26 de enero de 2026 - 07:26

Emergencias en el Aconcagua: más visitantes, más imprudencias y más rescates

A 30 años de la creación de la Patrulla de Rescate de la Policía de Mendoza, el crecimiento sostenido de la actividad en montaña transformó por completo el mapa de las emergencias. Brian Fionna, su actual jefe, analiza el aumento de evacuaciones, el impacto de la pospandemia, los errores más frecuentes, el mal de altura y la lógica silenciosa de un sistema que se activa cuando el cuerpo ya no responde.

La Patrulla de Rescate nació hace tres décadas con una misión clara: asistir en situaciones de emergencia en un territorio donde el error se paga caro. En aquel momento, la montaña era un espacio más lejano, menos transitado, menos cotidiano. Treinta años después, el escenario es otro. Hay más gente, más actividad, más rutas, más prácticas deportivas y, en consecuencia, más rescates.

Solo en la actual temporada del Aconcagua ya se realizaron alrededor de 120 evacuaciones. La cifra no es un dato aislado: forma parte de una tendencia sostenida que se repite año tras año y que, según quienes trabajan en el terreno, se consolidó con fuerza después de la pandemia.

Al frente de esa estructura está el Oficial Principal Brian Fionna, de 35 años, jefe de la Patrulla de Rescate. Integra el cuerpo desde 2013, pero su vínculo con ese mundo empezó mucho antes, desde un lugar inesperado.

“Yo ingresé a la policía con la intención de pertenecer a la Patrulla de Rescate. No fue algo que surgió después, fue desde el inicio”, cuenta. “Había visto el documental Rescate al Límite y me impactó ver cómo ese grupo de personas se exponía para ayudar a alguien en emergencia. Sentí que tenía que intentarlo”.

No habla de vocación en términos épicos. Lo dice como una decisión racional, casi simple: ver una necesidad y querer formar parte de la respuesta.

El quiebre pospandemia

Cuando se le pregunta si hoy hay más rescates que antes, Fionna no duda. “Sí, claramente. La cantidad de rescates ha ido aumentando de manera significativa”.

Marca un punto de inicio preciso: la salida de la pandemia. “Ahí hay un quiebre muy claro. Arrancamos con una temporada del Aconcagua de apenas 45 días, y después se dio un crecimiento muy fuerte de la actividad en montaña en general”.

Ese crecimiento no se limita al montañismo clásico. Se expandió hacia otras prácticas: trekking, trail running, travesías, actividades recreativas en distintos puntos del cordón montañoso provincial. “Hoy hay muchas más personas en la montaña, con distintos niveles de experiencia y preparación. Eso cambia todo el escenario operativo”, explica.

No todos los años son iguales. Hay temporadas más complejas que otras, condicionadas por el clima, la cantidad de visitantes y las características de la actividad. Pero hay algo que se mantiene constante: la curva ascendente.

“La complejidad puede variar, pero la cantidad de intervenciones viene aumentando cada año”, resume.

Patrulla de Rescate - Aconcagua.
Patrulla de Rescate - Aconcagua.

Patrulla de Rescate - Aconcagua.

El momento crítico no es la subida

Una de las ideas más repetidas en el imaginario colectivo es que el peligro está en el ascenso. Para la Patrulla de Rescate, la realidad es distinta.

“La mayoría de las situaciones se dan cuando las personas están descendiendo”, afirma Fionna.

El patrón se repite: jornadas largas, que empiezan de madrugada, muchas horas de caminata, desgaste físico acumulado y un cuerpo que ya no responde igual. “Por lo general son días extensos, que arrancan bien temprano y terminan en horarios de la tarde o la noche, dependiendo de la dificultad del cerro”.

El descenso, lejos de ser un alivio, se convierte en el momento más vulnerable. “Ahí aparece el cansancio real, el agotamiento, la falta de energía. Es donde más se producen las complicaciones”.

