En sucesivas columnas, dijimos aquí que 2014 probablemente sería el año más difícil para el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner (CFK). En 2015, la perspectiva electoral concentraría al menos la atención en el juego de alianzas, candidaturas, encuestas, promesas. Hasta el más recalcitrante antikirchnerista tendría a la vista un probable cambio de gobierno, una nueva etapa, una cierta expectativa. Y, el kirchnerismo, la oportunidad de un nuevo inicio.
Pero el Gobierno y la sociedad tendrían que remar 2014. Un año difícil, desde el principio, por el arrastre de los conflictos de las policías provinciales de fines de 2013; los ya tradicionales saqueos y desórdenes de fin de año; los cortes de energía eléctrica que se han vuelto parte de la normalidad y, de regalo, una bruta devaluación de 20 por ciento (ésa que, había dicho CFK, tendría que esperar “otro gobierno”) que dio más bríos a la inflación y la ubicó en el listón del 40% anual.
Hasta setiembre, el ritmo de aumento de los precios ganó cada vez más fuerza, con el agravante de que la economía seguía sumida en la recesión iniciada en el último cuarto de 2013.
Sin embargo, con la llegada al Banco Central de Alejandro Vanoli, mucho más en sintonía que su antecesor, el eyectado Juan Carlos Fábrega, con el superministro de Economía, Axel Kicillof, el reforzamiento del cepo cambiario con operativos policiales y otros mecanismos monetarios, a partir de octubre el Gobierno quitó ímpetu al dólar blue y empezó a exhibir una recuperación nominal de las reservas del Banco Central gracias al ingreso de los primeros tramos de un “canje de monedas” con China, por un valor equivalente a 10.000 millones de dólares, y una línea del Banco de Francia.
Además, el BCRA tuvo más éxito en la tarea de “esterilización” de la emisión monetaria a la que lo obliga el descontrol fiscal, pues el Tesoro lo alivió mediante la colocación de los bonos “atados al dólar”. Así, al cierre del año, el Gobierno dice haber “controlado” la situación, al punto que uno de los tantos canales de TV paraoficial destacó que la inflación de este diciembre sería “la más baja de los últimos siete años”.
Pobre consuelo, por varias razones. Llevar la inflación mensual del rango de entre 2 y 2,4% al de 1,6 a 1,8% dista de ser un gran logro. Además, es menos resultado del cuasi congelamiento del dólar que de una recesión que, de hecho, se agravó. El año cerrará con una caída del PBI cercana al 2,5%, pero en el último trimestre la torta productiva se está encogiendo a un ritmo de 4 por ciento, lo que se refleja, por caso, en casos como el cierre de siete plantas frigoríficas. Otro indicador de la profundidad de la recesión es la tasa de desempleo que, -medida con los criterios con los que, hasta las más recientes manipulaciones, la calculaba el Indec- ya supera 10 por ciento.
En la columna anterior (“Un final menemista”) decíamos que el Gobierno intentaría “aguantar” 2015 mediante el endeudamiento externo pero el fallido canje de Boden 2015 por Boden 2024 que intentó Kicillof (quien lo presentó inicialmente como una muestra de solvencia y, tras el fracaso, como un indicador de confianza) puso esa opción en entredicho.
Sucede que, en las últimas semanas, la economía mundial fue sacudida por la profundidad de la caída del precio del petróleo, que dejó en terapia intensiva a economías como la rusa, venezolana e iraní, dio nuevo impulso a la revaluación del dólar y produjo remezones en los mercados financieros, en particular en los mercados emergentes.
Limitada la vía del endeudamiento, el recurso que le queda a Kicillof para que la inflación no vuelva a acelerar es seguir indefinidamente con el dólar casi clavado, lo que a su vez refuerza la recesión. El peso es la moneda latinoamericana que menos se depreció en los últimos cinco meses, pese a que la inflación argentina es muy superior a la del vecindario. Eso ahonda la pérdida de competitividad del conjunto de la economía, en especial de las economías regionales, y limita la salida exportadora.
La frutilla del postre de 2014 para el Gobierno son las investigaciones judiciales en torno de la inverosímil cadena hotelera de la familia presidencial, una de las piezas maestras con las que se intentó justificar el fabuloso crecimiento patrimonial “en blanco” de los Kirchner.
El ánimo inquisitivo de los jueces, en parte en respuesta al avance del Gobierno sobre la Justicia mediante el nuevo Código Procesal Penal, disparó a su vez el descabezamiento de la Secretaría de Inteligencia (ex SIDE), desde la cual el Gobierno intentará contrarrestar el avance judicial, ya a las puertas de la ciudadela K.
Tanto es así que Claudio Bonadío, el juez que hoy concentra las iras de CFK, prohibió la salida del país y pidió el inicio del trámite de desafuero y juicio político del ultrakirchnerista fiscal Carlos Gonella (quien, en vez de combatir el lavado de dinero, se dedica a encubrirlo) y se especula con que antes de que termine el verano llame a declarar en la “causa Hotesur” al mismísimo vástago presidencial, Máximo Kirchner.
En este revoltijo de economía, causas judiciales y revuelo en el avispero de los espías termina el primer año K, en el que los salarios perdieron por escándalo la carrera con la inflación, el desempleo aumentó y la economía se contrajo entre 2 y 3 por ciento.
Ojalá que 2015 sea mejor, a pesar de la garra que ponga el Gobierno para procurarse impunidad, incluso al precio de alejar aún más ese país “serio” y “normal” que Néstor Kirchner prometió a principios de 2003, hace ya casi doce años.