Bruno Quagliarella
Bruno junto a sus compañeros extranjeros trabajando en una granja de energía solar.
Gentileza
También señala que Australia avanza hacia modelos más sustentables, donde las energías limpias ganan terreno frente a las fuentes tradicionales. En ese contexto, la capacidad de almacenamiento resulta fundamental para garantizar un suministro constante.
Su rol es versátil: “Nos pueden mandar a hacer básicamente cualquier tarea que necesiten”, cuenta. Además, explica que el sistema laboral permite trabajos temporales y variados, desde jardinería hasta tareas de plomería o electricidad, con jornadas que suelen ser de cuatro u ocho horas.
Remarca que existe la posibilidad de crecimiento: luego de ser labourer, se puede escalar a roles de asistente, muy comunes en empresas mineras, donde “el trabajo es mejor y tenés más comodidades”.
En cuanto a las granjas solares, destaca que son muy comunes en Australia, especialmente en zonas rurales, donde se alquilan grandes extensiones de tierra para alimentar la red energética. Ha trabajado con empresas como ACLE, All Energy y Bouygues Construction, aunque también hay muchas compañías de origen europeo.
La rutina diaria
Según su experiencia, las jornadas son largas y exigentes. “Me levanto a las 4:30 de la mañana, voy al gimnasio y a las 6:30 ya estoy trabajando”, cuenta.
A media mañana tienen un “smoko”, como llaman al descanso, una especie de pausa para café y cigarrillo que dura unos 15 minutos. Luego, a las 13, hacen el “lunch”, un almuerzo breve, y a las 17 regresa a su casa.
Reconoce que el pago es bueno y que, en la mayoría de los casos, se cobra semanalmente. Como referencia, menciona que hay trabajos que pagan entre 31 y 50 dólares por hora.
Sin embargo, el alto costo de vida hace que muchos extranjeros compartan vivienda. “Generalmente convivimos entre cuatro y seis personas porque es caro vivir solo”, explica.
En la zona donde vive hay una gran diversidad cultural. “Además de argentinos, hay italianos, franceses, alemanes, escoceses y mucha gente de Asia”, señala. A esa experiencia multicultural se suma la posibilidad de viajar: “He conocido Indonesia, Filipinas, Tailandia, Vietnam, España, Brasil y Chile”.
Una cultura muy particular
Bruno cuenta que le sorprenden varias cosas de Australia. “Me impacta ver gente en el mar sabiendo que hay ataques de tiburones, o encontrar una boa comiéndose un murciélago a metros de tu carpa”, relata.
Pero lo que más le llama la atención es la relación de los australianos con la naturaleza: “Dejan que todos los animales convivan con ellos. Por eso hay muchas moscas, pero también son muy cuidadosos con las arañas: no las matan, simplemente las dejan vivir”.
También le impacta ver personas de 75 u 80 años practicando surf. “Así como en Mendoza se va al Parque General San Martín, acá van a la playa a agarrar olas, y lo hacen muy bien”. Además, destaca la seguridad: “No tienen problema en dejar las tablas arriba del auto porque nadie las roba”.
Otra particularidad es el sistema migratorio: para extender la visa es obligatorio trabajar en sectores donde se necesite mano de obra. “Si en el segundo año no trabajás seis meses, no te renuevan la visa para el tercero”, explica.
A diferencia de otros países, "acá se consigue yerba, hay tiendas, justo en el pueblo que estoy, hay una tienda que vende porque gente del Líbano la consume" explica sorprendido.
Bruno Quagliarella
Bruno en el Lake Hume, un lago donde vivió por 3 meses y ahí aprendió el deporte paddle surf.
Gentileza
Extrañar las raíces
Bruno asegura que lo que más extraña es su familia —sus padres, Beatriz y Luis— y sus amigos. Tiene un hermano de 33 años, Franco, que vive en Francia, con quien mantiene contacto constante. “Algo que extraño de Mendoza es levantar la cabeza y ver la montaña; eso te ubica, te hace sentir en casa”, expresa.
Bruno Quagliarella
Bruno en el aeropuerto de Mendoza junto a su madre Beatriz Bustos y su padre Luis Quagliarella, antes de viajar.
Gentileza
Sin embargo, no extraña el estrés económico de Argentina. “Es más mental: hay gente que vive bien pero igual está estresada por la plata. Siempre se busca tener más por la incertidumbre”, reflexiona.
En contraste, describe a los australianos como más relajados: “Son austeros, resuelven las cosas sobre la marcha porque saben que tienen recursos para hacerlo”.
Bruno Quagliarella
Bruno trabajando en una solar farm en Australia
Gentileza
Una diferencia que observa es la relación con los animales: “En Argentina se entrena a los perros para que cuiden, pero acá les enseñan a respetar el semáforo, a no ladrar y a comportarse en público”. También menciona que trabajos como paseador de perros o peluquero canino están muy bien pagos.
Otro contraste es la vida nocturna: “Los fines de semana arrancan temprano, tipo 5 de la tarde, y a las 2 de la mañana ya están de vuelta en sus casas”. Esa experiencia es claramente muy diferente a la costumbre que tienen los jóvenes y adultos en Argentina.
Un amor argentino en Australia
Durante su estadía conoció a Valentina Lezcano, de 28 años. “Nos enamoramos y estamos proyectando una vida juntos”, cuenta. Ella es argentina, de Ushuaia, y estudió Relaciones Internacionales en Buenos Aires. Se conocieron trabajando en una solar farm.
Bruno Quagliarella
Bruno junto a su novia Valentina en una playa de Australia
Gentileza
Entre sus proyectos está crear un emprendimiento vinculado al turismo, al que llamarán ChillTrip: “Queremos ofrecer planes de viaje para quienes reciben visitas familiares en Australia, gestionando motorhomes, campings y rutas personalizadas”. La idea comenzó este verano donde hicieron una ruta de casi 3.000 km por las playas del país. Cuenta que los australianos tienen camionetas bien equipadas para ir a acampar, con carpas arriba del techo, y con medias sombras "con remolques terribles".
Su futuro en Mendoza
Aunque disfruta su presente, Bruno tiene claro su futuro: “En 10 o 20 años me veo viviendo en Mendoza. Es algo que no voy a dejar”. Pero reconoce que el vivir fuera del país le ayudó a "abrir más la cabeza", a conocerse más y saber cuando decir si y no, ante desafíos y decisiones que se presentan.
Reconoce que vivir fuera del país le permitió crecer, abrir la cabeza y enfrentarse a situaciones que lo obligaron a tomar decisiones importantes. “Aprendés a arreglártelas solo, a decir que sí y que no, y a adaptarte todo el tiempo”, reflexiona.
Sin embargo, hay algo que no cambia. Más allá de los viajes, del trabajo y de las oportunidades, su identidad sigue estando profundamente ligada a sus raíces. Mendoza no aparece solo como un lugar al que volver, sino como un punto de pertenencia constante.
“Cuando estás lejos, te volvés más patriota”, resume. “Valorás más lo que tenés y entendés cosas que antes no veías”. Y en esa mezcla de distancia y aprendizaje, entre el presente que construye en Australia y el futuro que imagina en su tierra, se define su historia: la de un mendocino que salió al mundo sin rumbo claro, pero que encontró su lugar sin dejar de mirar hacia casa.