1 de marzo de 2014 - 22:44

El timing perfecto del extremista integrado

Radicalismo y pseudorradicalismo

Fue cuando la historia del mundo empezó a acelerarse que se transformaron las formas de pensar y practicar la política.

Si tradicionalmente las identidades políticas se habían definido en términos de formas de orden o pertenencia a determinadas entidades, el paso histórico del dominio del ser al del devenir, generó identidades relacionadas con el cambio, con tendencias (en curso o prescritas).

Es lo que Reinhart Koselleck, en un formidable artículo titulado sobre el tiempo y el lenguaje revolucionario, explicó como el predominio de los “ismos”: nacionalismo, liberalismo, socialismo, etc.

En estas identidades fundadas en el cambio podían distinguirse posiciones moderadas y radicales. El tiempo del dinamismo en la historia es también el tiempo de los extremos. Extremistas, radicales, maximalistas, fundamentalistas: términos sugerentes para denominar las posiciones que pretenden las transformaciones más profundas, más sustanciales, irreversibles.

El fenómeno, no obstante, no fue para su época absolutamente novedoso. En la teología moral cristiana se lo conoce como “celo amargo”. Dice una interesante teoría sobre Judas Iscariote que lo que verdaderamente lo hizo traicionar a Jesucristo fueron sus juicios críticos: lo que entendía que era impropio del comportamiento del Divino Maestro. Podría resumirse con la popular expresión de “ser más papista que el Papa”.

Prácticamente en todas las empresas políticas, tanto en el poder como fuera de él, conviven moderados y radicales, negociadores e intransigentes, dialogantes y combativos. Por lo general las relaciones entre ambos sectores son conflictivas. Los reproches y acusaciones mutuas son frecuentes: muchas veces se termina en violencia y en la muerte. Pero en otras ocasiones, unos y otros se armonizan en una diversificación de funciones bien determinadas.

A principios de la década del sesenta, Enrique Tierno Galván tipificó bajo el rótulo “radicalismo estético” o “falso radicalismo” esas formas de identidad política que declaran suyo el objetivo de transformación radical en sus formulaciones ideológicas, pero en los hechos se revelan como elementos integrados al sistema.

Tierno estaba describiendo fenómenos muy frecuentes de su tiempo y su lugar: pequeños grupos de intelectuales, fuertemente ideologizados, que finalmente terminaban desfogando sus afanes en intensas tertulias.

Integrados

Pero se le estaba escapando un tipo particular de pseudorradicalismo: el que se halla integrado a las estructuras de poder. En su variopinta composición, el kirchnerismo dispone de un cúmulo de organizaciones y militantes/dirigentes de apariencia radicalizada que tienen un importante rol en su estructura. Estas organizaciones se definen según la concepción conflictivista de la política: es una actividad siempre orientada contra alguien.

Respecto de las líneas de acción del gobierno, las organizaciones y los dirigentes del radicalismo integrado operan de una manera siempre prolijamente pautada y sincronizada, en una línea diferenciada dentro de la estructura de poder pero que nunca deriva en confrontación crítica o disidencia explícita del mismo.

Resulta fascinante el modo en que el pensamiento utópico o radical distorsiona la concepción del tiempo: los utopistas y radicales tienden a suprimir la distensión temporal del cambio social y aspiran a la inmediatez. Pero en el caso del pseudorradicalismo se advierte un escrupuloso respeto de los ritmos del poder.

Se pueden distinguir tres modalidades diversas.

La primera sucede cuando el gobierno lleva a cabo acciones contra un determinado sector: productores agropecuarios, órganos del Poder Judicial, medios de comunicación y un largo etcétera. En ese caso las organizaciones del extremismo integrado exigen llevar la ofensiva a las últimas consecuencias, tomar medidas drásticas contra el adversario: represión, expropiaciones o confiscaciones, intervención, acción directa.

Es lo que hace Luis D'Elía pidiendo la confiscación de bienes de ahorristas en dólares o Hebe de Bonafini proponiendo el juicio público y popular a periodistas o el asalto directo a la Corte. Después de que el Gobierno cierra estos asuntos o los saca de agenda, las demandas remiten por completo.

La segunda modalidad se da cuando la acción de hostigamiento concluye, por sumisión del adversario, acuerdo con el mismo o suspensión de la lucha. Las organizaciones y militantes pararradicales salen a suscribir incondicionalmente el resultado de la acción de gobierno, cualquiera que sea, insistiendo en lo acertado de su proceder y su oportuna inserción en las políticas en curso.

Nuevamente Bonafini, esta vez explicando que la ruptura de las relaciones del Gobierno con Tinelli por la producción y televisación de Fútbol Para Todos era lo más acertado, dado el carácter y la finalidad que el conductor de TV pensaba darle a las emisiones. Bonafini evitó cuestionar a Tinelli mientras el Gobierno estuvo negociando con este potencial socio, tan alejado del proyecto nacional y popular.

La tercera modalidad aparece cuando el gobierno fracasa en alguna línea de acción o debe desdecirse o contradecirse -siempre en los hechos, nunca en el discurso- de principios, consignas o imperativos sostenidos hasta entonces.

En ese caso nunca se trata de errores o torpezas del gobierno, sino de una derrota a manos de núcleos conspirativos que obedecen a intereses particulares inconfesables, tanto dentro como fuera del país.

Es la línea de argumentación que han sostenido los intelectuales de Carta Abierta respecto de la reciente devaluación de la moneda. Para los pseudorradicales, los grupos especuladores han conseguido torcer el brazo del Gobierno y le han impuesto sus condiciones.

Rebeldes funcionales

Como se advierte, las organizaciones y militantes del extremismo integrado interpretan el programa máximo del gobierno, pero sin que tal dramatización suponga impugnaciones, enfrentamientos o críticas al poder.

No son vanguardia, sino retaguardia disciplinada. ¿Qué funciones desempeñan dentro del esquema? Su agenda sigue las directivas del gobierno con dos objetivos.

Por un lado son una presencia siempre amenazante para los sectores críticos, disidentes o de apoyo condicionado al gobierno. Se les recuerda que conviene apoyar al gobierno porque en definitiva es el sector más moderado del bloque de poder. Las cosas podrían ponerse peor con los pseudorradicales al frente. Con ellos, el gobierno pone en escena el juego del policía bueno y el policía malo.

Por el otro, retienen la esperanza, siempre postergada, de sectores de clase media fuertemente ideologizados, de que en su evolución futura el actual gobierno ponga por fin en práctica las demandas de sus grupos radicalizados.

Para ellos conviene seguir apoyando a este gobierno porque es el único que en su estructura mantiene discursos y posiciones de máxima.

Disciplinamiento: amedrentar a los adversarios, asegurar a los propios. Las usinas de persuasión ideológica del Gobierno están en manos de dinamiteros de opereta.

La firme resolución de mantener incólume el discurso y contradecirse en los hechos dejará progresivamente al descubierto el corazón de pollo del kirchnerismo.

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