A fines de 2023, María Paula Díaz Monfort tomó una decisión que cambiaría para siempre el rumbo de su vida. Con 29 años, dejó Mendoza para instalarse en Nápoles, Italia, donde comenzó un doctorado en ingeniería enfocado en una de las áreas más innovadoras de la ciencia actual: la interacción entre el cerebro humano y los sistemas tecnológicos.
Lo que para muchos podría parecer ciencia ficción forma parte de su trabajo cotidiano. Actualmente, Paula investiga cómo interpretar las señales cerebrales de una persona para que puedan utilizarse en tiempo real y permitan controlar dispositivos robóticos mediante inteligencia artificial. “Estoy conduciendo estudios donde mido las ondas cerebrales de las personas frente a ciertos estímulos para ver si podemos decodificar cuándo los están viendo. La idea es interpretar esas señales en tiempo real y utilizarlas para conducir un rover, que es como un pequeño robot autónomo”, explica.
La investigación forma parte de su doctorado en la Scuola Superiore Meridionale (SSM), una institución universitaria de Nápoles. Allí cursa el tercer año de un doctorado en ingeniería enfocado en el análisis de señales cerebrales y el desarrollo de sistemas basados en inteligencia artificial con aplicaciones en robótica.
La historia que la llevó a Europa comenzó cuando estaba terminando la carrera de Bioingeniería en la Universidad de Mendoza. Por entonces dividía sus días entre la elaboración de su tesis, el trabajo en el departamento de electromedicina del hospital Notti y las clases que dictaba en una escuela técnica vinculada a la universidad.
“Siempre tuve el sueño de hacer un doctorado. Estaba viendo distintas posibilidades y también intentando ingresar al sistema científico argentino cuando me llegó una convocatoria de una universidad de Nápoles”, recuerda. A diferencia de otras postulaciones internacionales que había analizado, aquella convocatoria no requería ningún pago para presentarse. “Vi que era gratuita y pensé: ‘Bueno, pruebo’. No tenía nada que perder”, cuenta Paula.
La mendocina preparó toda la documentación necesaria en silencio. Ni siquiera su familia sabía que estaba participando del proceso. “Me daba mucha vergüenza si no quedaba. Por eso no le conté a nadie”, sostiene.
Luego llegó una entrevista en inglés ante el comité evaluador. “Fue a las tres de la mañana por la diferencia horaria. Estaba muy nerviosa”. Pocos días después recibió la gran noticia. “Me habían dicho que iban a avisar en una semana, pero a los cuatro días me llegó el correo. Estaba en el hospital trabajando cuando vi que había sido aceptada. No lo podía creer. Me largué a llorar”, precisa.
La otra sorpresa para Paula fue que el programa comenzaba un mes después. “Tuve que contarles a mis papás no solamente que me había presentado a una convocatoria internacional, sino también que me iba a vivir a Italia en pocas semanas”.
Paula en el Monte Faito en napoli, de fondo esta el Vesubio
Gentileza
Una adaptación más simple de lo esperado
Aunque emigrar suele implicar desafíos importantes, Paula asegura que la adaptación fue mucho más sencilla de lo que imaginaba. “Siempre digo que no sé si yo elegí Italia o si Italia me eligió a mí”.
Según cuenta, encontró en Nápoles una ciudad con muchas similitudes culturales con Argentina. “Hay una forma de relacionarse, de compartir, de juntarse a comer, de hacer lugar para uno más en la mesa, que me hizo sentir muy cómoda desde el principio”. Explica que la hospitalidad de los napolitanos fue clave para atravesar los primeros meses lejos de su casa. “Una amiga italiana me invitaba a comer todos los domingos con su familia prácticamente desde que llegué. Son cosas que para alguien que está lejos de su país significan muchísimo”, señala.
El idioma parecía ser otro de los grandes desafíos. Cuando llegó a Italia apenas conocía algunas palabras básicas, pero la convivencia diaria aceleró el aprendizaje. “No tengo idea cómo pasó, pero a los seis meses ya hablaba italiano normalmente”, cuenta.
La vida académica ocupa gran parte de sus días. Las jornadas transcurren entre análisis de datos, programación, diseño de experimentos y revisión de publicaciones científicas. Su trabajo busca comprender cómo responde el cerebro humano ante determinados estímulos y cómo esa información puede traducirse en comandos. “Es un proyecto muy ambicioso”, sostiene.
Como parte del doctorado, además, tuvo la posibilidad de realizar una estancia internacional de investigación en Sídney, Australia donde desarrolló una etapa clave de su trabajo. “Fui allá porque tienen una infraestructura increíble para la investigación. Hay laboratorios, equipamiento y recursos tecnológicos que permiten realizar experimentos que todavía no eran posibles en Nápoles”.
La experiencia también le permitió ampliar su red de contactos internacionales, un aspecto fundamental dentro del mundo científico. “El mundo académico funciona mucho a través de las colaboraciones. Los congresos, los viajes y las experiencias internacionales te permiten construir redes que después terminan generando nuevos proyectos”.
Su historia de amor napolitano
La experiencia en Europa también transformó su vida personal. En Nápoles conoció a Tancredi, un ingeniero matemático que realiza un doctorado dentro del mismo programa académico.
“Hoy es mi vínculo más importante en Italia. Ha sido un apoyo enorme en todo este proceso”, señala Paula. A través de él conoció a un grupo de amigos y a una familia que la recibió con los brazos abiertos. “Mis suegros son increíbles. Me hicieron sentir parte de la familia desde el primer día”.
El recuerdo de Diego Maradona en Nápoles
En una ciudad donde el legado de Diego Maradona sigue presente en cada rincón, su nacionalidad genera una conexión inmediata. “Cuando decís que sos argentina, primero aparece Maradona y después Messi. Diego está en todos lados”, relata.
A pesar de sentirse integrada a su vida en Europa, hay cosas que siguen despertando nostalgia. “El otoño mendocino es una de las cosas que más extraño”. Sin embargo, eso no es lo único. “Extraño los asados, los fogones, las peñas, las charlas interminables con amigos. Extraño a mi familia, a mis hermanas, a mi abuela, a mis amigas y hasta a mis perros”.
Asimismo, la distancia también le permitió observar a Argentina desde otra perspectiva. “Cuando uno se va, empieza a valorar cosas que antes daba por sentadas”. Y entre los ejemplos que menciona destaca especialmente la educación y el desarrollo científico. “Argentina tiene un nivel académico impresionante. Hay que defender la educación, la investigación y la ciencia porque son herramientas que generan oportunidades para miles de personas”.
Un futuro sin planes
Mientras avanza hacia el tramo final de su doctorado, evita hacer planes demasiado rígidos sobre el futuro. “No sé dónde voy a estar dentro de diez años. Me gustaría seguir en Italia porque encontré una segunda casa, pero la vida académica depende mucho de las oportunidades que van apareciendo”.
Lo que sí tiene claro es que seguirá vinculada a la investigación. “Siempre me veo haciendo ciencia. Soy muy curiosa y me encanta aprender”.
De Mendoza a los laboratorios de Nápoles, la historia de Paula refleja cómo la formación y la perseverancia por el conocimiento abre puertas en cualquier parte del mundo, llevando el talento mendocino a escenarios donde se construyen tecnologías del futuro.