La noche del lunes 29 de junio volvió a iluminar distintos rincones de Mendoza con una tradición que, pese al paso del tiempo y a los cambios culturales, continúa viva en muchas comunidades: las fogatas de San Pedro y San Pablo.
En plazas, fincas y parroquias de distintos puntos de Mendoza volvieron a encenderse las fogatas de San Pedro y San Pablo. La celebración, que combina antiguas costumbres populares con un profundo sentido religioso, convocó a cientos de familias que encontraron en el fuego un símbolo de encuentro, renovación y esperanza.
La noche del lunes 29 de junio volvió a iluminar distintos rincones de Mendoza con una tradición que, pese al paso del tiempo y a los cambios culturales, continúa viva en muchas comunidades: las fogatas de San Pedro y San Pablo.
En plazas, barrios, iglesias y fincas rurales, vecinos de todas las edades se reunieron alrededor del fuego para compartir una de esas celebraciones heredadas de abuelos y bisabuelos, donde conviven la memoria familiar, la identidad de los pueblos y la espiritualidad.
Aunque durante décadas muchas de estas reuniones fueron desapareciendo en las grandes ciudades, en el interior provincial todavía existen grupos y comunidades que trabajan para mantenerlas vivas, resignificando su sentido para las nuevas generaciones.
Uno de los encuentros más convocantes se realizó en la parroquia San Pedro y San Pablo, del barrio San Pedro de San Martín, la única de Mendoza que tiene como patronos a ambos santos.
Su párroco, el sacerdote Leonardo Di Carlo, destacó la masiva participación de fieles.
"Fue una fiesta preciosa. Calculamos que participaron unas 1.200 personas, muchas llegadas desde distintos puntos de la provincia", señaló.
El sacerdote explicó que durante los últimos años la celebración fue adquiriendo un profundo sentido de evangelización. "La gran fogata sigue siendo el centro de la noche, pero buscamos darle un verdadero significado de conversión", señaló.
Para ello, el tradicional muñeco que se consume entre las llamas representa aquello que cada persona desea dejar atrás. Además, los asistentes escriben en pequeños papeles aspectos de sus vidas que necesitan transformar y los arrojan al fuego como un gesto simbólico.
"El fuego quema, purifica y transforma al hombre viejo en un hombre nuevo. Es un signo de esperanza y de la gracia que le pedimos a Dios", expresó Di Carlo.
La celebración concluyó con chocolate caliente y sopaipillas compartidas entre todos los presentes, reforzando el carácter comunitario de la noche.
La solemnidad del 29 de junio recuerda a dos de las figuras más importantes del cristianismo.
San Pedro, considerado el primer Papa, simboliza la unidad y la firmeza de la fe. Según la tradición, recibió de Cristo las llaves del Reino de los Cielos.
San Pablo, por su parte, representa la conversión y la misión evangelizadora. Tras su célebre cambio de vida, dedicó el resto de su existencia a difundir el mensaje cristiano por gran parte del mundo conocido.
No casualmente, ambas imágenes ocupan un lugar destacado en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano: Pedro sostiene las llaves y Pablo aparece con una espada, símbolo de la fuerza de la Palabra.
Sin embargo, la tradición de encender grandes fogatas es mucho más antigua que la propia celebración religiosa.
Mucho antes del cristianismo, diversos pueblos europeos realizaban ceremonias alrededor del fuego para acompañar los cambios de estación.
En esas culturas, las llamas representaban la purificación, el renacimiento y la protección frente al nuevo ciclo que comenzaba.
Con la expansión del cristianismo, la Iglesia incorporó muchas de esas costumbres populares, otorgándoles un nuevo significado espiritual y asociándolas primero a San Juan Bautista y luego a San Pedro y San Pablo.
Así, el fuego pasó a simbolizar también la luz de Cristo, la renovación interior y la esperanza.
Otra de las grandes fogatas se realizó en una histórica finca de Montecaseros, propiedad de la familia de José "Pipo" Álvarez, donde una vez más la comunidad volvió a reunirse alrededor del fuego.
Entre los presentes estuvo el vecino Oscar Sívori, reconocido defensor de las tradiciones populares y, solo accidentalmente en este caso, también jefe de fiscales de la Tercera Circunscripción Judicial.
Para él, cada fogata representa un viaje directo a la infancia.
"Mi mamá, Porota, siempre decía que había que hacer primero el fuego de San Juan y después el de San Pedro y San Pablo para hacerle acordar al sol que tenía que volver", recordó.
Aquella explicación, transmitida de generación en generación, tenía incluso una observación astronómica.
"Desde estos días empiezan a alargarse las jornadas. Mi vieja decía que el día se estiraba 'el tranco de un gallo'. Ellos hacían una marca en la pared y así iban viendo cómo crecían los días."
Sívori también relaciona la fecha con otro momento fundamental del calendario tradicional.
"Faltan treinta días para la Pachamama, cuando comienza el año agrícola. Entonces este fuego sirve para dejar todo lo viejo y prepararse para una buena cosecha."
Y concluye con una reflexión que resume el espíritu de la ceremonia:
"Hay muchas cosas para dejar de arrastrar y prepararse para todo lo que la vida nos depara."
Uno de los elementos más característicos de estas celebraciones es el muñeco que termina consumido por las llamas.
Contrariamente a lo que muchas personas creen, nunca representa a San Pedro ni a San Pablo.
Tradicionalmente simboliza todo aquello que la comunidad desea abandonar: errores, tristezas, conflictos, malas acciones o viejas cargas.
Su quema expresa el deseo colectivo de comenzar una nueva etapa con esperanza, reconciliación y renovación.
Para generaciones de mendocinos, especialmente en las zonas rurales, la noche de San Pedro y San Pablo nunca fue solamente un rito religioso.
Era una ocasión para reunirse en familia, compartir mate, chocolate o sopaipillas, cocinar papas o batatas entre las brasas, contar historias a los más chicos y fortalecer el sentido de pertenencia.
En tiempos donde muchas tradiciones populares se van perdiendo, las fogatas que volvieron a encenderse este lunes demostraron que todavía existen comunidades decididas a mantener viva una costumbre que une la fe, la memoria y la identidad cultural.
Porque, al final, alrededor del fuego siguen encontrándose las mismas tres cosas que hace generaciones: las familias, los recuerdos y la esperanza de que, después del invierno, siempre vuelve la luz.