Durante 10 años los gobiernos del kirchnerismo actuaban como los buenos magos: guiaban la mirada del público a la mano izquierda y de repente, ¡sorpresa!, hacían aparecer la moneda en la derecha.
Durante 10 años los gobiernos del kirchnerismo actuaban como los buenos magos: guiaban la mirada del público a la mano izquierda y de repente, ¡sorpresa!, hacían aparecer la moneda en la derecha.
El truco lo operaba en gran medida el “relato”, un popurrí de eslóganes que ayudaba a resaltar la dimensión épica de sus acciones y a minimizar las consecuencias negativas o las contradicciones, por evidentes que fueran. La audacia política hacía el resto.
Se trataba de “ir por más”. Pero algo cambió en este 2013 que se va. De las galeras no salen conejos. Las cartas se atascan en la manga. Y la Presidenta parece resignarse a gobernar sin el auxilio constante de su -nunca desmantelado- Estado de propaganda.
Si el truco de la “democratización de la Justicia” falla, todavía le sobra poder para forzar la expulsión del fiscal que investiga alguno de los negocios de su socio Lázaro Báez. No hace falta una justificación redentora. Se hace y punto.
Los voceros de la Presidenta apenas atinan a calificar de “negocios privados” las revelaciones de Hugo Alconada Mon en la Nación sobre los pagos de Báez a la familia Kirchner por el supuesto alquiler de sus hoteles patagónicos. Y callan ante los intentos de censura promovidos por el empresario. ¿La “democratización de la palabra”? Un recurso para otras épocas.
La bandera más querida del kirchnerismo, la de los derechos humanos, flamea a media asta. Un espía militar sospechado de delitos durante la dictadura (por no hablar de temas patrimoniales más recientes) es ascendido y promovido a jefe del Ejército. ¿El relato? Sólo se nos dice que “no está procesado” y que debe presumirse su inocencia.
Los ideólogos del reformismo oficial se quedan mudos ante los cortes de luz. El patriotismo que permitió “devolverles YPF a los argentinos” se archivó en busca de inversiones urgentes para beneficio de una multinacional como Chevron. Nadie se preocupó por hacer aflorar maravillas del contrato secreto para explotar los tesoros de Vaca Muerta.
Tal vez sea desconcierto; tal vez sólo las consecuencias de un año horrible para la Presidenta: fracasó con su reforma judicial, la inflación fue la más alta en una década, hubo 14 muertos en la semana de los saqueos, las elecciones legislativas enterraron el sueño de la re-reelección, crecieron la pobreza y la desigualdad, se ahondó la sequía de dólares.
Su salud la obligó a largas semanas de inactividad. Hasta -¡el colmo!- eligieron Papa a uno de sus peores enemigos (aunque ella supiera luego aferrarse a la mano que él le tendió).
Podrán estar desprovistos de encanto, pero hay una lógica en sus últimos movimientos, desde la renovada presión a la Justicia hasta el incentivo al espionaje militar o el destrato a los opositores (como el que sufrió De la Sota durante los saqueos en Córdoba). Con su popularidad afectada y cercada por los problemas, Cristina Kirchner avisa que pretende mandar hasta el último día.
Son señales para imaginar 2014. Un anticipo de lo que les espera a quienes sigan investigando los negocios del poder, a los dirigentes que olfateen nuevos liderazgos o a los empresarios que se resistan a aplicar los manuales de economía kirchnerista. Acaso no sea algo tan novedoso. Apenas el triunfo del morenismo sin Moreno.