Marcelo, el afilador mendocino que lleva 37 años en una actividad que heredó de su padre y su abuelo

Carlos Marcelo Clavería, afilador de cuchillos y visitante barrial. Foto: Claudio Gutiérrez / Los Andes
Carlos Marcelo Clavería, afilador de cuchillos y visitante barrial. Foto: Claudio Gutiérrez / Los Andes

Tiene más de 500 clientes. Empezó a afilar siendo un adolescente y dice que el secreto es la pasión y la honestidad. Y aclara que algunos trabajadores engañan a la gente. “Hay que denunciarlos”, señala.

Después de muchísimos kilómetros recorridos a pedal con su máquina afiladora, Carlos Marcelo Clavería, más conocido como Marcelo, mendocino de pura cepa, a esta altura tiene en claro todos los secretos del oficio: cómo sumar clientes, las mejores zonas y también el viejo truco que algunos colegas practican para obtener más réditos.

Como sea, él tiene más de 500 clientes, entre algunos fijos que lo llaman cada 15 días; los ocasionales y los que visita de vez en cuando. La cifra no es casual, porque trabaja con pasión y responsabilidad, según dice.

Carlos Marcelo Clavería, afilador que lleva 37 años en el rubro - Claudio Gutiérrez /
Carlos Marcelo Clavería, afilador que lleva 37 años en el rubro - Claudio Gutiérrez /

A los 53, nieto, hijo y hermano de afiladores, heredó el oficio de la cuna y espera que siga pasando de generación en generación.

Claro que Dios le dio una sola hija mujer, por lo que apuesta todas sus fichas a su nieto mayor, Alexis, quien ya piensa en continuar con la tradición familiar.

El oficio que resiste - Foto: Claudio Gutiérrez
El oficio que resiste - Foto: Claudio Gutiérrez

“Es cierto, algunos afiladores están mal vistos y no me incluyo porque la viveza criolla no es lo mío”, advierte, al reconocer los muchos trabajadores de Buenos Aires y otras provincias que acuerdan un precio y terminan cobrando otro muy superior.

“Es un viejo truco, el cliente pregunta cuánto cuesta poner a punto un cuchillo, le dicen 100 pesos y luego aclaran que han dicho 1.000”, ejemplifica, para agregar: “Aconsejo a quienes pasaron por esto que estén atentos, los denuncien y no les paguen”.

Nacido en Las Heras, Marcelo vive en Guaymallén, pero su zona de trabajo es muy amplia y tiene una movilidad en cada uno de sus tres sectores principales.

Es que, cuando su papá falleció, heredó su bicicleta y también la de su tío.

“En Rivadavia tengo una y en San Martín otra, que me guardan los clientes, además de la mía, que es itinerante. Siempre trabajé muy bien y puedo sobrevivir, pero insisto, lo hago hasta los feriados”, aclara.

Máquinas cortadoras de fiambres -trabaja con comercios de toda la vida-, cuchillos, tijeras, alicates...

Marcelo se moviliza con una bicicleta heredada. Foto: Claudio Gutiérrez / Los Andes
Marcelo se moviliza con una bicicleta heredada. Foto: Claudio Gutiérrez / Los Andes

“El valor de cada pieza menor oscila los 250 pesos, pero en Buenos Aires es más caro”, compara, para señalar que el “llamador” que nunca falla es su viejo silbato.

“¿Anécdotas? Montones. Con mi primo hemos recorrido muchísimos lugares y nos hemos divertido a lo grande mientras trabajábamos”, evoca.

Comenzó en los años 90 y hasta hoy trabajó ininterrumpidamente. Algunas temporadas suele trasladarse a Entre Ríos, donde tiene familia. Eso sí, antes de la recorrida debe identificarse en la Policía.

“Porque las avivadas son muy comunes. Me parece bien”, admite.

Lleva 37 años bordo de su bicicleta, su indispensable herramienta de trabajo y también lo que le permite mantenerse en forma. A esta altura, concluye, sonriente, afilar es una forma de vida.

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