“Yo viví de niño la violencia de género. Mi mamá era madre soltera, tenía 40 años, estaba sola y fue blanco de la discriminación y pasó por todos los traumas que se pueden vivir en un pueblo así”, recuerda.
Hizo la primaria en Montecaseros y el secundario en el Comercial, de San Martín. En el ‘86 trabajó de cajero y en el ‘88 se inscribió en la UNCuyo, cuando todavía la facultad estaba en la calle San Martín. Al año, la facultad se mudó al Parque, se le hacía muy difícil llegar y abandonó.
Fue operador y locutor en radio Merlín y después comenzó a trabajar de DJ en un boliche. A los 26 años se fue a estudiar Derecho a Santa Fe. Allí fue lavacopas en un boliche durante la noche y durante el día vendía diarios. Además, vendía monografías de Derecho.
Se recibió de abogado en marzo de 2000, justo cinco años después de su llegada a Santa Fe. Como abogado, su primera actividad fue defensor Ad Hoc. En ese tiempo su auto era un Citröen 2 CV sin papeles.
“Como abogado nunca pude cobrar bien porque nunca me gustó aprovecharme de las personas y casi todos mis clientes eran pobres, igual que yo. Cuando venía alguien que tenía un problema, lo ayudaba y me terminaban regalando un chancho, me traían un vino o algo así. Nunca dejé a nadie sin casa”, dice.
Sívori se casó a los 40 años con Laura Martínez. Después vino Mercedes y todo el camino andado tuvo un sentido. “Mi momento más feliz de la vida ha sido cuando fui padre”, confiesa. Luego concursó para fiscal y se trasformó en la cara del Ministerio Público Fiscal en la Tercera Circunscripción, la zona Este.
Conversar con Sívori es fácil, natural, se podría decir que es inevitable.
-¿El fiscal Oscar Sívori conserva cosas del disc jockey Black Sívori?
-En los juicios por jurado, en los alegatos, surge mi parte histriónica. Como si me hubiera preparado toda la vida para eso. Incluso utilizo música para ensayar los alegatos, porque es una manera de contar el tiempo. Ocupo canciones muy impresionantes que conozco de memoria. Voy contando los tiempos musicales para saber por dónde voy en el discurso. Por ejemplo, “Brilla tu diamante loco”, de Pink Floyd, que dura 11 minutos 43 en la versión que tengo yo. Cuando va cayendo la canción, sé que tengo que ir cerrando.
-Hace unos años decías que no hay que hacer justicia, sino hacer cumplir la Ley. ¿Pensás igual?
-¡Por supuesto! Lo ratifico. Nosotros no tenemos que hacer justicia, la justicia es un valor. Lo que tenemos que hacer es cumplir la Ley. Tenemos una justicia adversarial y siempre, cuando termina un juicio, alguien queda enojado porque el fallo le fue adverso, no fue lo que esperaba. Siempre hay alguien disconforme. Lo que nosotros tenemos que hacer es hacer cumplir la ley.
-Vivimos en una sociedad compleja…
-Claro. Tenemos que preguntarnos cómo es la sociedad que le estamos dejando a nuestros hijos. Cada vez nos estamos pareciendo más a eso que no queremos ser. Yo quiero seguir juntando duraznos y echarlos a la acequia para que se enfríen. Quiero seguir saliendo con mi hija a juntar espárragos. Porque de eso se trata, de compartir. No quiero vivir paranoico.
-¿Hay solución?
-Es importante empezar en algún momento a cortar los ciclos de violencia de la sociedad. Cuando se comenzó a atender la violencia contra la mujer hubo choques de planetas, comenzaron a decir que era un abuso. Pero esa violencia es una de las más notorias y más salvajes, agregando los casos de violencia contra el colectivo LGBTQ+. Y es que en la violencia contra la mujer hay un enraizamiento de la violencia en los niños, porque se naturalizan los actos violentos y después se van propagando. Es cierto, esta no es la única razón de la violencia estructural, pero es un factor muy importante.
Una posición
“Cuando tuve a mi hija me cambió la visión del Derecho”, reconoce Sívori, pero acepta que ya tenía esa visión. “Yo quería estudiar Derecho para defender a mi mamá”, suma.
