"No es fácil y tenemos nuestros bajones de ánimo, pero estoy agradecida porque tengo a mi hijo vivo y no pierdo la fe en que él pueda estar un poco mejor", dice Alejandra mientras acaricia pacientemente las manos de Sebastián, su hijo de 24 años, que acarrea desde hace tres años una grave lesión neurológica, secuela del feroz ataque de una patota, que lo asaltó a la salida de un baile.
"Nadie está preparado para esto y no hay un manual", agrega Alejandra y hace un gesto que queda a mitad de camino entre la sonrisa y la resignación: "Cambió su vida y cambió la nuestra también, pero no podemos aflojar porque él nos necesita".
A Sebastián Montellanos la vida le dio un vuelco trágico en junio de 2015; hasta entonces había sido un vecino más de la zona sur de Palmira, la más postergada de la ciudad y ayudaba en su casa con el dinero que le dejaba alguna cosecha o el trabajo en galpones de empaque; para esa época, la de la bisagra en su vida, atendía un lavadero de autos y esperaba el primer cumpleaños de su hijo.
"A él no le gusta ir a bailar pero aquella noche lo invitaron y al final aceptó. Fue a un boliche en Rodeo del Medio y a la salida me lo agarró una patota", cuenta su mamá y en el recuerdo se le angustia la voz. No hubo testigos del ataque, aunque por las huellas fueron más de cuatro y tras golpearlo, a Sebastián lo arrastraron hasta un descampado donde le quitaron lo poco que traía encima. Antes de escapar, uno tomó un pedazo de escombro y le partió la cabeza. "No había necesidad, si ya no se defendía", razona Alejandra.
Horas más tarde, a Sebastián lo encontró el perro de un vecino que de tanto ladrar alertó a su dueño. Tenía la cabeza estallada y lo rodeaba un charco de sangre en la tierra; lo dejaron tan mal que los primeros policías lo dieron por muerto: "Fue un milagro que haya seguido vivo", dice la mamá y en el hospital, Sebastián pasó medio año comiendo por el estómago y casi sin reaccionar a los estímulos.
Al comienzo, una médica le dijo a Alejandra y a su esposo Mario que se resignaran, que Sebastián nunca saldría del estado vegetativo. Pero salió y con mucho esfuerzo propio, de su familia y del Centro Amigo del Discapacitado Motor (Cadim) el muchacho mostró progresos en el último año.
La casa de los Montellanos es pequeña y de adobes agrietados; la familia tuvo que acomodar los pocos espacios a la nueva realidad del muchacho y así, el antiguo taller de televisores de Mario es ahora un comedor, el dormitorio de los hijos sumó la cocina y Alejandra y Mario duermen en un rincón; también abrieron un hueco en una de las paredes, que a modo de puerta comunica los ambientes.
La solidaridad de la gente ayudó a transitar los primeros y más difíciles momentos, hubo ayuda y donaciones, fundamentalmente con la leche especial que toma Sebastián y con los pañales, que luego pudo dejar: "Ahora pide y aunque no habla, hemos aprendido a comunicarnos en muchas cosas", dice Alejandra. Los daños que Sebastián recibió en la cabeza le acarrearon además numerosos problemas motrices.
Es media mañana en la casa de los Montellanos y Mario ha salido temprano por una changa, la hermana de Sebastián viste a uno de sus hijos y Alejandra ceba unos mates: "Los dos primeros años fueron difíciles y yo casi ni salía por cuidar a mi hijo. Después entramos a Cadim y Sebastián comenzó a mejorar".
Entre las dificultades que cada día atraviesa la familia está la del baño: la casa no lo tiene y solo hay una letrina en el fondo del lote disimulada detrás de unos ladrillos apilados, un lugar inaccesible para Sebastián: "En verano lo baño en el patio y en el invierno pongo unos trapos en el piso y lo bañamos en una silla cerca de su cama", explica Alejandra, ilusionada porque gracias a la solidaridad de algunos, la casa tendrá en pocas semanas un nuevo baño, fundamental para mejorar la calidad de vida de Sebastián.
"Armamos una campaña y muchos han colaborado, desde entidades del estado como Vialidad o Desarrollo Social de la provincia a empresas de la zona y también vecinos", cuenta Fernando Alim, titular de Cadim.
Así, en el frente de la casa ya están descargados el ripio y la arena, y en estos días llegan los ladrillos, el cemento, el techo, la puerta y los sanitarios. A la construcción del baño la va a encarar Mario pero como no conoce mucho de albañilería se han ofrecido dos tíos y un par de amigos para ayudarlo.
"Sé que nunca va a volver a ser el mismo, que no podrá hablar ni caminar sin ayuda pero cada logro es un triunfo para nosotros y tengo fe en que va a salir adelante", dice Alejandra y cierra: "El nuevo baño será una solución para él y toda una alegría y habrá que disfrutarla".
Cadim aporta para la construcción del baño en la casa de Sebastián unos 1.100 ladrillos, todos moldeados a partir del reciclado de botellas plásticas, un programa que lleva adelante la comuna de Junín y con el cual, ya se levantó una casa completa.
El departamento vecino recicla hasta el 60% del plástico que utiliza a través de 70 puntos de acopio de botellas y envases, lo que le permite una producción diaria que ronda los 500 ladrillos.
Hacer ladrillos de plástico no es más barato que usar arcilla y por eso, la tarea solo puede encararla el estado"Nosotros hemos llevado a la comuna de Junín unos 500 bolsones con botellas plásticas y a cambio, recibimos de la Municipalidad ladrillos construidos con ese plástico", y cierra Fernando: "La idea es que ese baño sea ecológico y estamos a punto de obtener un termo tanque solar.".