Así lo canta el Nano Serrat, deseando que muchas realidades de nuestro mundo fuesen mejores. Así intento hacerlo yo, acompañando palabras, con el espléndido “sueño de Iglesia” que nos acaba de regalar el papa Francisco.
Así lo canta el Nano Serrat, deseando que muchas realidades de nuestro mundo fuesen mejores. Así intento hacerlo yo, acompañando palabras, con el espléndido “sueño de Iglesia” que nos acaba de regalar el papa Francisco.
Sería fantástico que los católicos “apostásemos por la misericordia”,
que nadie se sintiese juzgado/a.
y que a todos comprendiésemos y acompañásemos.
Sería fantástico que la Iglesia fuese “casa de todos”,
“madre amorosa que cura heridas”
y crea cercanía, proximidad y hogar.
Sería fantástico encontrarnos con una Iglesia que “anuncie” la Buena Noticia de Jesús,
que respete la libertad de cada uno/a
y que ni a cercanos o lejanos “imponga” doctrinas o normas.
Sería fantástico que tuviésemos en cuenta “a cada persona con sus circunstancias”.
que las normativas generales no aplastasen a los individuos
y que “fuésemos hogar” para los homosexuales y los divorciados.
Sería fantástico que aquellos creyentes que “viven condenandos”, cambiasen,
que pidiesen público perdón
y que ofreciesen sus vidas para calmar tanto dilatado dolor.
Sería fantástico que no nos sintiésemos “dueños de Dios”,
que nuestra fe fuese un “caminar en la esperanza”
y que a Él lo encontrásemos y lo siguiésemos “siempre a tientas”.
Sería fantástico que, de una vez por todas, “aceptásemos” el amor de Dios,
que “es más grande que nuestros errores y pecados”
y que siempre nos espera como a hijos.
Sería fantástico que “nos sintiésemos parte” de esta humanidad,
que “caminásemos con ella en la noche de la existencia”
y que nos diésemos la mano para no equivocar el sendero.
Sería fantástico que la Iglesia se pensase como “pueblo de iguales”,
que nadie se considerase “doctor”, “funcionario” o “señor feudal”
y que, los creyentes y no creyentes, nos tuviesen por “sus servidores”.
Sería fantástico que las mujeres, en la Iglesia , “no se sintiesen invitadas”,
que “tuviesen mayores responsabilidades” en ella
y que ocupasen sitios de decisión y de autoridad.
Sería fantástico que “no penalizáramos a la mujer sumergida en el drama del aborto”,
que nos pusiésemos en su lugar y en su piel
y que le ayudásemos a recomenzar, como todos recomenzamos cada día.
Sería fantástico que la Iglesia “fuese comunidad”,
alejada del individualismo, del egoísmo, de la oferta religiosa
y que “compartiésemos” talentos, tiempo y bienes.
Sería fantástico que “captásemos los signos de nuestro tiempo”,
que los “discerniéramos” Evangelio en mano
y que nunca más embarcásemos tarde en el tren de la historia.
Sería fantástico que estuviésemos “abiertos al diálogo con todos”,
que supiésemos percibir y acoger “las semillas del Espíritu”
y que “respetásemos” las decisiones tomadas en conciencia.
Sería fantástico que al decir 'Iglesia' “nos incluyésemos todos”,
que no hubiese superiores e inferiores, dignidades e indignos
y que mutuamente nos comportásemos como “iguales ante Él”.
Sería fantástico que continuamente encontrásemos “nuevos caminos”,
que fuésemos hacia “las periferias de la humanidad doliente”
y que siempre “saliésemos a buscar” y a dar una mano sin nada pretender.
Sería fantástico que aprendiésemos aquello de “misericordia quiero y no sacrificios”,
que las normas “no son todas equivalentes”
y que “el anuncio del Evangelio es previo” a toda obligación moral o religiosa.
Sería fantástico que pusiésemos en relieve la “santidad primera y primordial”,
que toda persona que obra bien está unida a Dios
y que la buena labor de cada día es semilla de una nueva humanidad.
Sería fantástico que releyésemos el Evangelio “a partir de la situación histórica”,
que discerniésemos “los signos de los tiempos”
y que recordásemos que Dios “actúa en la historia” de la humanidad.
Sería fantástico que nuestra fe “no fuese una fe de laboratorio”, de libros,
que nuestra fe “se acrisolase en el camino” y en la experiencia de la vida
y que se hiciese camino al andar.
Sería fantástico que nunca perdiésemos de vista “lo humano”,
que nuestro pensamiento lo validase
y que todo pensamiento deshumanizante “dejase de ser válido”.
Sería fantástico que fuésemos “profundamente esperanzados”,
que superásemos el vano optimismo infantilizante
y que, anclados en la “esperanza cierta”, trabajásemos cada día.
Sería fantástico que respetásemos los "ámbitos diversos" del Estado y de la Iglesia,
que no hubiese interferencia entre ambos ni imposición de uno sobre otro
y que nos atuviésemos a nuestras responsabilidades.
Sería fantástico que todos, sinceramente, “nos considerásemos pecadores”,
que recordásemos: “No he venido para los justos sino para los pecadores” (Jesús)
y que todos sintiésemos “el Amor que nos inunda”.