30 de agosto de 2013 - 20:31

La trampa del dólar

“En los próximos meses el gobierno deberá tomar una decisión crucial. Una de ellas sería eliminar los cepos y dejar flotar libremente la moneda, no vender reservas y eventualmente comprarlas”.

El dólar ha sido, desde los últimos cuarenta años, el refugio de los ahorros de los argentinos, sobre todo en tiempos de crisis. Y cuando no hay crisis, los argentinos siguen ahorrando en esta moneda porque suponen que el gobierno, de cualquier signo que sea, sacará a relucir la genética inflacionaria y provocará otra crisis.

Esta forma de razonar se ha transformado en un modelo cultural y cuando esto ocurre, hay que esperar muchos años para que cambie, pero el cambio debe venir de políticas serias y coherentes plasmadas en forma sostenida en el tiempo.

En el caso del ciclo kirchnerista se dieron dos etapas. La inicial, cuando asume Néstor, el peso estaba muy devaluado, mientras el dólar a nivel internacional también estaba devaluado.

Esto hacía que la brecha de competitividad del tipo de cambio tuviese niveles favorables inéditos. En esos tiempos, la inflación se mantenía controlada y el gobierno exhibía como virtud tener superávits de balanza comercial, fiscal y de cuenta corriente. Algo muy pocas veces visto en la historia argentina.

El modelo de Kirchner se sostenía en la ausencia de inflación. Al tener la moneda muy devaluada, crecían las exportaciones y entraban divisas y, con el fin de que el dólar no bajara su valor, el Banco Central compraba todos los excedentes y así se fue cimentando el crecimiento de las reservas. Mientras tanto, el gasto público estaba controlado, crecían la economía y la recaudación.

Todo funcionaba bien hasta que el mismo Kirchner, para darle fuerza a la candidatura de Cristina, decidió acelerar el gasto, estimuló mejoras en las paritarias y el mercado interno empezó a jugar un rol más fuerte. En paralelo, aumentaba el precio de las materias primas y la cantidad de dólares que ingresaban seguía siendo muy grande y el Banco Central seguía comprando.

La inflación come competitividad

Esta acción desarrollada por Kirchner fue continuada por Cristina, y así la tasa de inflación, que estaba en un dígito, comenzó a crecer y cuando alcanzó los dos dígitos encendió luces de alerta en los operadores y la prensa especializada comenzó a dar alertas sobre los riesgos de sobrecalentamiento de la economía. Las medidas expansivas eran pro-cíclicas y los Kirchner se entusiasmaban con tener tasas chinas de crecimiento.

Cuando la inflación creció los Kirchner decidieron dibujar los datos para que figure menos, pero mantuvieron la estrategia de expansión del gasto público. Además, decidieron usar al dólar como ancla contra la inflación y mantuvieron atrasada la cotización del dólar. Pero fracasaron, la inflación siguió creciendo porque no evolucionaba por el dólar sino por la expansión monetaria.

Ante la evidencia del atraso, muchos ahorristas advirtieron que el precio de la moneda norteamericana estaba barato y comenzaron a comprar y a sacarlo del sistema, ya sea guardándolo bajo el colchón o sacándolo del país.

Al principio, al gobierno esto le convenía. La fuga de capitales no presionaba la cotización a la baja y evitaba tener que emitir moneda para comprar excedente.

Todo 2011 fue presentando un panorama similar, el BCRA ya no podía hacer crecer el número de reservas y luego de las elecciones de ese año, Cristina anunció un sistema de restricción a la compra de dólares por parte de los particulares para atesorar.

Desde el gobierno se intentó librar una batalla cultural para que los argentinos dejaran de pensar en dólares. Fracasaron, y además, nació el “blue”, denominación para el dólar paralelo o negro o ilegal. Por la restricción, había que pedirle permiso a la AFIP para comprar divisas para viajar. El problema es que ese año había fuertes vencimientos de la deuda que se pagarían con reservas.

La propia trampa

El gobierno cayó en su propia trampa porque al deprimir el valor del dólar oficial estimuló las importaciones. En su afán de mantener congeladas las tarifas de servicios públicos, el gobierno aceleró el gasto, la expansión monetaria y la inflación, pero estimuló el consumo de energía y combustibles baratos. Para esto debe importar y este año, solo por ese rubro, gastará 13.000 millones de dólares.

El gobierno está en una encrucijada interna, complicada por la situación externa. Internamente, entre la energía y el turismo, este año le puede costar unos 22.000 millones de dólares, pero no quiere producir una devaluación. Mientras tanto, el dólar se está apreciando frente a las monedas de la región, que se devalúan, y la pérdida de competitividad es mayor.

En los próximos meses el gobierno deberá tomar una decisión crucial. Una de ellas sería eliminar los cepos y dejar flotar libremente la moneda, no vender reservas y eventualmente comprarlas. El problema es que para ello debe dejar de emitir moneda, porque la expansión monetaria es el combustible que alimenta el precio del mercado paralelo.

La otra alternativa sería desdoblar el mercado oficial al menos para que el turismo se maneje por otro mercado, más cercano al paralelo, y de esa manera se desestimulen las compras y viajes en el exterior, pero no podrá cortar la sangría de las compras de energía.

Una devaluación sola no soluciona el problema porque el gobierno no debe tender a mirar el tipo de cambio nominal sino el tipo de cambio real, y para ello las medidas contra la inflación serán fundamentales.

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