San Martín, más allá del héroe: el niño que jugaba, bebía tereré y se alistaba en el Ejército a los 11 años

A 246 años del nacimiento, casi no existen registros de la infancia de José de San Martín en Yapeyú. No obstante, historiadores lo describen como un niño lleno de inquietudes que, con los años, lo llevaron a ser buen jinete, conocedor de idiomas y un fanático del ajedrez y de la filosofía.

San Martín, más allá del héroe: el niño que jugaba, bebía tereré y se alistaba en el Ejército a los 11 años
Retrato de José de San Martín cuando era niño

Cuesta imaginar al padre de la Patria, al libertador, al héroe argentino y, posiblemente, a la figura argentina de mayor relevancia, siendo apenas un niño. Sin embargo, alguna vez José Francisco de San Martín y Matorras también tuvo cuatro, cinco o seis años.

“Cholito”, como le decían sus padres, inmigrantes de la Tierra Madre que se habían casado por correspondencia, era un niño vivaz e inteligente que jugaba, tenía amigos, hermanos, sentía miedo y crecía entre los tábanos y camalotes de la Mesopotamia argentina.

Pocas veces se hace hincapié en la infancia o en los últimos días de los hombres y mujeres que formaron la Patria, como es el caso de esta trascendente figura que hoy, 25 de febrero, celebraría su natalicio.

Así lo sostuvo, en diálogo con Los Andes, Gustavo Capone, historiador, escritor y docente, quien mencionó que suele estudiarse a un San Martín apuesto, joven, de entre 40 y 50 años, activo, culto, comprometido y relacionado políticamente con las grandes casas imperiales y las nuevas ideas.

Pero San Martín fue mucho más, señala Capone, quien recuerda que nació en Yapeyú en el seno de una familia numerosa, lo apodaban “Cholo” por el color de su piel, trigueña, más bien oscura, tenía nariz aguileña y no una gran estatura. “Es una falacia de la historia describirlo de tez blanca y alto”, indica.

Desde muy pequeño era un buen bailarín, sobre todo del vals, que con los años logró conocer distintos idiomas y dialectos nativos. Su curiosidad desde temprana edad lo convirtieron en gran jinete, ajedrecista, esgrimista y apasionado por la filosofía.

“Todo eso lo hacía un niño con una madurez especial; un seductor desde muy corta edad”, dice Capone. “Debido a que no abundan los datos, la geografía nos sirve para contextualizar, así como también los usos y costumbres de la época. El caso de San Martín es muy particular, tuvo una vida nómade; nació en un lugar, de muy chico se fue a Buenos Aires fue cambiando de ciudades, se subió a un barco, lo metieron pupilo en un colegio, se formó para militar y a los 11 y 12 años estaba en la guerra, algo muy loco de pensar en estos tiempos. Pero hay registros”, advierte el especialista.

Efectivamente, en abril de 1784, cuando tenía seis años, llegó con su familia a la ciudad española de Cádiz ―previa estadía en Buenos Aires― y se radicó luego en la ciudad de Málaga para luego iniciar su carrera militar.

Pero mucho antes, durante su infancia en Yapeyú, relata, José Francisco corría descalzo, cortaba ramas de ñandubay entre arroyos y carpinchos, saltaba, brincaba y trepaba. Se caía de una higuera, lloraba, se reía y le tiraba piedras a un camalote, siembre bajo la mirada de su mamá, Gregoria Matorras del Ser, que solía ofrecerle tereré en las tardes cálidas y húmedas de esa zona.

En 1778 Yapeyú era una “reducción”, es decir, una concentración de nativos que había sido fundada en 1627 por los jesuitas con el nombre de “Nuestra Señora de los Santos Reyes Magos de Yapeyú”. Era un centro agropecuario-ganadero, productor de algodón y tabaco en la amplia zona que comprendieron las misiones jesuitas.

“Siempre me intrigó esa faceta infantil que quedó oculta y eclipsada por el hombre gigante que permanentemente fue. La historia solo profundiza en un período determinado, por eso el resto debe inferirse”, recalca, mientras agrega que, al poco tiempo de haber llegado al mundo dejó su lugar de nacimiento en esa cálida Mesopotamia y cambió de hábitat. Se mudó a Buenos Aires, abordó un barco, ingresó a una escuela con perfil de seminario, se hizo cadete militar y comenzó a prepararse para lo que fue.

“Sin amigos de la esquina, como solemos decir, ni barrio identificativo. Fue, la de San Martín, una infancia prácticamente inexistente, trotando mundos y surcando mares”, define el historiador.

El “Cholito” era el hijo que menos dolores de cabeza le había ocasionado en la crianza de todos sus hijos a doña Gregoria. “San Martín pasó de esa selva correntina a las incipientes luces de Buenos Aires de golpe y porrazo. Desde la porteña casa sobre la actual calle Piedras pasó a emprender el viaje en la fragata Santa Balbina a tierras europeas donde revoluciones y chimeneas lo recibirán en España para llevarlo a la guerra contra los moros en el norte de África”, sostiene.

Para entonces, continúa, cuando algunos a la edad de San Martín empezaban el colegio secundario, él llegaría hasta Argelia tras ser convocado para defender la plaza de Orán con el Regimiento de Infantería de Línea Murcia, escuadrón “El Leal”.

Ahí, a pesar de su corta edad, se hizo “granadero” y tuvo la misión de desactivar minas y granadas que el ejército moro había colocado para volar los muros del fuerte español.

Sanmartiniano desde que tiene uso de razón y residente en Rosario, el escritor Ariel Pérez advirtió a Los Andes que no hay demasiados registros de la infancia del general.

“Tal vez sea la parte menos emocionante de su vida”, deslizó.

Un concepto diferente de infancia

Por su parte, la historiadora mendocina del Conicet y de la UNCuyo Beatriz Bragoni, autora del libro “San Martín, de soldado del rey a héroe nacional” (Sudamericana 2010) coincidió en que no existen prácticamente testimonios de esa época y advirtió: “Además, el concepto de infancia en esa época era distinto al actual”.

“José Francisco era muy pequeño cuando su familia abandonó América. Su padre y su madre usaron sus ahorros para que los varones hicieran carrera militar y la única hija mujer también se casó con un militar. Era muy pequeño cuando fue enrolado al regimiento. La familia vivía del salario o pensiones militares y la inversión para la educación de sus hijos también les había exigido vender, en 1791, las dos propiedades urbanas que había adquirido durante su breve estancia en la ciudad de Buenos Aires”, repasa.

En uno de sus capítulos, Bragoni detalla que en 1789, cuando José aún era un niño --recién había cumplido 14 años-- la guerra lo había conducido al norte de África donde tuvo su bautismo de fuego en la batalla de Orán y, tres años después, su regimiento fue destinado a los Pirineos para apoyar el ejército de Aragón en ayuda de los contrarrevolucionarios franceses.

Capone cierra: “Luego llegó todo lo que conocemos de esta gran historia: Los granaderos criollos, San Lorenzo, Cabral, el soldado heroico, Mendoza, Los Andes, Chile, Perú. El exilio. En síntesis, la vida de un raso cadete que llegó a general”.

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