Ubicado frente a la Basílica del Pilar, este gigante árbol ha sido testigo silencioso de la transformación de Buenos Aires desde la época virreinal. Con una edad estimada de 244 años, el gomero de la Recoleta supera en longevidad a la mayoría de los edificios que lo rodean en la actualidad.
Su historia comenzó cuando la zona era apenas una chacra rural propiedad de la familia Altoaguirre. A diferencia del paisaje de cemento actual, este espécimen creció en un entorno de campo abierto antes de que las avenidas y el trazado moderno de la ciudad lo dejaran cercado por el asfalto.
El origen colonial y el arte que evita su caída
El crecimiento desmedido de sus ramas, que alcanzan los 30 metros de largo y un metro de grosor, puso en riesgo la integridad del árbol debido al peso propio de la madera que amenazaba con desgajarlo. Por esta razón, en 2014 se instaló la escultura "Atlas", una figura de autopartes creada por el artista uruguayo Joaquín Arbiza Brianza que funciona como puntal mecánico. Esta intervención de dos metros de altura permite que el ejemplar mantenga su estructura equilibrada sin que las ramificaciones colapsen por la fuerza de gravedad.
¿Cómo es botánicamente el gomero de la Recoleta?
Botánicamente, este Ficus macrophylla es una rareza de 18 metros de altura con un tronco de siete metros de diámetro. Sus hojas son verdes oscuras por arriba y rojizas en el envés, una característica de la familia de las moráceas que se complementa con flores diclino-monoicas agrupadas en inflorescencias amarillo blanquecinas.
Durante el verano y el otoño, el árbol produce pequeños frutos de color purpúreo conocidos como siconos. A pesar de estar rodeado de bares emblemáticos y el movimiento constante del turismo, este organismo vivo sigue expandiéndose como un puente natural entre el pasado rural de 1781 y la metrópoli contemporánea.