“Somos lo que hacemos”, es una de las frases recurrentes de Oscar Sívori, casi como una declaración de principios. “No podemos hacer responsables a los demás de lo que hacemos. Tenemos que ser inflexibles e impecables en lo que hacemos. Eso nos hace mejores personas”, insiste.
“En el fondo, todos sabemos lo que está bien y lo que está mal. El problema comienza cuando tratamos de justificar lo injustificable. Imaginate que yo recibiera coimas y la gente dijera: ‘Sí, recibe coimas, pero es bueno porque mete presos a los sinvergüenzas’. Hay que elevar el criterio de rectitud. Las personas esperan lo mejor de los funcionarios públicos y hay que demostrarlo con hechos”, remarca. Después completa: “Tengo muy claro lo que yo tengo que hacer. Siento que mi misión es cortar con esa situación de dualidad que tenemos todas las personas. Una cosa es lo que queremos ser y otra es lo que somos y yo trato todos los días de achicar esa brecha”.
-Siempre aparece el planteo de qué sociedad queremos.
-Es lo me cuestiono todo el tiempo: qué sociedad le voy a dejar a mi hija. Es lo que siempre pensaba cuando salía a juntar botellas en los canales. Hay que analizar qué responsabilidad nos cabe. Me hice recolector voluntario de plásticos por eso y también para generar conciencia. No puede ser que sostengamos que no hay que contaminar el agua, que salgamos todos a una marcha contra las mineras diciendo que van a contaminar y llevarse todo, y después nos damos vuelta y tiramos la basura en cualquier parte. Pasá por un canal y fijate la cantidad de botellas que hay flotando.
Durante mucho tiempo, voluntariamente, junté botellas. Lo sigo haciendo, pero no tan visible porque ahora soy fiscal y la gente puede creer que, si uno hace esas cosas en forma visible, las hace por una cuestión política. Que todo se politice es algo que me molesta. Parece que todo lo que se hace, se hace por interés. Y, a veces, el único interés es prestar un servicio a la comunidad en la que se vive. Es mucho más interesante eso que andar todo el día con teléfono, mirando los videos de Internet.
-¿Es difícil ser fiscal en el lugar donde uno vive?
-Cumplo con mi trabajo y trato de no estar tan pendiente de lo que las personas dicen o quieren. Me ha tocado actuar en causas con hijos, nietos, hermanos o amigos de personas que yo conozco y no por eso he dejado de hacer lo que la ley ordena y tratar de vivirlo con tranquilidad.
-Debe ser difícil que sepan quien sos, que te reconozcan.
-No lo siento como un peso. Creo que, de alguna manera, también es una gratificación. Porque es gratificante saber que todo el trabajo que he venido haciendo de cuidar a las personas, de tratarlas con respeto, ha hecho que muchos confíen en mí. Desde las víctimas a las personas en general. Ha hecho que la gente confíe y se arrime cuando tienen información sobre hechos trágicos. Ha sucedido y sucede muchas veces que nos han venido a contar algo al Ministerio Público y los he escuchado.
Además, la gente sabe sobre mi costumbre de involucrarme en la investigación de los hechos, especialmente en los hechos graves. De ir al lugar de los hechos. Y eso también lo saben las fuerzas policiales y Gendarmería, que son los que actúan. Siento que hay confianza. Y las fuerzas de seguridad confían, pero también saben que, cuando ellos se equivocan, soy duro con ellos, pero no injusto. Por todo ello, cuando ocurre algo, yo me entero. Me cuentan los policías, me cuentan los vecinos. Entonces yo tengo generada una suerte de controles para que las cosas funcionen. A veces podemos cometer errores, entonces todos lo que estamos involucrados en los procesos de investigación aprendemos y no los volvemos a repetir.
Es cierto, creo que si tuviéramos más recursos los errores serían menos y las quejas serían menores, pero nos tenemos que acostumbrar a trabajar y a hacer cumplir la Ley con lo que tenemos.
-También es cierto que tenés un estilo simple.
