5 de abril de 2026 - 08:00

Sergio Saracco, reconocido toxicólogo: "El problema no es la sustancia; es el vacío que tenemos como sociedad"

Médico, docente y ex ministro de Salud de Mendoza, repasa más de 40 años de trabajo en emergencias, intoxicaciones y políticas sanitarias. Desde esa experiencia advierte sobre el crecimiento del consumo de sustancias psicoactivas y plantea que el problema excede lo médico.

Médico toxicólogo, docente universitario y ex ministro de Salud de Mendoza, Sergio Saracco lleva más de cuatro décadas trabajando en uno de los territorios más sensibles de la medicina: las intoxicaciones, las emergencias sanitarias y el consumo de sustancias psicoactivas. A lo largo de su carrera transitó distintos espacios del sistema de salud: la guardia hospitalaria, la terapia intensiva, la medicina legal, la gestión pública y la formación de nuevas generaciones de médicos.

Hoy dirige el Departamento de Toxicología de Mendoza y continúa vinculado a la docencia universitaria. Pero su vínculo con la medicina comenzó mucho antes de ingresar a la facultad, en las recorridas que hacía junto a su padre, un médico de barrio que atendía pacientes en sus casas cuando todavía no existían los sistemas de emergencias médicas organizados.

A lo largo de su trayectoria participó en la creación del Servicio Emergencias Coordinado (SEC) de la provincia, impulsó el Centro Provincial de Toxicología y presidió la Asociación Toxicológica Argentina. Desde esa experiencia observa con preocupación el cambio cultural que atraviesa a la sociedad y el lugar cada vez más visible que ocupan las drogas en la vida cotidiana.

Su diagnóstico es directo y al mismo tiempo inquietante: “Las drogas se han vuelto un contaminante más de la vida cotidiana. Pero el problema no es la sustancia: el problema es el vacío que tenemos como sociedad y que muchas veces intentamos llenar químicamente”.

—¿Cómo fue su infancia y el primer contacto con la medicina?

—La medicina estuvo muy presente desde mi infancia. La figura que más me marcó fue la de mi padre. Él era un médico de barrio en Godoy Cruz, de esos que hoy casi no existen.

En aquella época el ejercicio de la medicina tenía otra dinámica. El médico atendía en el hospital durante la mañana, luego abría su consultorio y, cuando terminaba la consulta, salía a hacer visitas domiciliarias. No había servicios de emergencias como los conocemos hoy, por lo que muchas situaciones se resolvían directamente en la casa del paciente.

A veces yo lo acompañaba. Recorríamos distintos barrios de Godoy Cruz y también zonas más humildes, como el Campo Papa, que en ese momento se conocía como La Ripiera. Recuerdo muy bien cómo la gente lo esperaba, la confianza que depositaban en él. Para muchos vecinos el médico era una figura central de la comunidad.

Lo que más me impresionaba era la forma en que se involucraba con los pacientes. No se limitaba a recetar un medicamento. Muchas veces llevaba muestras médicas para quienes no podían comprarlas o trataba de resolver situaciones que excedían lo estrictamente médico. Ese vínculo humano con las personas fue algo que me marcó profundamente.

—¿Ese modelo de médico de familia se fue perdiendo?

—En gran medida sí, aunque todavía existen profesionales que intentan sostenerlo. Lo que ocurre es que el sistema de salud cambió mucho y eso condiciona la práctica médica.

Hoy la medicina está atravesada por múltiples factores: la organización de los sistemas sanitarios, los costos, los tiempos de consulta, las estructuras institucionales. Todo eso modifica el vínculo entre el médico y el paciente.

Antes la consulta tenía otro ritmo. El médico conocía a la familia, sabía el contexto en el que vivía el paciente, comprendía mejor su realidad. Hoy muchas veces la consulta está limitada por el tiempo disponible o por la lógica de funcionamiento del sistema.

Y cuando esa relación se vuelve demasiado mecánica, se pierde algo esencial del acto médico.

—¿A qué se refiere cuando habla de ese aspecto humano?

