martes 20 de abril de2021

Juanita sobrevivió a una dura infancia y a 10 años de esclavitud y abusos. Ahora abre las puertas de su casa para recibir a los pequeños del barrio Flores, en Ciudad. Foto: José Gutierréz / Los Andes.
Sociedad

El corazón gigante de una luchadora: Juana sobrevivió a 10 años de esclavitud , escapó a Mendoza y abrirá en su casa el comedor cerrado del barrio

Como el merendero del barrio Flores se quedó sin lugar, ella inaugurará uno en su humilde vivienda. Mientras, vende pan para comprar comida para los 100 chicos que planea recibir. Su increíble historia.

  • viernes, 5 de marzo de 2021
Juanita sobrevivió a una dura infancia y a 10 años de esclavitud y abusos. Ahora abre las puertas de su casa para recibir a los pequeños del barrio Flores, en Ciudad. Foto: José Gutierréz / Los Andes.

Con la misma convicción que tuvo cuando escapó del horror, en su Bolivia natal, Juana Santos es una referente indiscutida del barrio Flores de Ciudad. Valiente y solidaria, “Juanita” -como la conocen todos- dedica su vida a los niños carenciados y está lista para dar otro gran paso en su largo camino de amor y entrega. El miércoles próximo inaugurará un comedor en el garage de su casa, una vivienda precaria construida a pulmón en unos pocos metros cuadrados.

No le sobra espacio, dinero ni nada material. En cambio, a Juanita sí le sobra corazón. Por eso decidió tomar cartas en el asunto cuando el edificio del Centro de Actividades Educativas (CAE), donde se brindaba el almuerzo a las familias necesitadas, debió cerrar por la cuarentena y ahora los dueños piden que se restituya el edificio.

Si bien las actividades escolares se trasladaron al NIDO (Núcleo de Innovación y Desarrollo de Oportunidades), el comedor quedó sin lugar donde funcionar.

Juana tiene una verdulería, terminó la primaria de grande y se capacita con cursos. Sumará el desafío de abrir un comedor. Foto: José Gutiérrez / Los AndesJose Gutierrez | Los Andes

“Tengo espacio, pero sobre todo voluntad”, define Juana, como para enseñar que “querer es poder”.

“De niña pasé muchas miserias y hoy, cuando veo a chicos inocentes y necesitados, me siento reflejada. No puedo mirar hacia el costado”, resume emocionada.

Juana se quiebra cuando recuerda su infancia. Esa misma punzada en el estómago es lo que la impulsa a ayudar. Llora y se ríe con facilidad porque le corre “sangre por las venas”.

La “trampa” con promesas de una vida mejor

Juana Santos creció en un hogar violento. Los abusos y los golpes marcaron más su alma que su propio cuerpo.

Hasta que, por fin, alguien la ayudó a escapar de aquella pesadilla con promesas de una vida mejor. Pero cayó en una trampa y durante 10 años fue esclavizada y abusada.

Luego pudo huir de esa pesadilla y regresar a su hogar, ya siendo una mujer. Pero nada había cambiado y así pensó nuevamente en buscar nuevos horizontes.

Mendoza la recibió poco después con los brazos abiertos. Nunca le sobró nada pero tampoco le faltó el trabajo. Se instaló en este asentamiento de numerosa comunidad boliviana y puso manos a la obra. Su verdulería la ayudó a salir del analfabetismo y cuando descubrió el apasionante mundo de la matemática, se anotó en el Cebja 126 “Fabián Testa”, donde sueña con terminar la primaria.

Nuevo desafío

“Hay niños cuyos padres, a veces inmersos en la droga y el desempleo, no pueden brindarles lo que merecen”, relata Juana. Y anuncia: “Continuaré el trabajo que siempre hice, sólo que ahora será desde casa”.

Con la colaboración de la Organización Evita y algunas mamás voluntarias del barrio Flores, esta luchadora abrirá las puertas del comedor una vez a la semana para 100 chicos. El miércoles 10 será la inauguración.

Mientras estén en vigencia las medidas sanitarias, las viandas serán retiradas. Más tarde, proyecta sumar dos días más pero dependerá de los insumos que se consigan. Porque elaborar un menú nutritivo para tanta gente -aclara- es costoso.

A través de la venta de comida boliviana, su especialidad, pudo comprar sillas y tiene en mente adquirir una cocina especial. Vajilla, frutas y verduras, según dice, ya tiene.

La necesidad de comprar carne y pollo la llevó a vender pan casero y tortitas días atrás. Así recaudó 2.600 pesos que hará estirar como chicle, como hace siempre.

La pobreza en el Flores se agudiza, especialmente luego del aislamiento, que hizo que muchas personas perdieran sus changas, principal subsistencia en esta zona.

“Aquí hay muchos niños, falta trabajo, comida y ni hablar de útiles escolares, ropa y zapatillas. Pero ojo, no me meto en los problemas de las familias, para eso están los psicólogos. Simplemente no quiero que a los niños les falte la comida”, diferencia Juanita.

Madre de siete hijos -dos de ellos del corazón y uno discapacitado-, Juana opina que las mujeres deben luchar para independizarse. Ella misma da el ejemplo con su actitud y su iniciativa de instalar una verdulería y terminar la primaria porque se sentía en desventaja sin saber leer ni escribir.

Pero eso para ella sigue siendo poco: realizó una capacitación en construcción en seco y proyecta inscribirse en otro taller de refrigeración.

Juanita se aleja porque dice que tiene mucho por hacer. Entre risas, sostiene que los días deberían tener más horas, mientras junta fruta para repartir en el barrio.

“Ayer con cada banana que entregué recibí tantas muestras de cariño que volví a casa con el corazón inflado”, recuerda con la misma emoción que transmite.