que las privatizaciones eran buenas en sí mismas, se hicieran como se las hicieran y se cedieran las empresas estatales a quienes se las cedieran. Magia ideológica en ambos casos.

A Cristina, Kicillof le vendió que él era capaz de reestatizar YPF sin pagar un peso y que con sólo pasarla al Estado se recuperaría el autoabastecimiento de combustibles que este mismo gobierno hizo volar por los aires. Pero cuando nada de eso ocurrió, vino Moreno a cerrar importaciones, prohibir el ahorro en dólares y el resto de sus emparchados para solucionar el faltante de divisas.

O sea, uno macaneaba la revolución para tener ilusionados a los fieles y el otro aplicaba sus métodos curanderiles cuando el médico sólo verseaba. Con esa combinación explosiva la economía y la política cristinistas fueron declinando cada vez más, hasta llegar a la derrota electoral de octubre.

Entonces, con todo el dolor del mundo, Ella tomó la decisión de echar a Moreno y ascender a Kicillof, eligiendo la mágica ideológica por sobre la magia concreta, pero agregándole el aporte del "pejotismo", vale decir del peronismo tradicional, donde sobran especialistas en pragmatismo sin ideología pero con apego superlativo al poder, expertos en sobrevivencia, siempre y en todo lugar.

Las esperanzas blancas y los negritos peronistas. A juzgar por sus recientes decisiones, Cristina no cree que sus ideas estén equivocadas sino que, en todo caso, fueron mal aplicadas. Por eso despide al ejecutor y salva al ideólogo. Además lo alaba por lo que hizo en YPF y en Aerolíneas.

Ella es así. Lo mismo hizo con Boudou, al que nombró su vice porque aportó la idea de reestatizar las AFJP. En el momento de designarlo para ese crucial cargo, se abrió una ventana y se coló un viento que Cristina creyó era Néstor que le daba el ok, cuando en realidad -a juzgar por lo que pasó después- si el viento era Néstor, fue para advertir a Cristina que no cometiera tamaña macana.

Pero ella sigue siendo así. Kicillof es su nueva "esperanza blanca" (como antes lo fueran Boudou o Lousteau) para controlar a los "negritos peronistas" a los que ahora convoca porque no tiene otro remedio, pero sigue desconfiándoles como siempre.

El idealista y el realista. Cristina ve en Jorge Capitanich al peronista que puede neutralizar las ambiciones de otros dos peronistas. Así, Capitanich deberá evitar que intendentes y gobernadores peronistas se vayan con Massa, y también evitar que Scioli logre ser alguna vez presidente.

Luego se verá qué se hace con Capitanich y el resto de los peronchos, pero por ahora los necesita porque están menos "quemados" que su Armada Brancaleone de fundamentalistas: Kunkel, Conti, Cabandié, la Cámpora toda.

Kicillof por ahora, más que nada, deberá defender las banderas cristinistas para que Capitanich no las cambie por otras. Pero el chaqueño, como todo buen peroncho, se definirá como el más fiel soldado del "modelo", mientras intentará hacer todas las cosas que deba hacer aunque ellas nada tengan que ver con el "modelo", a ver si la apuesta le sale bien y pueden, él y el PJ, suceder a Cristina para conservar el poder cuando la reina ya no esté.

Como, por ejemplo, contener la inflación, que en la ideología cristini-kicillofista nada tiene que ver con la emisión monetaria ni con nada parecido a esas horribles palabras neoliberales ortodoxas. Capitanich les llevará el apunte y dirá, como ellos, que la inflación se debe a la "puja redistributiva", o sea a que los empresarios concentrados remarcan los precios para producir el caos, por lo que el gobierno nada tiene que mejorar para acabar con la inflación, salvo acabar con esos empresarios.

Sin embargo el chaqueño, como todo buen pragmático, sabe que si esa delirante teoría fuera cierta la inflación sería igual de alta en los países vecinos, salvo que los empresarios de Brasil, Chile o Uruguay sean menos malos y menos concentrados que los argentinos, algo harto improbable. Entonces, para no llegar al caos venezolano (cuyas autoridades -es un decir- piensan lo mismo que las argentinas) Capitanich intentará hacer el ajuste convencional diciendo que hace lo contrario.

Yen ese tire y afloje entre relato y realidad seguirá el espectáculo político argentino de las próximas semanas, a ver cuál se impone sobre el otro.

En síntesis, con el alejamiento de Moreno desaparece uno de los puntales más altos de la irracionalidad que llevó a este gobierno a los innecesarios problemas que hoy tiene. Pero nunca está de más recordar que Moreno nunca fue más que el mecánico emparchador o el brujo gualichero, pero los que contrataron sus servicios y lo alentaron en sus locuras, siguen estando. Por lo cual, que una irracionalidad se vaya, no quiere decir que su sustituto sea la racionalidad.

La 'orga' radical. Claro que, en un caso u otro, el gobierno nacional tiene todo el tiempo del mundo para seguir con sus experimentos porque la oposición no peronista ya más no sabe qué hacer para ayudar a que el gobierno pueda hacer lo que quiera.

Un partido cuyo uno de sus principales referentes, Gerardo Morales, diga que el principal triunfador radical de todo el país en las últimas elecciones, Julio Cobos, no le gustaría como presidente, no parece ser un partido con mucha vocación de poder. En particular cuando la razón de esa negativa es porque Cobos "no es un hombre de la 'orga', de la organización del partido", según textuales palabras de Morales en su particular lenguaje radical neomontonero.

Confirmamos lo que dijimos la semana pasada en esta misma columna acerca del desprecio infinito que la élite radical nacional tiene hacia el dirigente mendocino, tanto que en su peculiar razonamiento psicológico prefieren perder las elecciones antes de que las gane Cobos.

Por eso los peronistas sólo se pelean entre ellos, porque afuera no hay con quién pelear puesto que, los que están, se matan solos.

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