—A la dimensión relacional de la medicina. El conocimiento científico es fundamental, por supuesto, pero el vínculo con el paciente también tiene un efecto terapéutico.

Hay un fenómeno muy interesante que se observa en los estudios clínicos: el efecto placebo. Cuando se evalúa un medicamento se comparan dos grupos de pacientes. Uno recibe la droga activa y el otro recibe placebo, es decir, una sustancia sin efecto farmacológico.

Sergio Saracco
Saracco: "El problema no es la sustancia, el problema es el vacío que tenemos como sociedad". | Foto: Ramiro Gómez / Los Andes

Saracco: "El problema no es la sustancia, el problema es el vacío que tenemos como sociedad". | Foto: Ramiro Gómez / Los Andes

Sin embargo, siempre hay un porcentaje significativo de pacientes que mejoran aun habiendo recibido placebo. ¿Por qué ocurre eso? Porque intervienen otros factores: la confianza, el acompañamiento, la expectativa de mejoría.

Cuando el médico explica, escucha y genera un vínculo de confianza, ese componente humano potencia el efecto del tratamiento. Por eso siempre digo que la medicina es una ciencia, pero también es un arte.

—Usted trabajó muchos años en emergencias y terapia intensiva. ¿Cómo fue ese recorrido?

—Comencé en áreas críticas del hospital, sobre todo en terapia intensiva y en servicios de emergencia. Es un ámbito muy exigente, pero también muy formativo porque uno se enfrenta a situaciones límite.

En la década del ochenta Mendoza estaba comenzando a organizar un sistema de emergencias prehospitalarias. En 1986 se creó el Servicio Coordinado de Emergencias y tuve la oportunidad de participar desde el inicio.

De hecho, me tocó hacer la primera guardia cuando el sistema comenzó a funcionar. Era un momento en el que prácticamente no existían protocolos. Tuvimos que desarrollar procedimientos, establecer formas de coordinación con los hospitales y definir criterios de actuación.

Fue una etapa muy intensa. Había que resolver problemas operativos todo el tiempo. Pero también fue muy enriquecedora porque permitió construir un sistema que con los años se consolidó y terminó siendo una referencia para otras provincias.

—¿Cómo surge su interés por la toxicología?

—A partir del trabajo cotidiano en las guardias. Allí empezábamos a ver cada vez más casos de intoxicaciones: por medicamentos, por sustancias químicas, por plaguicidas.

En aquel momento existía un sistema de consulta bastante limitado. Había un teléfono en el área forense donde se podían hacer algunas consultas, pero no alcanzaba para la demanda real.

Eso me llevó a interesarme por la toxicología como especialidad. Decidí formarme en el Hospital Posadas, en Buenos Aires, donde funciona el Centro Nacional de Toxicología.

Allí tuve la posibilidad de trabajar con profesionales muy importantes de la especialidad, como el doctor Osvaldo Curci, que además era médico forense de la Corte Suprema. Fue una experiencia muy valiosa para mi formación.

—¿Esa formación influyó en la creación del Centro Provincial de Toxicología?

—Sí, fue uno de los antecedentes. Con el tiempo entendimos que Mendoza necesitaba contar con un sistema propio de asesoramiento y respuesta frente a intoxicaciones.

El Centro Provincial de Toxicología comenzó a funcionar en el año 2000. La idea era ofrecer un servicio permanente de consulta tanto para profesionales de la salud como para la población.

Durante muchos años el funcionamiento fue bastante artesanal. Yo mismo atendía el teléfono de consultas las 24 horas. Literalmente las 24 horas. El teléfono me acompañaba a todos lados, incluso en vacaciones.

Era la única forma de garantizar que cualquier médico o cualquier persona pudiera recibir asesoramiento inmediato frente a una intoxicación.

—¿Qué tipo de consultas eran más frecuentes?

