La camiseta del Atlético Mineiro en la cumbre, la Copa Libertadores y una cábala que empezó en el Aconcagua
Durante una expedición al Aconcagua, el guía Fernando Colobini asistió a una turista brasileña que sufrió un episodio médico en plena travesía hacia Plaza de Mulas. El hecho alteró el curso de la marcha y dio origen a una relación que, con los años, unió rescates en altura, promesas cumplidas en la cumbre y charlas con Lionel Messi.
Fernando Colobini en la cumbre del Aconcagua, con la camiseta del Atlético Mineiro.
Las expediciones al Aconcagua suelen comenzar de manera ordenada. Los grupos llegan a Penitentes, revisan equipo, ajustan mochilas y pasan la primera noche antes de ingresar al Parque Provincial. A fines de 2012, Fernando Colobini estaba al frente de una expedición de siete clientes que planeaban avanzar por la ruta normal, con el esquema habitual de aclimatación y campamentos.
Esa primera noche, mientras el grupo se acomodaba en el hotel, recibió un aviso desde la empresa. Le informaron que una pareja de brasileños llegaría para realizar un trekking hasta Plaza de Mulas. No formarían parte de su grupo: tenían asignado otro guía que subiría al día siguiente para encontrarse con ellos en la entrada del parque. El pedido fue concreto: que los recibiera para que no quedaran solos.
Colobini aceptó. La pareja venía desde Belo Horizonte. Se llamaban Luis y Fernanda. No tenían experiencia previa en montaña y su objetivo era conocer el entorno del Aconcagua, sin intentar la cumbre. Para facilitar la integración, el guía los invitó a compartir la mesa con su grupo durante la cena.
La conversación comenzó con lo habitual: el viaje, las expectativas, el clima. En poco tiempo derivó hacia el fútbol, un tema recurrente para Colobini. Luis respondió de manera breve, sin demasiados detalles. Recién con el correr de la charla, y cuando la confianza ya estaba instalada, Fernanda explicó el motivo de cierta reserva: su esposo trabajaba como preparador físico del Atlético Mineiro.
En ese momento, el club brasileño contaba con un plantel de alcance internacional. Ronaldinho formaba parte del equipo, al igual que Robinho y Fred, jugadores con pasado y presente en la selección de Brasil. El dato cambió el eje de la charla. A partir de ahí, el intercambio se volvió constante. Montaña y fútbol se mezclaron en la mesa.
Colobini hablaba de expediciones, de campamentos, de altura. Luis hablaba de entrenamientos, de vestuarios, de concentraciones. La relación se armó rápido, casi sin transición. Más tarde, el propio guía lo resumiría de manera simple: “Él me quería hablar de montaña y yo le quería hablar de fútbol”.
Al día siguiente, todos ingresaron al parque. El primer tramo los llevó hasta Confluencia, el campamento intermedio ubicado a unos 3.400 metros sobre el nivel del mar. Allí pasaron la noche. El guía asignado a la pareja brasileña se sumó más tarde, pero el vínculo con Colobini ya estaba establecido y se mantuvo durante los días siguientes.
Desde Confluencia realizaron la caminata a Plaza Francia, una salida habitual para aclimatar, frente a la pared sur del Aconcagua. El recorrido se completó sin inconvenientes. El tercer día estaba previsto el traslado a Plaza de Mulas, el campamento base principal, a unos 4.300 metros.
Ese tramo implica atravesar Playa Ancha, una extensión amplia y abierta, donde la marcha puede demandar entre ocho y diez horas. Generalmente es un camino expuesto al sol. Esa vez, las condiciones fueron otras. El clima cambió de manera abrupta: viento, frío y nieve marcaron la jornada.
El grupo contaba con ropa de abrigo, que había sido transportada previamente. Por razones que no quedaron del todo claras, el guía de la pareja brasileña no inició la marcha junto a ellos. La idea era alcanzarlos más adelante. Luis y Fernanda comenzaron el trayecto junto a Colobini y su grupo.
Fernando Colobini 4
El Fideo Di María y Fernando Colobini.
A mitad de camino, Fernanda se descompuso y se desmayó. La marcha se detuvo. El guía la asistió, la ayudó a incorporarse y el grupo avanzó algunos metros más. Poco después, volvió a desmayarse. El episodio se repitió una tercera vez, esta vez con una recuperación más lenta.
El viento hacía difícil permanecer en el lugar. La temperatura obligaba a moverse con cuidado. Colobini la recostó en el suelo, la abrigó y comenzó a asistirla. Le dio sorbos de té caliente y geles energéticos. Controló la saturación de oxígeno con un oxímetro: los valores eran normales para la altura.
