2 de julio de 2026 - 11:03

Muger, jeneral, salvage... así se escribía en Mendoza en el Siglo XIX

Un recorrido por los primeros ejemplares de Los Andes revela cómo palabras que hoy serían consideradas errores ortográficos formaban parte de la norma del español de fines del siglo XIX y reflejan la constante evolución del idioma.

En los comienzos del diario Los Andes, en la segunda mitad del siglo XIX, entre los ejemplares de grandes dimensiones y letra pequeñísima, aparecen repetidas las palabras muger, estranjero, estraño. No son un error de impresión, sino una muestra del español en pleno uso de la época. Palabras que hoy son errores de ortografía, en ese entonces eran la norma.

Hoy, como estudiante de Letras de la UNCuyo y practicante en el proyecto Los Andes Siempre, leer estos tomos es —además de encontrarse con la historia de Mendoza y del mundo— ver de primera mano la escritura, la gramática y la sintaxis de una lengua en construcción. Esta construcción habla por sí misma de la sociedad de la época y sobre “cómo se debe escribir”. Porque, ¿quién decide lo que está bien escrito?

En la sintaxis más pura, esas palabras son el español “correcto’’, la muestra de los cambios de un lenguaje hablado y escrito que hoy continúa vivo y en evolución. Cuando escuchamos a una persona, generalmente de sectores populares, decir «haiga» en vez de «haya» no deberíamos ver el error en sí, sino entender la lógica del hablante. Incluso podría pensarse que esa es la forma correcta o coherente, porque nace de la asimilación del sonido de palabras que ya conoce, como «caiga» o «traiga», del conocimiento intuitivo de la gramática de su lengua nativa.

Estos cambios no son un fenómeno nuevo, pasó con el latín clásico de la iglesia, opuesto al vulgar que surgía en las calles de Roma, que terminó por transformarse en las lenguas romance; luego con el español que llegó a América y volvió a cambiar. El español rioplatense que hablamos hoy no es sino una “deformidad”, una transformación natural del latín a través de siglos de adaptación de sociedades hablando y comunicándose como podían.

Los tomos de Los Andes son un archivo histórico de ese proceso, reflejo de una lengua que la Real Academia intentaba unificar desde España, pero encontraba las propuestas de Andrés Bello en América Latina, con una ortografía propia basada en la pronunciación, no en lo que mandaba España: jeneral, estraño, muger, gefe y salvage. Todos estos ejemplos los tomé de entre las páginas de Los Andes, siempre huella de una posición frente al debate. Sin embargo, en esa época estas ideas ya estaban perdiendo fuerza, desplazadas frente a la unificación de la RAE para parecer culto y actualizado; me atrevo a decir que ganó el prestigio en vez de la lógica.

La lengua en los archivos no es uniforme, conviven distintos registros en una misma página y quizá no era casualidad quién usaba cada uno. Uno más institucional se lee en el artículo ‘Reformas de la Constitución’ de 1897, donde pide facilitar la naturalización de los extranjeros. El de la prosa adornada de los folletines traducidos y de la redacción, con palabras en itálica sin traducir: cocottes, veloutine; exhibidas como una muestrade clase. El de los avisos clasificados —intuyo sin corrección— donde el agrónomo estrangero se ofrece como administrador, alguien pide una mucama que "se prefiere sea estrangera y que sepa bien su oficio”, el que ofrece pasto-pasto-pasto, la “ama de leche nueva, se ofrece una” sin nombre propio.

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La norma ortográfica avanzaba dispareja y en convivencia con las otras formas de escribir una misma palabra. Muestra de ello es el principio de una nota de fines de 1895 en referencia a una publicada el día anterior:

UNA ESPLICACION

Acerca del jefe de policía

Bajo el epígrafe: Juicio Criminal contra el Gefe de Policía (...)

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De muger a mujer y la lengua viva

El artículo publicado en el año XI desde la creación del diario, titulado “Educación de la muger", con una sintaxis impecable y un tono autoritario sugiere obediencia: "no podemos ir en contra de la sábia naturaleza: la muger ha sido creada para el hogar; el hombre para formarlo y dirigirlo”, que a la muger “jamás podráse obligarla á cumplir los mismos deberes, ni á ejercitar, por lo tanto, idènticos derechos" que un hombre; no hay lugar para la duda gramatical cuando lo que se escribe es una orden.

Años después, en enero de 1901, aparece otro artículo, ya titulado "Educación de la mujer” donde el cambio no solo se evidencia en la forma de escribir, sino en la mirada hacia la población femenina. Ya no se trata de saber estar al servicio del hombre, sino de educarse para “ganarse con facilidad su subsistencia diaria y actuar de un modo eficiente en la sociedad", y aunque aún está lejos de la mirada actual, reconoce que “la mujer presta servicios tan buenos ó superiores á los que prestan los mismos hombres”.

Volviendo a las ideas de Bello, no quiero dejar de lado a Sarmiento y la tensión que existía entre ambos respecto a la forma de escribir el español en América. Aunque compartían la idea de que las palabras debían escribirse como se pronunciaban, no coincidían en los límites de estas reformas.

Esa tensión sigue vigente aún, aunque los siglos hayan cambiado. Hoy hablamos de stalkear, ghostear, omg, random —entre otras palabras tomadas del inglés—, de los llamados villerismos, que, aunque gusten más o menos, forman parte de la evolución y del habla cotidiana. Similar ocurrió con el lunfardo de fines del siglo XIX, propio de los inmigrantes y sectores populares, despreciado por la clase alta y asociado a la marginalidad. Sin embargo, muchas de esas formas de hablar se terminaron amalgamando al español rioplatense. Hoy, suele despertar cierta nostalgia esa manera de hablar: la típica tonada italiana que se escuchaba en el Río de la Plata. Deja ver que lo que hablamos hoy es la deformidad de ayer, que fue también la deformidad de antes.

El español que aparece en Los Andes del siglo XIX no es incorrecto, es la muestra aún viva de que la lengua evoluciona, de que no nos es ajena. Nos recuerda que la norma de hoy no es un hecho puramente natural, sino una construcción histórica y una forma de entender a la sociedad de la que es contemporánea.

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