Su maestra le consiguió zapatillas por el frío pero él se las cedió a su mamá

Ciro prefirió que las zapatillas que le había conseguido su maestra las usara la pareja de su papá para salir a hacer changas. Foto: gentileza
Ciro prefirió que las zapatillas que le había conseguido su maestra las usara la pareja de su papá para salir a hacer changas. Foto: gentileza

Ciro tiene 13 años y su “seño” Valeria notó que su calzado estaba roto. Consiguió un par donadas pero el chico prefirió que las usara su madre del corazón. Su situación se repite en otras escuelas.

Docente de pura vocación, Valeria Juri confiesa que de chica “amaba” el invierno. Cuenta que siempre fue así hasta que comenzó a pisar aulas de escuelas tan carenciadas y repletas de niños desabrigados que, finalmente, comprobó que estaba equivocada.

“Me di cuenta, entonces, de que el frío duele, que el verano es el abrigo de los pobres y que cada año, frente al inicio de las heladas, comenzamos otro trabajo: el de las colectas interminables de zapatillas, buzos y camperas”, resume esta maestra, mamá de dos varones, que da clases en sexto y séptimo grado de la escuela Tierra de Huarpes, en el barrio Paraguay de Buena Nueva, Guaymallén.

Las historias se repiten. Hay “miles” y todas tienen un denominador común: la pobreza y el desempleo que castigan a buena parte del país y que no escapa a la realidad de Mendoza.

La historia de Ciro, que tiene 13 años, sucedió hace pocas horas y derivó en una cadena de solidaridad que logró resolver la urgencia, aunque no el tema de fondo.

“Las maestras siempre miramos los pies de nuestros niños y Ciro llegó al aula con zapatillas muy rotas. Enseguida me puse en campaña porque sé que siempre que pido ayuda la recibo y es mucha la gente solidaria y comprometida”, relata.

Así fue que Ciro, quien vive en un asentamiento cercano a la escuela, se probó su nuevo calzado y partió a su casa. Estaba contento, dijo la maestra.

“Sin embargo, para mi sorpresa, al día siguiente llegó con sus viejas zapatillas. Le pregunté qué había sucedido y me contó que prefirió dejárselas a su mamá porque suele hacer changas caminando y por eso las necesita más que él”, relata conmovida.

Valeria salió enseguida a buscar otro par. Buscó no sólo zapatillas, sino camperas, buzos, medias…

“Mi hijo menor me carga, me dice que mi casa parece la sede de Cáritas porque hay bolsas por todos lados. Selecciono todo lo que me acercan y voy llevando de a poco en el micro”, detalla.

El niño vive con su padre y la esposa de éste, a la que llama “mamá”, en una precaria vivienda del barrio Paraguay junto a un puñado de hermanos. Llegó allí tras una mala experiencia con su madre biológica, que no pudo hacerse cargo de su hijo por problemas con la droga. De todos modos, el Equipo Técnico Interdisciplinario (ETI) evalúa la tutela definitiva del menor.

“En su casa recibe cariño, pero la pobreza lo atraviesa como a tantos otros chicos. Podría asegurar que es es el caso de la mayoría en esta escuela. Trabajamos siempre buscando ayuda de todo tipo. Acá se observan muchas infancias rotas y los padres también son víctimas, porque han sufrido o sufren situaciones dolorosas que, obviamente, se transmiten”, asegura la docente.

“¿Qué me dijo? Que su mamá necesitaba el calzado más que él. Así de simple. Estas historias no suceden hoy, sino siempre. El hambre y el frío nos duelen. Somos docentes y mamás”, insiste Valeria.

Advierte también la falta de afecto de muchas personas de la comunidad educativa. “No es sólo la pobreza sino, en muchos casos, la falta de amor lo que muchos padecen. Ayer le di un abrazo a una mamá y pude percibir lo contenida que se sintió y la falta que le hacía una simple muestra de cariño”, explica.

Valeria agrega que la familia de Ciro atraviesa serias necesidades y dejó el contacto para las personas interesadas en donar elementos básicos, como camas. Porque en la familia, dijo, las camas no alcanzan.

“Todo es bienvenido en la escuela, donde podemos visibilizar las carencias, y por supuesto también en los hogares. Creo que esta historia, insisto, es apenas una de tantas. Mañana seguramente habrá otra igual o parecida y así sucesivamente. Los maestros tenemos que observar a nuestros niños y jamás mirar hacia el costado”, reflexiona.

Mamá de dos hijos, el mayor vive en Buenos Aires, trabaja y suele ayudarla en las muchas cruzadas solidarias que encabeza Valeria. El menor también colabora con la logística.

Dice que nació para ser docente y comprobó, con el correr de los años, que su vocación implica mucho más que enseñar en la adversidad: para ella ser maestra es ser un poco mamá, saber escuchar, observar, ponerse en la piel del otro y reaccionar con ayuda. Porque el hambre y el frío, advierte, no pueden esperar.

Cómo ayudar

El teléfono de la escuela Tierra de Huarpes de Buena Nueva, Guaymallén, es el 261-4470463. El de la mamá de Ciro: 2616315004.

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