2 de agosto de 2025 - 00:05

Viñedos, túneles y escándalos: la historia secreta de los Tomba, pioneros del vino mendocino

La historia de Antonio Tomba, un inmigrante que llegó con lo puesto y terminó transformando para siempre la economía y el paisaje de Mendoza.

En el corazón de Godoy Cruz, hace más de un siglo, un inmigrante italiano dejó una huella imborrable en la historia mendocina. Su nombre era Antonio Tomba, y aunque llegó al país con lo puesto, terminó transformando el paisaje productivo, social y humano de Mendoza.

Originario del Veneto, en Italia, Tomba tuvo una juventud marcada por el coraje: siendo apenas un adolescente, se alistó en las fuerzas de Giuseppe Garibaldi para luchar por la unificación de su patria. Pero su destino lo aguardaba lejos de Europa. Después de pasar un tiempo trabajando en una fábrica de Génova, decidió emigrar. Corría el año 1875 cuando, con 26 años, desembarcó en Buenos Aires tras una travesía en el barco América. El país que lo recibió vivía los albores del modelo agroexportador bajo la presidencia de Nicolás Avellaneda.

Durante más de una década, Antonio vendió comidas a los obreros del ferrocarril, primero en Buenos Aires y luego en Villa Mercedes. Recién en 1886 se estableció definitivamente en Mendoza, donde dio el salto que cambiaría su vida y la de toda una provincia.

Del almacén al emporio vitivinícola de Antonio Tomba

Con sus ahorros abrió un pequeño almacén en una zona que hoy es el corazón de Godoy Cruz. Su olfato para los negocios fue tal que no tardó en prosperar. Se casó con Olaya Pescara Maure, una mujer de buena posición social, cuya familia aportó como dote las tierras donde se levantaría la bodega que llevaría el apellido Tomba a la cima de la industria nacional.

Su emprendimiento creció a una velocidad asombrosa. En poco tiempo, la bodega llegó a producir más del 60 % del vino que se consumía en el país. Tuvo sucursales en Rosario y Buenos Aires, y empleó tecnología avanzada para la época: toneles de roble de Nancy, alambres para espalderas, sistemas de riego innovadores y hasta una línea férrea privada para transportar uvas desde las fincas hasta la planta.

Una ciudad dentro de una bodega

El complejo bodeguero se asemejaba a una pequeña ciudad. Contaba con talleres de reparación, áreas de fraccionamiento, depósitos en distintos puntos del país, y una impresionante infraestructura subterránea conectada por túneles. Las fotografías de época muestran un universo productivo que parecía no tener límites: más de 400 empleados permanentes y mil temporarios en época de vendimia. Desde el cultivo hasta el embotellado y la distribución, todo estaba bajo su control.

Además del vino de mesa, Tomba incursionó con éxito en los vinos finos, obteniendo reconocimientos internacionales: una Medalla de Oro en la Exposición de Turín (1898), un Gran Prix en Londres (1905) y otra Medalla de Oro en Milán (1906). Sus marcas —como el clarete Luis Tomba o el Particular Tomba— hicieron historia.

El hombre detrás del empresario

Pero la figura de Antonio Tomba no se agota en su genio comercial. Su generosidad también dejó huella: donó terrenos a empleados y fue el impulsor de importantes obras públicas, como el Hospital del Carmen. Cuando enfermó, viajó a Buenos Aires en busca de cura. Allí, fue atendido por el doctor Luis Güemes, nieto del célebre caudillo salteño, quien no tuvo más remedio que informarle que padecía un cáncer avanzado. Antonio quiso entonces regresar a su tierra natal para morir, pero el destino se le adelantó en altamar, poco antes de la llegada del siglo XX.

Un legado en disputa

Tras su fallecimiento, su hermano Domingo tomó las riendas del imperio. Pero lo que siguió fue una amarga disputa familiar: el hijo de Antonio, Luis, lo acusó de haber falsificado el testamento para apropiarse de la herencia. El juicio fue un escándalo que dividió a la sociedad mendocina. Aunque el joven ganó el pleito, la fortuna ya se había desvanecido en malas decisiones y gastos irrecuperables.

Las nuevas generaciones de la familia Tomba no heredaron riquezas, pero sí un nombre que aún resuena con fuerza. Hoy, ese apellido sigue vivo en las gradas del estadio donde juega el club Godoy Cruz Antonio Tomba. Y aunque ya no ocupan un palco ni una butaca especial, algunos descendientes llegan cada domingo caminando por la vereda larga, junto a las pintadas de aliento. Compran su entrada como cualquiera, sabiendo que su historia también es parte de la historia del pueblo.

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