Carol Riquelme, una de las docentes afectadas, relató la experiencia a Aconcagua Radio: “Bajamos a las 6.45 y recién a las 7.28 pasó el micro de regreso. Fueron más de 40 minutos esperando en la nieve. Mi mochila quedó tapada. Estábamos tratando de movernos para no entrar en hipotermia. Fue realmente peligroso”.
De nuevo un grupo de docentes que viajan diariamente desde la Ciudad de Mendoza hasta Uspallata quedó varado en plena ruta, a la intemperie, debido a una suspensión tardía de clases dictada por la Dirección General de Escuelas (DGE). Las inclemencias del tiempo y la falta de previsión en los anuncios oficiales obligaron a maestras y maestros a resguardarse como pudieron en la parada “Agua de las Avispas”, sin refugio adecuado, bajo temperaturas bajo cero y una intensa nevada.
La situación, explicó Carol, no es nueva. “Esto nos pasa cada vez que suspenden las clases cuando ya estamos en camino. Salimos a las 5.55 desde la terminal de Mendoza. Muchas veces nos enteramos de la suspensión recién estando en ruta”, señaló. En ese horario viajan docentes de nivel primario y secundario, además de personal de Gendarmería, Policía y médicos que trabajan en el hospital de Uspallata. “Un micro con 45 butacas va completo. Somos entre 15 y 20 docentes más los otros trabajadores”, indicó.
La docente también cuestionó la lógica de las decisiones oficiales: “Si hay Zonda o nieve en Potrerillos, ¿cómo se supone que vamos a llegar a Uspallata? No podemos teletransportarnos. Si se suspende en Potrerillos, también deberían suspender en Uspallata, porque el camino es el mismo”.
En su testimonio, Carol apeló al sentido común y a una mejor articulación institucional: “Con la tecnología que existe hoy, la información está disponible. Defensa Civil y el Paso a Los Libertadores informan con antelación. No se entiende por qué la DGE tarda tanto en comunicar las suspensiones. Estamos arriesgando nuestras vidas y la de nuestros compañeros. Hay que prever más y mejor”.
Además de la exposición al frío extremo, la situación genera incertidumbre y tensión. “Nos bajamos en medio de la nada, sin saber si el próximo micro iba a tener lugar para nosotros. A veces no entramos todos, porque vienen llenos desde Uspallata. Estamos completamente a la deriva”, afirmó.
Carol hizo hincapié en que enseñar en alta montaña no es una obligación sino una elección: “Es un trabajo de vocación. Es hermoso dar clase en zona de frontera, pero también merecemos cuidado. La calidad educativa también pasa por el resguardo del docente”.
El mensaje final fue claro y directo a la Dirección General de Escuelas: “Hay una falla grave en la comunicación. Basta con hablar más y mejor con Defensa Civil. Basta con informarse a tiempo. No hace falta arriesgar vidas humanas. Somos trabajadores y también tenemos familias. Queremos seguir enseñando, pero sin tener que exponernos de esta manera”.
Mientras tanto, la situación de quienes educan en alta montaña sigue siendo una deuda pendiente en términos de logística, prevención y condiciones dignas de trabajo.
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