Proyecto "Travo": las transmasculinidades de Mendoza buscan hacerse visibles
Con el cuerpo como bandera y la imagen como estandarte, salen a la calle para marcar su existencia. Un nuevo concepto con el que el colectivo define su identidad.
“Proyecto Travo": un espacio para hacer visible la diversidad de género en Mendoza. | Fotos: gentileza
Aquí estamos, esto somos en toda nuestra diversidad. Es lo que grita la iniciativa “Proyecto Travo", que se presentó recientemente en Mendoza. Se trata de un espacio en el que confluyen personas del colectivo que se denomina de las transmasuclindades, varones trans(cuyo sexo de nacimiento fue femenino).
Ser reconocidos y reconocerse son las motivaciones para quienes sienten que, de algún modo, están invisibilizados dentro de la sociedad, y más, en una tan tradicional como la mendocina. Es que, según explican, hay un gran desconocimiento sobre su identidad y realidad y es parte de lo que los moviliza a hacerse visibles, quizás buscando una inclusión que no siempre llega.
Entre otras cosas, cuentan que aún hoy, hay obras sociales que se niegan a aceptarlos y quedan desprotegidos. También reconocen que hay mucho desconocimiento sobre los tratamientos a los que se puede acceder para lograr sentirse cómodos con su cuerpo, una alternativa reconocida como derecho por la legislación nacional.
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Pero fundamentalmente, si hay algo que según aseguran define la esencia del grupo es el concepto de “travo”, una expresión que según describen tiene connotaciones particulares y diferentes a otras conocidas. Aunque claro, también hay que decir que el abanico de la diversidad sexual es enorme, diverso y etiquetar quizás no sea lo ideal. Aunque el habla lo requiere y en este caso, reúne, y por eso se abrazan al concepto.
La diversidad gana espacios
La calle, las redes sociales, la fotografía y espacios donde hay inquietudes al respecto son los entornos en los que se mueven. De algún modo, la intención también es acompañarse en los procesos que transitan y ese encuentro con pares es lo que celebran los participantes.
“La resistencia de los travos aprendió mucho de la lucha travesti que en su sangre derramada legalizaron nuestra identidad. Yo cuando empecé a llamarme travo sentí que había encontrado la etiqueta precisa. Que la furia travesti y las drag queens fueron mi primera disrupción de género. Cuando no existía ser nb ni el concepto nos llamamos andróginos. Los cambios se suceden, tenemos que entrelazarnos”, sostiene un usuario en una de sus redes.
“Resistencia siempre, estas cosas abrazan mi corazón no binarie”, asegura otro.
La iniciativa fue motorizada por Simón Olmedo, quien tiene 26 años y comenzó su transición hace una década. “Básicamente en ese entonces empecé mi transición para el afuera, por así decirle, a los diecisiete años, aproximadamente por el 2017”, recordó.
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Ahora se dedica a la fotografía, y gran parte de la esencia del proyecto es justamente la imagen: mostrar quienes son, lo que transitan, su diversidad. Esto a través de una campaña con imágenes callejeras que lanzaron en noviembre, para que la gente conozca el colectivo. La otra pata es un archivo fotográfico por el que se apunta a recopilar las diversidades, cuerpos, edades, formas, que conforman el colectivo.
“Travo”, una identidad política
Lejos de ser solo una palabra, travo condensa una posición frente al mundo. “Viene de transmasculinidad, no solo de hombre trans. Hay personas no binarias transmasculinas que se autoperciben travos”, explica Simón. “Me gusta más que transmasculinidad porque tiene otra lucha, otra calle, otro territorio. Es apropiarse de algo que fue un insulto y sacarlo de lo binario”.
Y, sobre todo, afirma: “Yo no quiero ocultar que soy trans. Lo digo y lo lucho porque parte de mi militancia es la visibilización. Si no lo decimos, no nos nombramos”.
Proyecto Travo irrumpe como un gesto político y colectivo: ocupar el espacio, dejar huella y decir, sin rodeos, que las transmasculinidades existen.
La propuesta se presentó públicamente en el marco de la Marcha del Orgullo, en noviembre pasado, cuando un grupo decidió salir a “pegatinear” por el microcentro mendocino imágenes que interpelan: torsos con cicatrices de mastectomía, vendas, binders y cuerpos diversos que rompen con el estereotipo binario de la masculinidad. Esa campaña fue el punto de partida de un objetivo que busca algo más profundo: hacerse visibles en el espacio público y para los otros.
