Permítanme usar este título de la película de Will Smith porque así me siento en estos momentos. Mi nombre es Miguel Marzetti, soy guía internacional de turismo oriundo de Villa Nueva y desde hace tiempo trabajo en Milán recibiendo visitantes de todo el mundo, los cuales hace ya tiempo dejaron de venir desde que comenzó “el coronavirus effect”.
No les voy a explicar ahora cómo es que este virus apareció en los murciélagos, se mutó a una persona en Wuhan China y aterrizó en Europa, y que el primer país infectado fue Alemania (calladitos hasta que otro país mordiera el anzuelo y diera la noticia).
Estoy aquí para contarles cómo se desarrolla la vida cotidiana una vez tirada la bomba de que este virus mata.
Empieza con un pánico general de incertidumbre vaciando supermercados, seguido de una búsqueda irracional de mascarillas anticontagio con valores incalculables y más difícil de conseguir que la “tarántula” del álbum de figuritas de mi época en Mendoza.
Continúa con cierres de escuelas, escuadras de militares en cada esquina, una escalada de informaciones, prohibiciones y alertas que elevan la esquizofrenia al ritmo de los pocos “zombies” que se animan a salir.
Pero el punto crucial es el desgaste psíquico-emocional de saber que por un largo período de tiempo tu trabajo se terminó, tus fuentes de ingresos desaparecieron, tus costos fijos continúan siendo fijos. No es que tienes la chance de que te fue mal en un trabajo y entonces decides hacer otro; no existe ninguna manera de dedicarte a otra cosa porque también dejó de funcionar todo el sistema económico nacional, dependiendo solo de tu crédito y de los ahorros que hayas sabido prever.
Algunos me dirán exagerado, pero esa es la realidad que toca cuando un gobierno te manda a casa por tiempo ilimitado para frenar el contagio de un nuevo virus que va a una velocidad bestial, y que si bien no es tan problemático como lo pintan a nivel salud, causa un efecto de pánico en los mercados tremendo, sigue con una paralización total de negocios de todo tipo, y encima sufrimos un bombardeo constante de informaciones al límite del pesimismo, que van calando profundamente en el inconsciente colectivo de toda la población.
Parece algo irracional hablar del problema financiero cuando la realidad dice que hay gente anciana que está muriendo, que día a día hay más infectados y que ya llegó a la Argentina, cosa que hasta hace un mes atrás ni se pensaba en que tocaría suelo cuyano.
Pero siendo objetivo y frío, el porcentaje de gente contagiada que se sana es más alto que la enferma, el virus afecta solo a un mínimo porcentaje de personas ancianas que ya arrastraban problemas de salud graves, y que en definitiva (sin ser un virólogo especialista) es una especie de gripe potente que salvo casos excepcionales se cura en 14 días aislándote en casa haciendo reposo hasta que pase la fiebre.
La cosa no es grave si se lo mira desde este punto de vista, si los supermercados y farmacias están abastecidos, si la gente dejó de tener miedo y es consciente de que se debe aislar, de que será temporal como sucedió con el hanta virus o gripe aviar.
El punto duro es cómo pasar la tormenta hasta que llegue la calma, sacar de donde no hay la paciencia de saber soportar un aislamiento total para poder salir a flote, porque no queda otra hasta que se invente la vacuna o, como algunos entendidos dicen, se cumpla el ciclo de creación de anticuerpos necesarios para extinguir el problema.
Y entonces algunos se preguntarán: ¿si no es tan grave por qué tanta historia por aislarse al absoluto? Porque si no se hace así, el contagio es tan voraz que todo el sistema sanitario colapsa en pocos días, y es allí donde aparece el verdadero problema: la falta de atención para los que realmente están mal por otras enfermedades.
Italia salió a buscar desesperadamente enfermeros-médicos porque no lograba atender a todos los contagiados en el término de una semana, porque estos verdaderos héroes empezaron a contagiarse y así se produjo el desplome total sanitario del cual hablo.
Ahora bien, lo increíble es cómo los italianos tuvieron que cambiar radicalmente de vida; un pueblo acostumbrado a saludarse permanentemente, dándose la mano, abrazándose, buscando cualquier tipo de excusa para iniciar el famoso aperitivo y congregarse en las mesas con todo tipo de pastas (igual a nosotros). Todo eso pasa al olvido momentáneo en la rutina diaria. Y es esto precisamente lo que quiero recalcar: cuando empiece el desconcierto por aquellos pagos, tener la capacidad como pueblo de cambiar, de ajustarse a nuevas normas y sobretodo de cumplirlas para el bien común.
Personalmente tengo la fortuna de tener a mis seres queridos allá distantes de esta pesadilla, a mis hijos lejos de esta problemática social, pero lamentablemente también lejos de poder arribar a sus cumpleaños el próximo mes.
Los nómades del mundo sabemos cómo afrontar estas circunstancias, pero viendo ahora cómo las familias italianas empiezan un nuevo aprendizaje de convivencia teniendo que indefectiblemente permanecer juntos todo el día dentro de las casas, disfrutando de lo que habían perdido o sea la esencia pura del diálogo, lo cual me deja un toque nostálgico pero con una fantástica lección aprendida: sé que cosa haré al pisar suelo argentino cuando todo esto termine… Lucas y Lourdes quédense tranquilos, papá llegará tarde pero seguro.