El distanciamiento progresivo, de gran parte del electorado, del Gobierno nacional tiene, posiblemente, un hecho inaugural: la tragedia ferroviaria de Once, en la que murieron 51 personas. Sucedió el 22 de febrero de 2012, cuatro meses después de aquel 54% que Cristina Fernández de Kirchner consiguió en las últimas presidenciales.
El desgraciado suceso desnudó los aspectos más oscuros de lo que un año después la Presidenta bautizó rimbombantemente "la década ganada". Miles de millones de pesos destinados a los empresarios del rubro, amigos de los más altos funcionarios del Ministerio de Planificación, que no fueron a las mejoras de las unidades ni de las vías sino a sus bolsillos.
En aquella oportunidad Cristina Fernández tardó varios días en hablar en público porque se refugió en Santa Cruz para evaluar las consecuencias políticas. La tragedia de Once fue el primer ejemplo, y el más acabado, del contraste que existe entre la realidad y el diagnóstico de la realidad que el Gobierno tiene y comunica. Lamentablemente, no fue el único hecho.
Rememorando, se puede observar que su aparición en febrero de 2012 fue muy similar a la de este último miércoles en Tecnópolis cuando, en lugar de hacer una autocrítica tras el resultado adverso de las urnas, la Presidenta se mostró enojada con todos, incluyendo a aquellos que no votaron por el "modelo" y que menos de dos años antes sí lo habían hecho.
El discurso de la Presidenta no tuvo espacio para las ambigüedades ni para esas consignas vagas que los especialistas en marketing político recomiendan a los políticos en campaña. La Cristina más radicalizada emergió sin pudores, aunque dosificó su malestar con intentos pedagógicos de explicar que sin ella, sin el modelo que ella impulsa, todo se va a los caños. "Yo o el caos", la vieja trampa de la política cesarista.
Fue una pieza retórica en la que múltiples destinatarios convivieron: los militantes y convencidos, a los que les pidió que salieran a hacer entrar en razones a los que se alejaron del "proyecto"; los medios de comunicación y los "poderes fácticos", a quienes los acusó de ensayar un nuevo intento "destituyente" (aunque no usó esta palabra pergeñada por los intelectuales de Carta Abierta) pero esta vez a través de las urnas (¡todo un contrasentido!) y, finalmente, los ciudadanos, a los que con esforzada misericordia les reprochó entender los procesos políticos "tarde, cuando ya perdieron el trabajo, la casa o el auto" (y por lo tanto hay que guiarlos para que los malos conocidos -a los que Cristina mencionó- no los vuelvan a perjudicar).
Los excluidos, ninguneados y vapuleados en este último discurso presidencial fueron los partidos políticos de la oposición que le arrebataron los festejos del domingo. A estos los llamó el "banco de suplentes"; y, a sus dirigentes, gerentes de los verdaderos titulares de los intereses en pugna: bancos, industriales y sindicatos.
No debe sorprender este menosprecio del kirchnerismo hacia la oposición porque no es nuevo; es más bien constitutivo. Desde que se desató la guerra con el grupo Clarín, Cristina denomina, a sus rivales electorales, empleados del multimedio, del "monopolio". La brutalidad de sus palabras -las del miércoles- revela entonces la falsedad con la que ella defendió que sean los partidos políticos los que nominen a los candidatos al Consejo de la Magistratura en la fallida reforma judicial. En abril -no hace tanto- consideraba a los partidos políticos como herramientas fundamentales de la democracia y citaba aquel artículo de la Constitución de 1994 escrito por Raúl Alfonsín.
Hace 48 horas, minimizó a todos los políticos opositores al lugar de empleaduchos de las corporaciones, sin territorio, sin representación política, sin historia, sin legitimidad porque incluso sus votos eran -según su entender- obtenidos en base a mentiras, a engaños. Por eso mismo ella los excluyó del debate sobre la macroeconomía al que llamó a los "titulares" de los intereses sectoriales.
La concepción de la democracia cristinista, donde el enemigo está siempre en otro lado, escondido y prestidigitando, pero nunca en los partidos políticos o en las listas, deja toda la representación política del pueblo al partido del Gobierno y encaja perfectamente con ese antiguo estadio preinstitucional en el que los señores feudales eran amos y señores y todos los demás sus vasallos. Vaya deseo no confesado por la Presidenta.
El discurso de Cristina tuvo también como consecuencia previsible el agigantamiento de la figura de Sergio Massa, su verdugo en las urnas bonaerenses. Todos los dardos fueron destinados a él ya que su lista contiene a gremialistas de la CGT oficial como Rodolfo Daer y también al ex titular de la UIA, Ignacio de Mendiguren, mientras que el banquero Jorge Brito -nombrado especialmente por Cristina Fernández- supo ser un aliado de la Casa Rosada y hoy mantiene excelente relación con el intendente de Tigre. Todos fueron aludidos directa o indirectamente por ella.
Encima, molesta por el lugar incómodamente risueño en el que se vio reflejada en los portales de noticias por su antojadiza defensa de la elección hecha por el kirchnerismo en la Antártida y en la comunidad Quom de La Primavera, Formosa, escribió en Twitter un mensaje en el que dejó salir su resentimiento: "Plan Duhalde II. Con carita más joven. Si hasta tiene su ´chiche'.
Yo me acuerdo. Era senadora". Así, engrandeció aún más a Massa, comparando a su esposa con la mujer del ex presidente (Hilda "Chiche" Duhalde), todo con el objetivo de denunciar un intento "destituyente" pero no con tanques o tapas de diarios sino con votos, el principal instrumento con el que se convalidan los procesos democráticos.
Nadie cree que la Presidenta esté dispuesta a modificar el rumbo económico pese a que convocó a una mesa grande a industriales, gremios y asociaciones de bancos. Cristina Fernández conoce, sin embargo, el agotamiento del modelo que ella defiende a capa y espada pero sucede que no está dispuesta a pagar los costos políticos que implican los remedios que se barajan afuera y adentro del Gobierno. Una encrucijada a la que el kirchnerismo llegó solo, sin las intervenciones oscuras de las corporaciones que dice enfrentar, debido a una serie de malas medidas económicas que se fueron hilvanando sin mucha coherencia.
De ahí el temor que existe en el oficialismo. Dirigentes que deben gobernar municipios y provincias, no sólo temen perder las elecciones de octubre de un modo más contundente a lo sucedido el último domingo y extraviar así la gobernabilidad de sus territorios sino que también se preguntan cuán tensa será la transición a la que se encamina inevitablemente un gobierno de obcecados.
Una pelea feroz en el peronismo, extendida por dos años, es un escenario que la Argentina vivió tras las derrota de Carlos Menem y de Eduardo Duhalde en las elecciones de 1997 en manos de lo que después fue la Alianza. El ex presidente riojano buscó en vano su re-reelección y el cacique bonaerense ser su sucesor, mientras la economía argentina se adentraba en un estancamiento histórico porque la convertibilidad ahogaba la producción y las industrias.
¿Se repetirá el mismo escenario ahora con una presidenta que no tiene acceso a un tercer mandato consecutivo y puja con los dirigentes de su mismo partido que quieren sucederla pero que son, en la lógica del Palacio, sus más odiados enemigos? ¿O el peronismo se reordenará sin tantos espasmos detrás de quien gane las elecciones? ¿Implicará esto último un vacío de poder real para quien detenta la Presidencia? Éstas son las preguntas que el tiempo irá develando pero que quedaron plantadas luego de que Cristina Fernández decidiera ratificar el rumbo económico pese al mensaje negativo de las urnas y radicalizar aún más sus posiciones.