-Soy campechano, tengo una manera campechana de hablar y eso, muchas veces, me ha ayudado. Pero también hay una preparación intelectual, el estudio de un montón de cosas además de lo jurídico. He estudiado teatro, estudiado argumentación, oratoria... Hice un montón de cosas para hacer las cosas de la manera que las hago. Sí, soy campechano, pero también podría hablar fino. Me dijo una vez un jurista importante: ‘Me gustaría leer un libro escrito por vos, porque me imagino que escribirías como hablás y todo sería más fácil de entender’.
-¿Te gustaría ser procurador general o juez de cámara?
-¡No, no, juez no!, porque soy fiscal y a mí me gusta ser fiscal. No, no, no. Yo soy fiscal y estoy contento con lo que tengo y soy feliz con lo que hago. No me quejo de esto. Y no sé si sería procurador. Respeto mucho a los jefes y me parece que el doctor Gullé es muy bueno.
-Bueno, pero supongamos que Gullé se cansó, se jubiló, se dedicó a otra cosa…
-No, no. Hay otros que quieren sentarse en ese sillón hace rato. Creo que la respuesta es no, porque me gusta tener contacto con la gente. Es así. Hay otros que desean ese cargo y yo no. Yo quiero seguir tranquilo en la vida. No te puedo decir que no me gustaría, porque sería un orgullo ser procurador, ser el jefe de todos los fiscales, pero no creo que yo tenga el perfil para eso. Yo soy más de pueblo, no soy un intelectual. Para llegar ahí hay que tener libros, hay que ser neurocientífico, haber estado en la Conchinchina, tener un montón de pergaminos y un montón de cuestiones que, al fin y al cabo, no sé si todo eso sirve para solucionarle los problemas a la gente.
El otro día una señora estuvo leyendo media hora la cantidad de cosas que había hecho como candidata a la Corte. Y yo me empiezo a preguntar: ¿Cómo hizo para trabajar habiendo hecho todas esas otras cosas? ¿Cómo hizo para tener una vida fuera de eso? ¿Cuánto tiempo estuvo con su familia? ¿Habrá estado con ella en Navidad? ¿Habrá sido feliz? Eso me pregunto.
El más doloroso
Más allá de reconocer que la violencia contra la mujer es uno de los delitos que más le impacta, Oscar Sívori dice que las causas que más lo marcaron, las más duras, han sido “cuando las víctimas fueron niños”.
El fiscal tiene un caso marcado a fuego, tanto que le tiembla la voz cuando lo vuelve a contar. “Fue la de esos chicos de Rivadavia”, dice. Se refiere de dos hermanitos que habían sido víctimas de abuso sexual, hechos cometidos por su padrastro.
Antes de que se animaran a contar lo que les estaba ocurriendo uno de los hermanos, desesperado, intentó suicidarse. Finalmente, el caso llegó a la Justicia en julio de 2013 y fue Sívori el fiscal de la instrucción, que terminó en condena.
Pero el drama no terminó allí. El 29 de enero de 2016, los dos hermanitos fallecieron en un accidente de tránsito junto a una hermana mayor y a un primo.
Ese siniestro se recuerda especialmente, además de por el tremendo saldo, porque la moto en la que viajaban apiñadas las víctimas fue embestida por una traffic municipal que trasladaba a las candidatas vendimiales al festival Rivadavia Canta al País.
“Después de que habíamos resuelto el caso de abuso, uno de los hermanitos me había hecho muchas preguntas sobre mi trabajo y me había dicho que quería estudiar Derecho. En ese momento sentí que la Justicia podía ser sanadora. Después ocurrió lo del accidente y quedamos todos destrozados”, recordó Sívori.
Ping Pong
-Un libro
-1984. Allí se plantea la vigilancia, perseguir a quienes no piensan como uno y la lucha por la libertad.
-Un disco.
-Led Zeppelin II. Me voló la cabeza.
-Un oficio o profesión que te gusta y no hiciste.
-Astronauta. Me gustaría ver el mundo desde arriba.
-Un lugar por conocer.
-New York y Roma.
-Cuál debería ser tu epitafio.
-El Negro fue feliz.