Según concluyó el estudio, hay un deterioro del coeficiente intelectual de los estudiantes de entre 8 y 15 años, mientras que el mayor impacto se observa en la baja del rendimiento verbal. Sin embargo, aunque es un dato valioso, los expertos aclaran que hay muchas variables a tener en cuenta.
Al mostrar los datos específicos en el desempeño cognitivo durante esa década, el puntaje promedio de CI a igual edad en 2013 era 100, mientras que fue de 96,4, 10 años después. En relación con las habilidades verbales, el puntaje promedio fue de 99,4 en 2013 y 91,03 en 2023. Las habilidades no verbales mostraron mayor estabilidad.
El trabajo también refirió brechas entre la escuela pública y la privada en tanto la segunda logra un notorio mayor puntaje. Esto está a tono con los resultados de desempeño y aprendizaje de los estudiantes en relación a su nivel socioeconómico, ya que en diferentes abordajes los primeros son mucho más magros a medida que desciende el segundo. De todas formas, sostiene que no puede atribuirse el tipo de gestión como una causa directa, ya que hay diversas variables en juego, como las condiciones sociales, económicas, familiares, educativas y contextuales no incorporadas en los modelos.
Retroceso del coeficiente intelectual a nivel mundial
El informe señala que esta evolución es compatible con una reversión o desaceleración del denominado efecto Flynn, lo que se conoce como efecto Flynn inverso.
El efecto Flynn es un fenómeno observado en el campo de la inteligencia humana y que identifica un aumento sostenido y significativo en las puntuaciones de los tests de coeficiente intelectual (CI) a lo largo de varias décadas en muchas partes del mundo.
Históricamente registró aumentos de alrededor de tres puntos de coeficiente intelectual (CI) por década entre generaciones, aunque investigaciones más recientes muestran una desaceleración o estancamiento de esa tendencia.
El investigador neozelandés James Flynn, estudió esto a lo largo del siglo XX y comienzos del siglo XXI gracias a lo cual constató que los puntajes de las pruebas de inteligencia habían aumentado constantemente desde principios de la década de 1930.
El desempeño escolar de los estudiantes argentinos está dando mucha tela para cortar por la preocupación que generan los magros resultados de las evaluaciones de aprendizaje: dan cuenta de que no hay avances e incluso, de retrocesos.
Pero recientemente se observó que esta tendencia cambió. National Geographic se hizo eco de este fenómeno al advertir que se desaceleró o revirtió por primera vez en décadas en algunas categorías. Hizo referencia a un estudio, publicado en la revista Intelligence, que analizó a casi 400.000 estadounidenses entre 2006 y 2018. Se trata de un estudio de la Universidad de Northwestern. “Los datos mostraron caídas en lógica y vocabulario (conocido como razonamiento verbal), resolución de problemas visuales y analogías (conocido como razonamiento matricial) y habilidades computacionales y matemáticas (conocidas como series de letras y números)”, refiere. En cambio, las puntuaciones en razonamiento espacial (conocido como rotación 3D) siguieron el patrón opuesto, con una tendencia ascendente durante el período de 12 años. Resultados similares se han observado en otros países.
La publicación señala que no se trata de afirmar que las personas son menos inteligentes, sino que hay un descenso claro de competencia en algunas pruebas y puede ser algún indicio de un cambio social importante. Explica que, al igual que se desconocían las razones del efecto Flynn, tampoco se conocen las razones que están produciendo su inversión.
Cómo impactan las habilidades verbales en el aprendizaje
En la Universidad Austral analizaron esto a la luz de los últimos datos de las pruebas de aprendizaje internacionales PISA. Allí, en Matemática, casi 8 de cada 10 estudiantes argentinos no alcanzan los niveles mínimos de desempeño y apenas el 0,4% llega a los niveles 5 y 6, correspondientes a los desempeños más elevados. El puntaje argentino cayó 11 puntos respecto de 2022. En lectura, la caída fue de 12 puntos y 6 de cada 10 estudiantes no alcanzan las competencias mínimas. En Ciencias, el retroceso fue de 13 puntos y una proporción similar tampoco llega al desempeño mínimo.
