Mal que les pese a los defensores del pensamiento nacional y latinoamericano, de los diferentes nativismos filosóficos e ideológicos, Francia es la gran inventora de nuestras cartografías ideológicas de uso intelectual y académico. De allí provienen las distinciones fundamentales de izquierda y derecha, progreso y conservación, revolución y reacción.
Pero Francia no solamente nos proveyó el mapa: también indicó las orientaciones fundamentales. Desde entonces, lo correcto es ser de izquierda, estar a favor del progreso y la modernidad, rechazar la derecha, la reacción y el conservadurismo.
Actualmente la superioridad moral de la izquierda y el progreso parecen fuera de duda. Dos autores franceses que penetraron agudamente en la naturaleza de las distinciones fundamentales de la modernidad política coincidieron sobre el punto.
Desde la izquierda, Emmanuel Mounier explicó a mediados de la década del treinta que "en las tres cuartas partes de su vida, el espíritu se domiciliaba en la derecha y residía en la izquierda".
Jean Madiran, desde una perspectiva tradicionalista que podría considerarse "de derecha", sostuvo tres décadas más tarde que "existe una derecha, por otra parte asombrada de serlo, y consintiéndolo mal, en la medida en que una izquierda se forma, se opone a ella. Es así como comienzan las cosas o recomienzan, y no en sentido inverso. Los que instauran o vuelven a poner en circulación el juego derecha-izquierda se sitúan ellos mismos a la izquierda, delimitan una derecha para combatirla y para excluirla".
Bastó que las contradicciones entre realidad y discurso del kirchnerismo se hicieran demasiado groseras e inocultables para que los pensadores de la corrección política vencieran sus últimos reparos y salieran a preservar del desprestigio las categorías sacrosantas de la modernidad política.
¡Eso no es izquierda!, gritaron. ¡Esto es falso progresismo!, se escandalizaron. ¡Esto es reaccionario, es pseudoprogresismo!, denunciaron. Y no vacilaron en proclamar el anatema terrible, la condena radical: ¡el kirchnerismo es de derecha!
Temerosos de que las sagradas identidades fueran confundidas con una pantomima trágica, emprendieron la batalla del esclarecimiento ideológico.
Jorge Lanata afirmó que el kirchnerismo "le habla a la izquierda pero gobierna para la derecha". Para el politólogo Roberto Gargarella no es la "izquierda posible", sino la "derecha verdadera", oculta con el camuflaje ideal para conseguir sus objetivos.
El editor y ensayista Alejandro Katz dedicó un extenso libro para denunciar el carácter reaccionario del gobierno actual. La socióloga Maristella Svampa, por su parte, sostiene que los saludables impulsos progresistas de la presidencia de Kirchner fueron sustituidos por el populismo primero y por el predominio de los intereses de las clases medias después.
Así, el kirchnerismo ha ido a parar al infierno de "la derecha", esa categoría proteica que en nuestro país engloba a las Fuerzas Armadas, el peronismo clásico, la Iglesia y los empresarios, las multinacionales y el sindicalismo, el nacionalismo católico o tradicionalista, los caudillos provinciales, el liberalismo económico y el conservadurismo en sus mil formas: la mar y todos sus pececillos.
Ante tan peligroso embate descalificador, el kirchnerismo por su parte salió a reivindicar su identidad de izquierdas, faltaría más. En un ejercicio de cinismo difícilmente superable, el ministro de Justicia Alak asoció las críticas del Nobel Pérez Esquivel contra el gobierno a las posiciones de la derecha conservadora.
El secretario Parrilli atribuyó las protestas callejeras por los contratos YPF-Chevron en Neuquén "a sectores de derecha y extrema izquierda": fustigaba así al enemigo tradicional (la derecha), decía una parte de verdad para evitar que la declaración fuese del todo falsa (la participación de la izquierda) y de paso preservaba la posición de "izquierda" para el gobierno.
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Por su parte, la inefable Florencia Saintout, decana de periodismo de la Universidad Nacional de la Plata, sostuvo que a la izquierda del kirchnerismo "no hay nada". Finalmente, Cristina confesó entre temerosa y desenfadada que en el '73 votó a Perón "desde la izquierda" y no con la boleta del Frejuli. Esto revela la verdadera configuración ideológica del kirchnerismo, ocultamente antiperonista: es conocida la aversión del peronismo a aceptar la clasificación izquierda-derecha.
Pero, ¿es que el kirchnerismo siempre fue así o ha experimentado una mutación en el ejercicio continuado del poder? Existen razones para pensar en un sentido y en el otro. Por lo pronto, puede ser útil apuntar que en contextos democráticos, las alternativas de izquierda suelen aparecer en fases de abundancia, cuando pueden practicarse políticas (más o menos eficaces) de redistribución de la riqueza. Con ese fundamento se hacen posibles sus proyectos culturales y educativos, su poesía y sus banderas.
Cuando, en cambio, las sociedades se enfrentan a alternativas en las que se imponen medidas de austeridad o existen demandas de eficacia, resultados u objetivos concretos hay que buscar "a la derecha" del espectro, llámese Berni en seguridad, Milani en las FFAA, Galluccio en YPF o Marambio en las cárceles.
Bien lo sabía Lenin cuando fustigaba a los izquierdistas como los oligofrénicos de la revolución, o cuando explicaba que los constructores del Estado Soviético debían aprender de las técnicas del capitalismo industrial alemán.
En cualquier caso, la discusión sobre la posición del kirchnerismo en el espectro ideológico muestra algunos elementos interesantes para el análisis. Las alineaciones político-ideológicas en nuestro país nunca se han adaptado bien a estas distinciones francesas, tal como observó Jorge Abelardo Ramos hace más de medio siglo. Tampoco han sido demasiado adecuadas para entender la realidad nacional, como he intentado explicar hace tiempo, en otro lugar.
Entonces, la discusión aludida pasa a ser una pelea entre intelectuales (unos en el gobierno, otros contra él) pugnando por un franchising ideológico, la "chapa" o la "marca" que otorga la izquierda. Unos y otros declaran vender mercadería original y acusan al rival de comerciar con ropa trucha de La Salada.
El progresismo, por su parte, cuando no es la versión secularizada e ideológica de la misión salvífica del cristianismo, termina siendo una categoría retrospectiva. Quienes en su momento fustigaron a Alfonsín por traicionar los ideales de la democracia transformadora, lo entronizan hoy en el panteón progresista.
Si se atiende a la lógica de la izquierda, el debate replica una vez más lo que sucede en fases terminales de sus gobiernos: en nombre de la izquierda eterna, ideal o divina se impugna a la izquierda encarnada, con los pies en el barro de una realidad que se desprecia, por haber comerciado ilegítimamente con ella. Pero, ¿es que alguna vez ha sido de otro modo? ¿Y si eso fueran el progresismo y la izquierda: esperanzas condenadas a ser traicionadas en cada puesta en práctica?
Las opiniones vertidas en este espacio no necesariamente coinciden con la línea editorial de diario Los Andes.