Es bueno reconstruir el pasado porque sirve para recordar acontecimientos que fueron pilar para el crecimiento logrado y ahora nos ayuda a proyectar, en forma más civilizada, el porvenir, recuerdos que han despertado interés en los mendocinos que, por su edad, no tienen idea de lo que hace más de medio siglo fue nuestra querida Mendoza y ahora con gusto se lo sigo contando.
La revolución del 6 de setiembre de 1930 concluyó con el gobierno de Mendoza y del país que era de orientación radical. Después de varios años de gobierno de facto, la Intervención de Mendoza convocó a elecciones para elegir democráticamente sus gobernantes en 1932, elecciones que fueron ganadas por el Partido Demócrata, una nueva versión del conservadurismo, y fue electo gobernador el ingeniero Ricardo Videla, quien cumplió el período 1932-1935.
Su gobierno fue interrumpido por el golpe revolucionario de las Fuerzas Armadas Argentinas (4 de junio de 1943) que de inmediato por decreto dispuso la intervención de la Provincia nombrando interventor al jefe del Distrito Militar 51, general Juan Humberto Sosa Molina. Es oportuno recordar como hecho histórico que el doctor Vicchi, en su último acto de Gobierno, envió un telegrama al entonces presidente de facto, general Pedro Ramírez, expresándole que lo correcto era entregar el gobierno del país a la Corte Suprema de Justicia de la Nación.
Según trascendió en aquel momento, el gobierno de facto reaccionó ordenando al general Sosa Molina el fusilamiento del doctor Vicchi, quien felizmente fue resguardado y sacado de inmediato del país hasta que el entonces gobierno nacional dejara sin efecto la medida criminal.
Me referiré a lo felices que éramos los mendocinos que disfrutamos la convivencia entre las décadas de 1940 y 1970, cuando nuestra provincia era considerada atractiva por su gente, sus bellezas naturales y que, aun sin tener organizado el servicio turístico, era visitada por argentinos y extranjeros que venían a vacacionar en las termas de Cacheuta o Villavicencio.
El prestigio de los hoteles de las Termas de Cacheuta, en Luján, y el Termas de Villavicencio, en Las Heras, era internacional por las saludables aguas termales y el servicio de primera de sus hoteles, que contaban con confortables habitaciones, salón comedor y cocina con menú internacional. Tanto era así que familias mendocinas reservaban mesas para almorzar los domingos y disfrutar el servicio de té que transformaba esos momentos en simpáticas reuniones sociales de la tarde.
En cambio el sur mendocino era poco visitado por carecer en aquellos tiempos de buenos caminos, hotelería y transporte público que permitiera disfrutar de los paisajes, cauces de agua y bellezas naturales que ofrecen San Rafael, General Alvear y Malargüe.
Por su parte, mendocinos visionarios instalaron en el Centro restaurantes, confiterías, café y bares que daban un buen servicio a transeúntes, paseantes y hombres de negocios que convenían aquí sus encuentros. Algunos, por su buen servicio, surtidos y precios se hicieron tradicionales, como el caso del restaurante Bianchini, en la esquina de San Martín y Godoy Cruz, donde se reunían habitualmente políticos, funcionarios de gobierno y empresarios, porque contaba con buen comedor y cuartos para reunirse y beber buenos vinos o aperitivos. Frente al restaurante, por calle Godoy Cruz, estaba la parada de los Cocheros de Plaza, también llamados Breck o Victoria y conocidos como Mateos.
Eran vehículos de cuatro ruedas tirados por caballos, con asientos separados del conductor. El sector de la calle Godoy Cruz entre San Martín y 9 de Julio era llamado la calle de los cocheros. El restaurante Torchio, en la calle Entre Ríos, gozaba de un justo prestigio por su excelente cocina, calidad de productos y profesionalidad de los mozos. Se especializaba en mariscos, pastas y puchero; recuerdo que se comía un variado menú con buenos vinos de entonces por cinco pesos ($ 5 m/n); sí, digo bien, cinco pesos, porque entre las décadas del '40 y el '50 nuestro peso tenía respaldo oro y era recibido libremente en los más importantes países del mundo porque no había inflación. Para compartir con invitados y pasar un buen momento contábamos con el restaurante del viejo Plaza Hotel con su confortable comedor y el Salón de los Espejos, de prestigio internacional.