El dato sobre el desempeño en habilidades verbales adquiere especial relevancia, advierten las investigadoras. “Las habilidades verbales no son una capacidad aislada: el lenguaje es una de las principales herramientas con las que los estudiantes comprenden lo que leen y escuchan, incorporan conocimientos, siguen consignas, explican sus ideas y elaboran razonamientos”, analiza. Es por eso que subrayan que una caída sostenida en este componente puede representar un desafío para el aprendizaje en distintas áreas escolares. “El resultado no permite afirmar que el descenso observado sea la causa de las dificultades educativas actuales, pero sí plantea una señal de alerta sobre las condiciones cognitivas con las que los estudiantes enfrentan las demandas escolares y sobre la necesidad de comprender qué factores sociales, educativos y ambientales pueden estar detrás de esta evolución”
El rol de los adultos: ¿Qué mundo han dejado para los adolescentes?
Si hay algo que identifican los expertos es que los resultados en los aprendizajes están atravesados por una gran diversidad de variables que no pueden soslayarse.
El Director del Observatorio de la Convivencia Escolar (Centro de Investigaciones Cuyo-Conicet) y referente de Argentinos por la Educación, Alejandro Castro Santander, plantea que hay todo un “ecosistema” en torno al asunto, que no puede reducirse solo al CI que baja y mucho menos al mero impacto de los usos digitales.
Su postura es que esa reducción, es un error analítico, ya que el cerebro del estudiante no se deteriora de forma aislada, sino que responde de manera dinámica a las crisis de los cuatro ecosistemas clave que sostienen su desarrollo: el ecosistema familiar y vínculos presentes, la escuela, el entorno próximo -que incluye la comunidad y la geografía del aprendizaje (el espacio)- y el entorno digital, que considera el “cuarto educador" obligatorio.
El desempeño escolar de los estudiantes argentinos está dando mucha tela para cortar por la preocupación que generan los magros resultados de las evaluaciones de aprendizaje
Para el psicopedagogo, hay una crisis de las condiciones que hacen posible educar. “Los aprendizajes no ocurren en el vacío. Necesitan condiciones que hagan posible enseñar y aprender. Entre ellas, una de las más decisivas es el clima escolar: los vínculos, las normas y el orden, la seguridad, la pertenencia, el apoyo de los adultos y también el hábitat educativo, su organización, cuidado y capacidad para favorecer el encuentro. En conjunto configuran la atmósfera humana e institucional en la que la enseñanza puede, o no, convertirse en aprendizaje”, apuntó.
Reconoce que las condiciones socioeconómicas continúan siendo uno de los condicionantes más fuertes, aunque no determinan inexorablemente el destino escolar.
“Las familias tampoco están al margen de la crispación, la intolerancia y el desencuentro de este tiempo, aunque continúan siendo la primera escuela de vínculos, respeto, responsabilidad y valores”, plantea. Pero además devuelve la pelota para dejarla del lado de los adultos: “En ocasiones, algunos discursos terminan presentando a los adolescentes casi como una generación “más sola y más tonta”: menos atenta, menos perseverante, más dependiente de las pantallas. Tal vez debamos invertir la pregunta: ¿qué mundo adulto hemos construido alrededor de ellos?”
Asegurar las condiciones para el aprendizaje
Para las autoras, la convergencia entre las dificultades de aprendizaje, las desigualdades educativas y el descenso de las habilidades intelectuales exige ampliar la mirada: no solo preguntarse cuánto aprenden los estudiantes, sino también en qué condiciones aprenden y qué capacidades necesitan para sostener esos aprendizajes. El informe sostiene que el deterioro observado involucra capacidades fundamentales para aprender, cómo el razonamiento abstracto, la comprensión lectora, la autorregulación y la perseverancia.
Los datos presentados no solo describen un problema, sino que marcan una hoja de ruta: invertir tempranamente en hábitos positivos que propicien el discernimiento, la reflexión crítica, la perseverancia y la sociabilidad, entre otras capacidades cognitivas y socioemocionales, actúa como un factor preventivo en orden a sostener el aprendizaje, reducir las brechas entre sectores y proteger el tiempo y la atención de los estudiantes en el aula y en la escuela. El desafío para las políticas públicas es diseñar condiciones —pedagógicas, institucionales y del vínculo escuela-familia— que, sostenidas en el tiempo, aseguren que cada niño, niña y adolescente pueda desplegar su potencial, cualquiera sea su punto de partida. Para eso, en paralelo, las mejoras que se propongan deberían ir acompañadas de una recolección sistemática de evidencia, con la cual monitorear el impacto y ajustar la toma de decisiones.