Si, como dejaron trascender voceros eclesiásticos, el papa Francisco en su almuerzo privado iba a pedir a Cristina que fuera moderada en el manejo del conflicto por la deuda y, además, redujera los niveles de confrontación interna, eso no sucedió.
Si, como dejaron trascender voceros eclesiásticos, el papa Francisco en su almuerzo privado iba a pedir a Cristina que fuera moderada en el manejo del conflicto por la deuda y, además, redujera los niveles de confrontación interna, eso no sucedió.
Pueden haber sucedido dos cosas: que Bergoglio sólo se haya limitado a reclamarle cuestiones que tienen que ver con la Iglesia, como la aprobación del Código Civil que el Gobierno apuró para la semana entrante, o que la Presidenta, siguiendo con ese exceso de confianza que ya incomoda a funcionarios vaticanos, haya ajustado la palabra del Pontífice a su particular interpretación y conveniencia.
Lo cierto es que a una buena parte de la grey católica argentina que se interesa por la política no le gustó que Francisco, en la entrevista con la nutrida delegación encabezada por La Cámpora, se haya parecido mucho a un militante más. Entienden, con respeto, que el Papa está por encima de todo y debe ser amplio, pero esta vez los límites quedaron en una zona difusa.
Contra todos
Los discursos de Cristina en la Asamblea General de las Naciones Unidas y en el Consejo de Seguridad, mostraron a una Presidenta enfrentada no sólo con los fondos buitre sino también con el mundo.
Todo muy lindo: para el entusiasmo de quienes todavía enarbolan las consignas setentistas, dio lecciones de antiimperialismo, dudó de la existencia real del terrorismo islámico, lo comparó con los entretenidos argumentos de las series televisivas y cuestionó formalmente a otros gobiernos, como si el suyo fuera un ejemplo de eficiencia y sabiduría.
En Buenos Aires, su jefe de Gabinete Jorge Capitanich, en sus habituales excesos verborrágicos que dan vergüenza ajena, hasta vinculó al gobierno de Alemania con los fondos buitre.
Tanto la actitud de la Presidenta como la de su gobierno ha sido por estos días el tema obligado en las reuniones del mundo diplomático. Hasta embajadores de países de buena relación con el kirchnerismo comentan que hay una sobreactuación oficial que sobrepasa la raya de la prudencia.
Dirigentes de la militancia más dura en términos ideológicos ligados a La Cámpora, sostienen en cambio que la actitud de Cristina es "heroica" y el país está de pie frente a los que "pretenden someternos" por ser un ejemplo para el mundo. Curioso: hasta Dilma Rousseff, la presidenta de Brasil, se negó a un encuentro bilateral con Cristina en Nueva York porque esa foto la perjudicaría en su campaña electoral.
Para el Gobierno argentino, sostener el protagonismo de la pelea contra los fondos buitre y ubicarlo como su principal problema a nivel internacional, tiene el beneficio de disimular la crítica situación por la que atraviesa la economía doméstica. Cristina y sus asesores creen que, de esta manera, podrán contagiar no sólo a la oposición sino a gran parte de la sociedad de ese espíritu bélico, como si fuera un acto liberador de todos los males.
Gris oscuro
En contraste con aquel escenario sobrecargado de ficciones, está la dura realidad económica que golpea -como siempre- a los sectores de menores recursos. El deterioro salarial que produce la inflación, y el receso al que se ven obligadas las empresas por la caída del consumo, componen una fórmula que siempre termina mal: la plata no alcanza y peligra el empleo.
Con los grandes empresarios en plan de lucha para evitar la aplicación de la nueva Ley de Abastecimiento; con las empresas medianas limitadas en su actividad por las restricciones cambiarias para operaciones de comercio exterior, y con las pequeñas compañías castigadas por la recesión, el frente empresarial parece dispuesto a dar una fuerte batalla. Los sindicatos están en estado de alerta y el nivel de conflictividad va en aumento.
Con esa perspectiva, el gobierno encara el último trimestre del año enfrentando la falta de dólares, con más controles derivados del cepo cambiario y sosteniendo una política económica que tropieza a diario con sus propias contradicciones.
A la espera de un milagro que enderece el rumbo interno, Cristina da su batalla discursiva mientras parecen ser pocos los que escuchan y las soluciones no aparecen.
Por Carlos Sacchetto - [email protected] - Corresponsalía Buenos Aires