16 de octubre de 2016 - 00:00

Selección argentina: el peligro de pasar del messinismo al messianismo

El estado de euforia colectiva se liga así a la variable triunfador/virtuoso o perdedor/despreciado, al igual que sucedía en la mitología griega. De tal modo, en la percepción generalizada se pasa de convertirse en el sostén de la esperanza a ser señalad

Casi como si se aplicara el concepto nietzscheano de la teoría del eterno retorno, el regreso de Lionel Messi a la consideración general refuerza el concepto de que el fútbol se recicla permanentemente a partir de la consagración de figuras hegemónicas. Es parte del metro patrón con el cual se mide el fenómeno, largamente enraizado no sólo como un deporte de alcance masivo sino también como un factor de aglutinamiento social. Ubicar en lo alto de la pirámide a un futbolista estrella es un signo de las características identitarias que alcanzó esta disciplina deportiva en poco más de un siglo de historia. El imaginario colectivo lo realiza a través de la proyección divinizando las cualidades del deportista hasta situarlo en un plano de paradigma. Tamaña carga simbólica le juega tanto a favor o en contra al portador de tales expectativas. No resultaría ajena la identificación con el mito de Sísifo: la carga pesada que el crack porta sobre sus espaldas es la que mantiene una relación simétrica con una condena para siempre y de la que no podrá zafar ni aunque lo siga intentando. La cultura del exitismo posee sus reglas propias y en éstas no existe el término medio.

En alrededor de cien días, Messi atravesó etapas diferentes en la valoración popular. Tras anunciar su renuncia a la Selección luego de la final perdida ante Chile -Copa América Centenario- la reacción global halló puntos equidistantes no sólo geográficos sino también a partir de los intereses particulares. En la Argentina, por ejemplo, se dividieron las aguas entre quienes reclamaron a gritos que el astro reflexionara para dar marcha atrás con su decisión y entre quienes consideraron una afrenta al orgullo nacional que el jugador se negara a seguir representando al seleccionado argentino. En España, más específicamente en Barcelona, el aficionado catalán vio como un respiro que la nave insignia del equipo volviera a tener dedicación plena para su club.

Aquí es donde conviene un punto de inflexión. Sucede que la imagen de Messi mutó en una década desde la de niño prodigio del fútbol hasta la de ser el depositario excluyente de aquello que se espera de un infalible. Del Messinismo se pasó al Messianismo, valga el juego de palabras. Y el haber dejado la vara alta de medición provocó el efecto adverso a lo que inclusive el propio futbolista pregona: el formar parte de una estructura de conjunto. Lo hace cuando juega en forma descontracturada en el Barcelona y la propia mirada del público lo sitúa en ese lugar. Sin embargo, el rol cambia taxativamente cuando Lio viste la camiseta de la Selección. Ya fue decantando su estela a la de encarnar el estereotipo de quien tiene el poder para resolver todos los problemas habidos y por haber. Un espacio incómodo en el cual moverse y que lo convierte en una figura de características mesiánicas. Nada más alejado de lo que representa un deportista, máxime si lo es de un deporte de conjunto y no de uno individual.

Tampoco es novedoso este enfoque en la vida de los argentinos. Fue Diego Maradona quien fue ubicado en el mismo plano durante una década y media, aproximadamente, y con tintes de endiosamiento que le terminaron agravando a él mismo situaciones derivadas de su inestabilidad emocional. Mientras su trayectoria iba paralela al éxito deportivo, el eximio futbolista llegaba a los máximos niveles del reconocimiento general. Cuando empezó a declinar, la carga se invirtió y se lo juzgó tan drásticamente que hasta se puso en duda el por qué se lo había justificado antes.

El estado de euforia colectiva se liga así a la variable triunfador/virtuoso o perdedor/despreciado, al igual que sucedía en la mitología griega. En la percepción generalizada no existe el equilibrio para el juzgamiento y se pasa de convertirse en el sostén de la esperanza a ser señalado como el responsable principal de la eventual frustración.

Hoy día, a Messi se le vuelve a pedir que emerja como la salvación encarnada para que la Selección enderece su marcha y se recomponga. Y es solicitarle demasiado a una sola persona sin ponerse a pensar que hay diez más dentro de la misma formación. Es cierto que tras su reaparición en Mendoza, a principios de setiembre pasado, la influencia que tuvo el brillante jugador fue determinante para la victoria ante los uruguayos. E igualmente que como una lesión muscular lo dejó sin jugar frente a venezolanos, peruanos y paraguayos, el resto de sus compañeros no contó con quien marcara la diferencia ante los adversarios. Incluso, dos empates y una derrota provocaron que la representación nacional se quedara fuera - momentáneamente - del grupo de los que se están clasificando para el Mundial 2018.

Es el momento de alejarse del messianismo para volver al messinismo. De lo contrario, se caerá en una zona gris en la que pareciera que se busca el salvador en vez de repartir la cuota de protagonismo entre todos los componentes de un grupo. Hacerse cargo de las responsabilidades, de eso se trata.

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