—Al principio predominaban las intoxicaciones accidentales, especialmente en niños pequeños. También había muchos casos vinculados a plaguicidas o a sustancias químicas utilizadas en el hogar o en actividades agrícolas. Con el tiempo empezaron a aparecer otros fenómenos. Por ejemplo, intoxicaciones por medicamentos mal utilizados o por combinaciones de fármacos. Y en los últimos años se ha hecho cada vez más evidente el impacto del consumo de sustancias psicoactivas.

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Saracco: "El problema no es la sustancia, el problema es el vacío que tenemos como sociedad". | Foto: Ramiro Gómez / Los Andes

Saracco: "El problema no es la sustancia, el problema es el vacío que tenemos como sociedad". | Foto: Ramiro Gómez / Los Andes

—¿Cómo describiría ese cambio?

—Diría que hoy las drogas se han vuelto un contaminante más de la vida cotidiana. Están presentes en distintos ámbitos sociales y en diferentes grupos de edad.

Esto no significa que antes no existiera el consumo, pero sí que el fenómeno ha adquirido una visibilidad y una extensión mucho mayores.

Además, muchas de estas sustancias tienen efectos muy potentes sobre el sistema nervioso y pueden generar dependencia con relativa rapidez.

—Usted suele explicar el fenómeno desde la neurobiología.

—Sí, porque es importante entender qué ocurre en el cerebro cuando se consumen estas sustancias.

Muchas drogas actúan sobre un neurotransmisor clave que es la dopamina. La dopamina está vinculada al sistema de recompensa del cerebro y participa en conductas fundamentales para la supervivencia, como comer, reproducirse o cuidar a los hijos.

Cuando una persona consume determinadas drogas se produce una liberación muy intensa de dopamina. Eso genera una sensación de placer muy fuerte.

El problema es que el cerebro primitivo queda condicionado a repetir esa experiencia. Es un mecanismo biológico muy poderoso.

—Sin embargo, usted plantea que el problema no es sólo biológico.

—Exactamente. La biología explica cómo funcionan las drogas, pero no explica por qué las personas sienten la necesidad de consumirlas.

Las drogas son herramientas químicas que pueden generar placer. Pero el verdadero interrogante es por qué cada vez más personas recurren a ellas para encontrar bienestar.

Y allí aparece una dimensión cultural.

—¿Qué quiere decir con eso?

—Que estamos frente a un fenómeno que tiene que ver con el modo en que vivimos como sociedad.

Durante mucho tiempo el ser humano encontró satisfacción en experiencias muy diversas: el arte, la música, el deporte, la naturaleza, el encuentro con otros.

Hoy muchas veces el encuentro social gira alrededor de la sustancia y no del vínculo. El consumo se vuelve el centro de la experiencia.

Por eso digo que el problema no es la sustancia en sí misma, sino el vacío que intentamos llenar con ella.

—También tuvo un paso por la gestión pública como ministro de Salud de Mendoza. ¿Cómo llegó a ese cargo?

—Llegué con un perfil técnico. En aquel momento varios ministros proveníamos de nuestras áreas profesionales y no necesariamente de la política partidaria. Siempre digo que para mí fue una experiencia de servicio. Algo así como el servicio militar: un período en el que uno pone su trabajo al servicio del Estado.

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Saracco: "El problema no es la sustancia, el problema es el vacío que tenemos como sociedad". | Foto: Ramiro Gómez / Los Andes

Saracco: "El problema no es la sustancia, el problema es el vacío que tenemos como sociedad". | Foto: Ramiro Gómez / Los Andes

—¿Qué desafíos encontró en esa función?

—La gestión pública es muy compleja porque implica tomar decisiones que afectan a grandes sectores de la población. Desde el Ministerio tratamos de fortalecer algunos aspectos del sistema de salud. Por ejemplo, ampliamos la red de centros de atención en adicciones. En ese momento había uno solo y logramos llevarlo a nueve. También trabajamos en mejorar equipamientos hospitalarios y en fortalecer ciertos servicios críticos.

—¿Por qué decidió dejar el cargo?

—Porque el costo familiar era muy alto. El ritmo de trabajo era extremadamente exigente.