Simón explica que la necesidad de mostrarse nace de una ausencia que marcó su propia historia. “Cuando era más chico y estaba descubriendo quién soy, no conocía otro hombre trans, no había visto en la tele, no había visto en los medios, como que lo que sentía era que no había una representatividad”, recuerda. Recién con los años pudo ponerle nombre a eso que sentía: primero el no binarismo, luego la transmasculinidad y finalmente una palabra que hoy reivindica como propia: travo. Es un concepto que consideran distinto de otros precedentes y que sienten que define mejor su identidad y su sentir.
“Yo había escuchado ‘traba’ desde un lugar peyorativo. La palabra ‘travo’ no la había escuchado, pero hablando con otros compañeros había en eso algo más territorial, algo de apropiarnos de una palabra que lleva toda una lucha”, cuenta. Esa reapropiación es parte del núcleo político del proyecto.
El cuerpo como bandera de la diversidad
Simón inició su transición a los 17 años. “Empecé mi transición para el afuera, por así decirle, en 2017”, relata. Desde entonces atravesó un camino marcado por cambios físicos, búsquedas identitarias y también quizás por cierta soledad que genera no verse reflejado en otros. “Hasta ahora no conozco ninguna transmasculinidad que esté habitando la vejez. La mayoría tenemos treinta años o menos. Entonces buscamos construir esa representación que no tuvimos”, explica.
Esa falta de referentes se vuelve más evidente en situaciones cotidianas y pone de manifiesto el desconocimiento del resto de la sociedad. Ir a la playa con una cicatriz de mastectomía, caminar por una ciudad donde los cuerpos transmasculinos siguen siendo una rareza, o enfrentar las miradas ajenas. “Cuando fui a la playa por primera vez con la cicatriz, la gente se quedaba mirando porque no sabían qué era, nunca había visto algo así”, recuerda. Y agrega: “Me pasó muchas veces sentirme observado”.
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Las imágenes del Proyecto Travo buscan poner en primer plano esas experiencias. En los afiches aparecen distintos métodos para masculinizar el tórax: vendas de fisioterapia, corpiños deportivos, binders y cicatrices. “Queremos mostrar que existimos y que los cuerpos son muchos y muy distintos entre sí”, resume Simón, y que desde esa diversidad pueden reunirse en un colectivo que es un apoyo necesario.
Un archivo de cuerpos diversos
Además de la intervención urbana, el proyecto apunta a construir un archivo fotográfico de transmasculinidades mendocinas. “Queremos que varones trans, masculinidades o travos que quieran ser fotografiados puedan formar parte de un archivo de existencia”, explica.
La idea se inspira en el Archivo de la Memoria Trans Argentina, un proyecto pionero que reúne imágenes de mujeres trans de las décadas del 90 y 2000. “Yo veía a las chicas, pero no había ninguna transmasculinidad. Era otra época, fueron pioneras, pero sentíamos que faltaba algo nuestro”, señala.
La iniciativa también tiene un fuerte anclaje social: en las próximas semanas, el Proyecto Travo llegará al penal de Almafuerte para dialogar con personas trans en situación de encierro. “Queremos hablar con quienes están en el penal de mujeres, saber cómo están, cómo se sienten. Sabemos que algunos quieren empezar con su proceso de transición con hormonas y también participar del archivo”, cuenta Simón.
El acceso a la salud, una deuda saldada a medias
Uno de los ejes más urgentes que atraviesa a las transmasculinidades es el acceso a la salud. Aunque la Ley de Identidad de Género garantiza tratamientos hormonales y cirugías, en la práctica aparecen obstáculos. “Las hormonas están cubiertas por la Ley 26.743, las instituciones públicas y privadas tienen que cubrir la terapia hormonal y las cirugías, como mastectomías o faloplastias”, explica Simón. Sin embargo, cuesta.
“Dos obras sociales no me quisieron aceptar, yo tengo el DNI rectificado pero en lo administrativo a veces salta el otro nombre; otra me dio de baja cuando pedí las hormonas”, relata. En el sistema público es donde reciben mayor respuesta, sin embargo, allí para lograr una mastectomía, Simon dijo que puede llegar a haber una demora de dos años. “Eso afecta mucho la salud mental. Tener que usar binder, sobre todo en verano, es muy duro”, advierte.