26 de agosto de 2017 - 00:00

Soldados sin iniciativa propia

Todo parece indicar que estamos ante un cambio en la forma de entender y practicar la política en la Argentina. Bueno, no todo, pero algunas cosas sí permiten pensar en ese sentido.

Las tesis de Durán Barba, a las que habría que analizar cuidadosamente desde la perspectiva de la ciencia política, parecen haber sido adoptadas hasta por sus enemigos declarados.

Hay otros elementos que son supervivencias de la antigua cultura política. Lo nuevo coexiste con lo viejo, como suele suceder en toda época de cambio.

Ni las renovaciones son totales, ni las sociedades permanecen totalmente inmóviles. Precisamente esa coexistencia es el contraste que nos permite distinguir qué cambia y qué permanece. El futuro dirá si las transformaciones son buenas: hoy eso no está nada claro.

Una perspectiva atractiva de análisis en las recientes elecciones primarias es observar la variable de cambio en la cultura política en relación con la edad de los candidatos que se presentaron.

¿Es posible relacionar la emergencia de lo nuevo con los planteles más jóvenes? De las listas en pugna, la de Unidad Ciudadana, nueva denominación del sector kirchnercristinista, parecía tener un menor promedio de edad que el resto. La boleta se hallaba poblada de dirigentes y militantes jóvenes, con pocos años en la política o recién llegados a ella.

Imposible no ver en su composición la impronta de la otrora poderosa La Cámpora, quizá el fenómeno de juventudes políticas más interesante de los tiempos democráticos, sólo comparable con la mítica Junta Coordinadora Nacional, del radicalismo.

Hasta hace poco Jorge Asís, que no posee un particular afecto a los K, consideraba a La Cámpora el proyecto de poder más prometedor del escenario político nacional. Hoy prefiere hablar de la deriva adolescente o infantil del kirchnerismo póstumo.

Lo cierto es que la lista mendocina de Unidad Ciudadana centró su campaña casi exclusivamente en el argumento de que constituía la facción cristinista del peronismo provincial.

No hubo intentos por reforzar algún aspecto de liderazgo o representación local, como sí hicieron las otras listas. Se propusieron ser los meros ejecutores de un supuesto proyecto opositor de escala nacional.

Tampoco hubo concesiones a la particularidad mendocina, ni apelaciones a la representación y defensa de intereses específicos de la provincia, lo cual viene a ser la confirmación ex post del verdadero respeto y aprecio que el kirchnercristinismo tuvo y tiene por el federalismo.

Es de por sí notable que una campaña tan mezquina e individualista como la de Cristina Fernández, destinada a asegurar a los que ya están convencidos, reacia a liderar un verdadero proyecto nacional, centrada en obtener la banca para la ex presidente, pudiera despertar simpatías más allá del distrito en el que se presentaba como candidata.

"¡Cristina senadora!" coreaban sus simpatizantes en la larga vigilia del lunes 14. Dejaron el "Vamo' a volver" para otra ocasión. ¿Pero entonces se trataba sólo de eso? Por esa razón es difícil ver en la nueva agrupación de Cristina un proyecto de poder amplio, de largo alcance. Aunque todo puede ser.

En su modalidad de liderazgo unipersonal, insustituible, de verticalismo indiscutido, el kirchnercristinismo responde a la más primitiva y elemental forma de articulación política.

En el contexto actual esta característica se presenta como la persistencia de un vínculo político genuinamente popular, propio del peronismo, pero es básicamente una recreación anacronizante propia de intelectuales.

Sin capacidad de formular propuestas diferenciadas, sin liderazgos locales, sin recursos estratégicos propios, los kirchnercristinistas mendocinos se limitan a repetir las consignas que vienen de la mesa chica de la conductora ("contra el ajuste, parar al gobierno") y a insistir en que votarlos a ellos es votar a Cristina.

Pero entonces ¿es razonable pensar que entre los jóvenes dirigentes es más frecuente hallar esas nuevas formas de la política?

En principio sí, pero no es éste el caso. También es parte de la psicología juvenil la entrega irreflexiva y total a una causa o a un líder.

Sobran ejemplos históricos de esto. Aunque más que ser la vanguardia juvenil de un nuevo movimiento político, los kirchnercristinistas parecen tener la conducta típica del groupier, la del seguidor o el entusiasta.

Cuando hay recursos abundantes y se juega desde el gobierno, el seguidismo personalista paga. Es el glamour del poder. Cuando se está en el llano, al seguidismo sólo lo salva la épica: algo de lo que ni Cristina ni sus seguidores pueden valerse, aunque vaya si lo han intentado.

El kirchnercristinismo ha mostrado desde su formación un especial gusto por las analogías militares: sus seguidores dicen ser los soldados de Perón, Néstor y Cristina. Estos símiles subrayan su lealtad y su disciplina, como la vieja consigna del fascismo: ¡Obediencia ciega, pronta, absoluta!

No son dirigentes propiamente dichos: de forma deliberada se presentan como subordinados.

Una de las innovaciones que proporcionó a Alemania una notoria superioridad militar desde fines del s. XIX fue el entrenamiento en el liderazgo que se dio a los mandos medios y bajos: se sustituyó el tradicional modelo vertical y centralizado de concepción y transmisión de órdenes por uno basado en la asignación de misiones, conocido como Auftragstaktik.

Ese sistema transfirió buena parte de la iniciativa a las unidades en el terreno, que debían actuar con mayor rapidez y margen de improvisación para cumplir con el objetivo fijado. Éste es el esquema organizativo que sigue la mayoría de los ejércitos en la actualidad.

No les vendría mal a los jóvenes militantes de Cristina actualizar sus propias concepciones sobre el oficio del soldado.

Hasta en eso atrasan.

Las opiniones vertidas en este espacio no necesariamente coinciden con la línea editorial de Diario Los Andes.

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