Mi jornada comenzaba alrededor de las siete de la mañana y muchas veces terminaba cerca de la medianoche. Mis hijos eran chicos y prácticamente me veían por televisión.

Llegó un momento en que entendí que debía priorizar la vida familiar. Lo hablé con el gobernador y comprendió perfectamente la situación.

—Después de esa etapa volvió al trabajo académico.

—Sí. Siempre estuve muy vinculado a la docencia y a la investigación.

En la Universidad Nacional de Cuyo impulsamos el Observatorio de Problemáticas de Consumo, que se dedicó a estudiar hábitos de consumo en estudiantes secundarios y universitarios.

Ese tipo de investigaciones permite comprender mejor cómo evoluciona el fenómeno y diseñar estrategias de prevención más adecuadas.

—Hoy está cerca de la jubilación formal. ¿Cómo imagina el futuro?

—Seguramente seguiré trabajando en docencia e investigación. La medicina no es una actividad que uno abandone de un día para otro.

Me interesa especialmente seguir participando en la formación de nuevos profesionales.

—¿Han cambiado mucho los estudiantes?

—Sí, han cambiado bastante. Tienen otra relación con la información, con la tecnología y con el tiempo.

Eso obliga a replantear las formas de enseñanza. Hoy las clases expositivas tradicionales funcionan cada vez menos. Los estudiantes aprenden mejor a partir de casos, de problemas concretos, de la interacción.

También la tecnología está modificando la práctica médica. Hoy muchas consultas llegan por medios digitales y la telemedicina empieza a tener un papel cada vez más importante.

—Después de tantos años trabajando con intoxicaciones y consumos problemáticos, ¿qué reflexión le queda?

—Que el problema no es únicamente médico ni sanitario. Es un fenómeno mucho más amplio.

Las drogas liberan dopamina, pero también liberan dopamina muchas otras cosas: un paisaje, una experiencia artística, el contacto con la naturaleza, el encuentro con otras personas.

La pregunta que deberíamos hacernos como sociedad es por qué cada vez más personas necesitan recurrir a una sustancia para encontrar ese bienestar.

Porque, en definitiva, el problema no es la sustancia. El problema es el vacío que estamos tratando de llenar con ella.

El caso de los anestesiólogos y el riesgo de jugar al límite

El reciente episodio ocurrido en Buenos Aires, donde un grupo de anestesiólogos fue vinculado al consumo recreativo de propofol y fentanilo, dejó al descubierto una situación que preocupa a los especialistas. Para el toxicólogo Carlos Saracco, el hecho genera sobre todo una sensación: tristeza.

“Es triste porque pone en evidencia algo que venimos viendo desde hace mucho tiempo: el intento de llenar químicamente un vacío que tenemos como sociedad”, explica.

El caso resulta especialmente inquietante porque involucra a profesionales altamente capacitados. Los anestesiólogos conocen con precisión los efectos y riesgos de estas sustancias, que sólo deben utilizarse en ámbitos de estricto control médico, como quirófanos o terapias intensivas.

El propofol y el fentanilo son potentes depresores del sistema nervioso central. Se utilizan para inducir sedación o anestesia en procedimientos médicos, pero requieren monitoreo permanente porque pueden disminuir la frecuencia cardíaca, la respiración y la presión arterial, con riesgo de paro respiratorio.

Para Saracco, que profesionales formados se expongan voluntariamente a ese riesgo muestra hasta qué punto la búsqueda de placer inmediato puede imponerse incluso sobre el conocimiento.

“El problema no es la sustancia. El problema es qué nos está pasando como sociedad para que necesitemos encontrar la felicidad en una cápsula”, sostiene.

Ping pong

-¿Un libro? Algo simple, de pequeño: El principito.

-¿Una música? Los temas de Virus. La música nacional, en general.

-¿Una vestimenta? Jean y camisa.

-¿Un lugar donde vivir, que no sea Mendoza? El Alto Valle del Río Negro

-Si no fuera médico, ¿qué sería? Todo lo relacionado con manualidades. Instalé todo el sistema eléctrico de mi casa, por ejemplo.

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