30 de mayo de 2018 - 05:00

Todos hablan de Tom Hardy y su... ¡aspecto monstruoso!

Nadie se había percatado que era él porque apareció en la boda del príncipe Harry irreconocible.

Y se sabe: en Hollywood ser "buen actor o actriz" es sinónimo de cuánta capacidad tenés para desfigurarte (ay ay ay, el imperio de las formas ¡sin nada más que formas!).

Bien consustanciado con ese concepto frívolo de lo que es una interpretación solvente, Hardy no repara en esfuerzos para hacerse añicos el cuerpo, si es necesario.

En 2011, para hacer "Warrior", la emprendió con un plan de entrenamiento de diez horas diarias haciendo boxeo, ju jitsu, muay thai y coreografías de combate. Pibe... ¡pará! Le habrá dicho su esposa -Charlotte Riley-, harta de los tocs actorales de su marido.

Pero, no. El británico está convencido de que así es como se forja un buen actor y entonces ahora, con su próximo proyecto cinematográfico - "Fonzo"- en el que personifica a Al Capone, está súper consustanciado con el mafioso.

Así las cosas, apareció en el casamiento del príncipe Harry y Meghan Markle totalmente transformado. Engordó un montón de kilos, se rapó la cabeza, tiene más cicatrices que cara... Desfigurado, bah.

Eso sí, para que no se lo gasten a troche y moche en las redes, desactivó los comentarios (????) mientras postea, con orgullo, sus caritas monstruosas a medida que avanza en el protagónico.

Hardy todavía no ganó ningún Oscar. Y, se sabe: es condición casi innegociable deformarte hasta el límite para conseguir uno. Más vale que se lo den este año al pobre Hardy porque si sigue así no llegará a un próximo estreno.

Qué pena tan grande que la industria cinematográfica internacional requiera de sus actores laceraciones físicas en lugar de estudios y profundización interpretativa.

Los '80 calaron a fuego en las mentecitas ahuecadas del mainstream y el lema de "Fame" se convirtió en consigna: "la fama cuesta... y aquí es donde empiezas a pagarla... ¡con sudor!". Si mal no recordamos, esa era una academia de actuación, chichipíos; no el Tren Fantasma.

Una vez más: si vos, espectador, seguís aplaudiendo estas pavadas en lugar de las interpretaciones notables, que no requieren más que de técnica y conocimiento, los pobres millonarios de Hollywood tendrán que seguir poniendo el cuerpito para contentarte. Malo, malo, malo... eres.

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