Luis observaba la escena sin saber cómo intervenir. Era su primer contacto con la montaña y veía a su esposa inconsciente en medio del recorrido. Más tarde, Colobini recordaría ese momento con pocas palabras: “Él estaba muy mal. No entendía qué estaba pasando”.
Cuando Fernanda abrió los ojos e intentó levantarse, el guía se lo impidió. Los desmayos se habían repetido demasiadas veces. La decisión fue inmediata: había que descender.
La situación obligó a reorganizar toda la expedición. Los siete clientes de Colobini continuaron hacia Plaza de Mulas acompañados por otro guía del equipo. Él se quedó con la pareja brasileña. Para evitar que Fernanda volviera a perder el conocimiento, decidió cargarla sobre su espalda.
El descenso hasta Confluencia llevó cerca de tres horas. Fernanda pesaba alrededor de 50 kilos. Luis caminaba al lado, transportando parte del equipo del guía, incluida la mochila y la bolsa de dormir. Esa noche, Colobini ya no volvería con su grupo: se quedaría en Confluencia.
Con el paso del tiempo, Fernanda comenzó a responder mejor. Hablaba, se orientaba. En un punto del descenso, el guía decidió bajarla y comprobar si podía caminar. Así llegaron al campamento.
En Confluencia, el personal médico la evaluó. El diagnóstico fue hipoglucemia. Durante la travesía había comido poco, en un contexto de desgaste físico y altura. El cuerpo se había quedado sin energía.
Al día siguiente, la pareja inició el descenso definitivo. Antes de irse, Luis buscó a Colobini para agradecerle. La escena se repitió varias veces durante esa mañana. En uno de esos encuentros, le entregó un sobre con dinero y una camiseta oficial del Atlético Mineiro, nueva, todavía en su bolsa.
Luis tenía pensado llevarla hasta Plaza de Mulas para sacarse una foto. Colobini la recibió y le hizo una promesa sencilla: si lograba hacer cumbre, se la llevaría en la mochila y se sacaría una foto arriba.
Días después, la expedición continuó. Colobini alcanzó la cumbre del Aconcagua, a 6.961 metros. Allí, en lo más alto, se puso la camiseta del Mineiro y registró la imagen prometida. Al regresar, se la envió a Luis con una edición sencilla: el club en lo más alto de América.
Meses más tarde, el Atlético Mineiro ganó la Copa Libertadores por primera vez en su historia. En el entorno del club, la foto tomada en la cumbre comenzó a circular como una anécdota asociada a la superstición futbolera.
El contacto entre ambos no se perdió. Luis envió camisetas oficiales, algunas firmadas, y una foto de Ronaldinho con la camiseta del Mineiro. También llegó una camiseta con el escudo de la Copa Libertadores. Para Colobini, el intercambio fue una consecuencia inesperada de aquella decisión tomada en Playa Ancha.
Con el tiempo, la relación se volvió más cercana. Luis invitó al guía a Brasil. Allí lo recibió en el club, donde el Atlético Mineiro cuenta con un hotel para las concentraciones del plantel. Colobini recorrió las instalaciones y compartió tiempo con los jugadores.
En uno de esos viajes, también conoció a integrantes de laselección argentina, que utilizaba las instalaciones del Mineiro para la Copa América. Entre ellos encuentros, conoció a Lionel Messi, que le regaló su camiseta.
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Messi y Fernando Colobini.
Mientras tanto, Luis siguió regresando al Aconcagua. Durante años intentó alcanzar la cumbre sin lograrlo. Según Colobini, el episodio vivido por su esposa había dejado una marca. En otras montañas de más de 6.000 metros pudo ascender sin inconvenientes. En el Aconcagua, algo lo detenía.
Recién el año pasado logró completar el ascenso. Para entonces, habían pasado más de diez años desde aquel desmayo en Playa Ancha.
Hoy siguen en contacto. Se ven cada temporada. Luis viaja a Mendoza, vuelve al parque, camina los mismos senderos. La historia se repite en las charlas, ya sin urgencias ni rescates, como un recuerdo compartido.
Todo comenzó con una expedición que no estaba pensada para cruzar destinos. Un episodio médico en medio del recorrido obligó a cambiar planes y horarios. El resto vino después: una promesa cumplida en la cumbre, camisetas que cruzaron fronteras y una amistad que encontró en la montaña su punto de partida.