“La gente suele usar las palabras ‘bipolar’ o ‘depresivo’ para describir cambios de ánimo, pero en realidad se trata de enfermedades”, comenzó aclarando Vilapriño en su charla con Aconcagua Radio. En ese sentido, remarcó que el trastorno bipolar implica un cambio patológico y permanente en la energía del cerebro, lo que lo convierte en una enfermedad crónica, a diferencia de la depresión, que no necesariamente tiene esa evolución.
Según el especialista, la confusión es frecuente en el discurso social y político. “Se dice, por ejemplo, que el presidente es bipolar porque toma decisiones drásticas. Eso no es bipolaridad. Una persona con la enfermedad no podría sostener esas funciones ejecutivas de manera permanente”, señaló.
Respecto al origen del trastorno, Vilapriño explicó que existe una predisposición genética: “Si hay familiares con depresión o bipolaridad, el cerebro es más frágil. Cuando esa vulnerabilidad se combina con un estrés sostenido durante meses, el cerebro empieza a funcionar mal en sus circuitos y aparecen los episodios”. Estos episodios pueden ser depresivos o de manía, y durar semanas.
El diagnóstico, advirtió, no siempre es inmediato. “En la mayoría de los casos, los pacientes atraviesan años con episodios depresivos a repetición —dos o tres por año— sin que se los diagnostique como bipolares. Recién después de siete u ocho episodios aparece el primero de elevación del humor y ahí se confirma”, explicó.
La detección temprana puede apoyarse en factores de sospecha: antecedentes familiares, estacionalidad (primavera u otoño) o situaciones específicas como el posparto. “Cuando se observa un segundo episodio depresivo con esos elementos, el médico puede prever que se trata de un trastorno bipolar. Y allí cambia la estrategia: no se indican antidepresivos, sino estabilizadores del ánimo”, detalló.
En cuanto al acompañamiento, Vilapriño subrayó la importancia de abordar también el consumo de alcohol y drogas. “Muchos pacientes recurren a ellos como automedicación, antes de consultar al médico, y eso agrava la enfermedad”, advirtió.
El impacto en la vida cotidiana es severo: “No se trata de alguien triste. Hablamos de personas que no pueden levantarse de la cama, que no pueden ir a trabajar, que dejan de disfrutar lo que antes les hacía bien, incluso de sus hijos”, describió. Estos episodios, si no son tratados, pueden extenderse durante dos o tres meses y repetirse varias veces en un mismo año. “El deterioro personal y familiar que generan es enorme”, concluyó.
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