Los cafés más concurridos de los '40 los encabezaba El Jamaica, en Necochea y 9 de Julio, conocido como la "Bolsa de Comercio" porque en sus mesas, mientras se degustaba un cafecito, se trataban importantes negocios, especialmente las transacciones de uvas y vinos.
También sobre Necochea estaba el café La Cosechera, el cine la Bolsa, que funcionaba diariamente desde la mañana y supo ser refugio de los "sincoleros" del Colegio Nacional, y a continuación el café Paulista, que contaba con un sector para desayunar y se tomaba un café con leche completo por treinta y cinco centavos ($ 0,35 m/n) con medialunas o tortitas con manteca y dulce. Se podía comprar el chocolate Paulista en libras o suelto, muy barato. Es oportuno evocar que jamás se le hubiera ocurrido a una mujer entrar a un café, y si alguna señora iba a buscar a su marido lo hacía llamar a la calle.
El café Los Tribunales estaba en la esquina de Espejo y 9 de Julio, frente al antiguo edificio donde funcionaban los principales juzgados de la Justicia mendocina. Los profesionales que se reunían en el café lo utilizaban como lugar de trabajo. Hugo Maggi, primer relator de fútbol y director de la audición deportiva La Voz del Deporte, se reunía con colaboradores, jugadores de fútbol y dirigentes que lo requerían.
Lo anecdótico: por críticas o informaciones que no eran del agrado de dirigentes del popular deporte, Hugo Maggi tenía relaciones conflictivas con los dirigentes de turno. Las autoridades del Club Andes Talleres, que militaba en la primera división de la Liga Mendocina de Fútbol, dispusieron prohibirle la entrada al Club. Para poder transmitir los partidos por radio desde la cancha de Talleres, el "Flaco" Maggi lo hacía desde arriba de un árbol de la calle Minuzzi; no interrumpió las transmisiones y superó la sanción que le habían impuesto.
Otro recordado café era el del hotel San Martín, en Necochea 31, primer piso, donde concurría diariamente un grupo de comerciantes del Centro, que se daba cita a las diez de la mañana, encabezado por Luis Granata, de La Ciudad de Buenos Aires; Gaspar Fontana López, gerente de Lutz Ferrando; José María Diez, de El Guipur; Carlos Bistué, de Electro Confort; Miguel Fanizzi, gerente de casa Heredia; Ángel Landa, de Casa Arteta; Ítalo Galli, dueño del hotel; Nudo y Marzano, de Farmacia Cuyo; Alfredo Miranda, de Casa Trini; Juan Quero, de El Cóndor, y siempre había algún invitado. Mientras bebían el cafecito las charlas giraban sobre ventas y condiciones de pago, porque no se usaban tarjetas de compra o crédito ni promociones bancarias.
En otro orden, recordaré las décadas en que boxeadores mendocinos hicieron tronar el Luna Park en la Capital Federal, seguidores de los campeones Pascual Pérez, Cirilo Gil y Nico Locche que (con el apoyo de técnica y estilo que les enseñaba Paco Bermúdez -en Mendoza- y Tito Lectoure -en el Luna-) hicieron inolvidables noches de boxeo con exhibiciones y triunfos que llenaron de felicidad a millares de aficionados y simpatizantes que celebraban largamente las coronas mundiales obtenidas.
Cuando el Gobierno se empeñó en transformar a Mendoza en un polo de turismo, dispuso la construcción del ambicioso proyecto del Gran Hotel de Potrerillos, que fue inaugurado en 1942. Por contar con servicio de primera era aprovechado por los visitantes que venían a las Termas de Villavicencio y Cacheuta y también era frecuentado por familias de otras provincias y también de la nuestra.
Finalmente recuerdo La Confitería Colon, El Cabildo, La Celeste, El Carillón -en el séptimo piso del Edificio Gómez-. En La Bola de Nieve, Ambos Mundos y Rodicar, los sábados y domingos al medio día se servía una empanada con una chicha o un vaso de vino Panquehua por veinte centavos y también se compraba el diario Los Andes a diez centavos. Digo que hemos vivido mejores años en familia y entre amigos con poca plata.
Entonces ¡hay algo de cierto en eso de que los tiempos pasados fueron mejores!