A eso se suman otros factores. La imprudencia existe, aunque no es la regla. También los cambios climáticos repentinos. Pero hay un elemento que atraviesa casi todos los casos: la planificación.

“Muchas situaciones tienen que ver con no haber planificado bien la salida”, explica. “No evaluar correctamente el tiempo que va a demandar la actividad, el equipamiento necesario, el estado físico real con el que se cuenta para hacerla”.

El cuerpo y la altura

En alta montaña, el cuerpo no es un aliado automático. Funciona con otras reglas.

“El mal de altura aparece cuando una persona asciende rápido por encima de los 2.800 o 3.000 metros”, detalla Fionna. “El cuerpo empieza a atravesar procesos fisiológicos para compensar los cambios de presión atmosférica”.

Ese proceso de adaptación necesita tiempo. Cuando no lo tiene, aparecen los síntomas. “Si el cuerpo no logra asimilar ese cambio, se entra en un estadio de mal de altura, que puede transformarse en un mal agudo o severo, incluso en un edema pulmonar o cerebral”.

No se trata de una excepción: es un mecanismo fisiológico. “Es el cuerpo intentando normalizar funciones vitales frente a un entorno que cambió demasiado rápido”.

Por eso, explica, no alcanza con la voluntad. “No importa cuánto quiera una persona seguir subiendo. Si el cuerpo no acompaña, no acompaña”.

Planificar no es opcional

Para Fionna, la prevención no está en discursos grandilocuentes, sino en decisiones básicas y concretas.

“Lo primero es definir qué actividad voy a realizar y buscar información sobre la ruta”, señala. “Después, evaluar el equipamiento, el estado físico, el tiempo que va a demandar la salida”.

El pronóstico meteorológico es otro eje central. “Hoy hay plataformas y aplicaciones que permiten ver pronósticos extendidos y cotas de altura. Eso permite armar una salida más segura”.

Pero hay un punto que repite con énfasis: avisar.

“Siempre hay que informar a un familiar o a un allegado qué actividad voy a hacer y cuándo tengo pensado regresar. Si la persona no vuelve en ese tiempo, eso permite activar una búsqueda”.

El equipamiento básico no es sofisticado: linterna, abrigo, agua, comida de marcha, calzado adecuado para montaña. “No usar calzado de running para este tipo de terreno. Tiene que ser un calzado con suela con tacos, que permita buena adherencia”.

Y, por último, la comunicación. “Teléfono celular, radio VHF, dispositivos satelitales. Y si solo se cuenta con celular, cuidar la batería. Eso es fundamental”.

No como objeto tecnológico, sino como herramienta vital. “No es solo para sacar fotos. Puede ser el único medio para informar una emergencia”.

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Patrulla de Rescate - Aconcagua.

Patrulla de Rescate - Aconcagua.

Una lógica que no se ve

Desde afuera, el rescate suele verse como una escena puntual: un helicóptero, un descenso, una evacuación. Desde adentro, es otra cosa.

Es espera, planificación, lectura del clima, coordinación de equipos, cálculo de tiempos, evaluación de riesgos. Y, muchas veces, decisiones incómodas.

“La montaña no te da margen”, dice Fionna sin dramatismo. “Si te equivocás en la lectura, las consecuencias pueden ser muy graves”.

Treinta años después de la creación de la Patrulla de Rescate, el desafío no es solo operativo. Es cultural. Hay más personas en la montaña, más exposición y más naturalización del riesgo.

“La montaña no cambió”, resume. “Lo que cambió es la gente que llega”.

Y con ese cambio, la Patrulla se volvió una estructura cada vez más exigida. No como símbolo heroico, sino como sistema de contención. Un engranaje que se activa cuando la planificación falla, cuando el cuerpo no responde, cuando la decisión llega tarde.

El Aconcagua sigue siendo el mismo. La diferencia es la cantidad de personas que lo caminan. Y la cantidad de veces que alguien tiene que ir en sentido contrario: no para llegar a la cumbre, sino para traer a alguien de vuelta.

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