El percance físico que padece Cristina Fernández de Kirchner puso en estado de alarma al Gobierno nacional y a todo el país. Es lógico, se trata de la presidenta de la República y repentinamente debió ser operada -con éxito y sin complicaciones- de un hematoma en el cráneo producto de un accidente doméstico que sufrió la mandataria hace dos meses, del que el Ejecutivo no informó en absoluto a la sociedad.
Este trance en la salud de la Jefa de Estado dejó al desnudo la vulnerabilidad del sistema institucional argentino que gira hoy más que nunca en torno a la figura del presidente de la Nación dado que en los últimos diez años se llevó al paroxismo la centralidad del primer mandatario en la toma de las decisiones, en todos los órdenes.
Los controles institucionales previstos por la Constitución, las propuestas surgidas en el Parlamento, el debate entre fuerzas políticas fueron prácticamente suprimidos ante la necesidad de salir de la mayor crisis política, económica e institucional de la historia del país (la de 2001-2002) y, así, un estado de emergencia que puso la suma del poder en manos del presidente pasó de ser excepcional a transformarse en normal.
El híper-presidencialismo, al que los argentinos estamos acostumbrados, mostró su costado más débil en las últimas horas cuando funcionarios, políticos en general y ciudadanos de a pie se preguntaron con razón quién mandará cuando la Presidenta deba hacer reposo por dos, tres o más semanas.
La sensación de vacío de poder se instaló no por el complot de las corporaciones que la militancia K gusta llamar "destituyentes" sino por algo que nadie tenía previsto: una falla en la salud de Cristina Kirchner y la consecuente ausencia temporaria de ella del centro de la escena.
De ahí que haya sido el propio Jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, quien el miércoles debió salir a decir que "las decisiones las sigue tomando Cristina" (¿aún desde la unidad de terapia intensiva?), no sólo para llevar tranquilidad a los ciudadanos en general -a tres semanas de los comicios generales- sino también para sosegar las apuestas de desgobierno que surgieron en el seno del poder político cuando el vicepresidente Amado Boudou, uno de los políticos más desprestigiados del país, tomó las riendas formales de la República y debió convivir con las marchas y contramarchas decididas por el núcleo duro que rodea a la Presidenta, que le tiene recelo.
La secuencia fue parecida a una comedia de enredos: Boudou presidió un acto en la Casa Rosada el lunes sin saber que la mandataria había sido internada de nuevo y que sería operada, asistió a Córdoba el martes a un acto del kirchnerismo (lo cual generó cruces con el delasotismo, que aprovechó la ocasión para sacar rédito político previo a los comicios) y terminó siendo corrido de otros actos -algunos se suspendieron- para evitar posibles pérdidas de votos.
El kirchnerismo salió así a luchar contra el fantasma de la debilidad política que apareció de golpe como producto de un hecho real e inapelable: la operación quirúrgica de la Presidenta. Circunstancia ésta que además de no haber sido buscada por nadie se encastró con un proceso político iniciado el 11 de agosto cuando el Gobierno salió mal parado de las primarias, el oficialismo tuvo que clausurar su sueño de eternizar a Cristina Kirchner en el poder y se abrió la discusión por la sucesión presidencial prematuramente.
No es la primera vez que la Argentina conoce las consecuencias no buscadas del híper-presidencialismo ya que esta desviación de la forma de Gobierno formulada por la Constitución es funcional a un país que atraviesa crisis cíclicas de grandes dimensiones y que por ello apuesta a liderazgos fuertes, paternalistas.
El episodio más traumático fue sin dudas la muerte de Juan Domingo Perón en 1974, que dejó a su viuda y vicepresidenta, María Estela Martínez de Perón, al frente del poder. El fantasma de "Isabelita" se coló por estas horas en la mente de muchos peronistas -pese a que la operación de la Presidenta no tuvo altos riesgos ni estuvo en juego su vida- debido al enorme poder que detenta Cristina Kirchner, que ella no comparte con nadie más (todo el gobierno recae sobre sus espaldas), y debido a que Boudou fue alejado por la propia Jefa de Estado de su círculo áurico luego de que éste provocara una crisis política gratuita cuando buscó defenderse de las acusaciones judiciales y mediáticas de tráfico de influencia que pesan sobre él en torno a la venta de la principal imprenta del país, la ex Ciccone Calcográfica, lo que obligó al Gobierno a estatizar la misma y pagar un alto costo político.
Las propuestas de atenuar el híper-presidencialismo argentino provienen de varios sectores de la academia y de la política. El juez de la Corte Suprema más cercano al Gobierno, Raúl Eugenio Zaffaroni, viene proponiendo en soledad el paso a un sistema parlamentario en el cual haya una división de tareas entre un presidente, electo por el voto directo, y un primer ministro colocado por el Parlamento en elecciones de medio término.
El kirchnerismo sólo se entusiasmó con la idea cuando creyó encontrar la posibilidad de motorizar a través de ella una reforma constitucional que le permitiera la reelección a Cristina Kirchner pero luego se desencantó rápidamente porque nada está más lejos del kirchnerismo que la idea de compartir las decisiones y el manejo de los recursos públicos. (Sería pasar del híper-presidencialismo al mini-presidencialismo, según su manera de ver las cosas).
También Eduardo Duhalde propuso recientemente un cambio constitucional - "unos retoques"- para atenuar el híper-presidencialismo y sugirió que todos los partidos políticos consensuen una serie acotada de cambios y que el Papa Francisco sea el garante del entendimiento político.
Todas estas propuestas buscan dejar atrás los experimentos fallidos planteados por la Constitución de 1994 en la que el alfonsinismo le sacó al menemismo una serie de remedios al presidencialismo a cambio de la reelección presidencial.
Como se sabe, la invención de la figura del Jefe de Gabinete terminó quedando a mitad de camino y actualmente es sólo un ministro coordinador que debería ir a cada cámara del Parlamento cada dos meses a rendir cuentas y no asiste ni siquiera una sola vez al año a cada una.
Para complicar más el panorama, la mayúscula crisis de hace 12 años dejó instalada la excepcionalidad en la Argentina, lo que implica en los hechos una enorme delegación de poderes del Congreso al Ejecutivo (el miércoles se postergó la ley de Emergencia Pública por dos años más), superpoderes para cambiar partidas presupuestarias votadas por el Parlamento y Decretos de Necesidad y Urgencia (DNU) que no tienen asiento en situaciones ni de necesidad ni de urgencia, que sólo son aprobados por una sola de las cámaras del Congreso.
La historia argentina, escrita con hombres y mujeres de carne y hueso que un día pueden dejar de estar presentes (como pasó hace tres años con la shockeante desaparición de Néstor Kirchner), dejó estos días un aviso a toda la República cuando llevó sorpresivamente a Cristina Kirchner a un quirófano y junto a ella quedó hospitalizada la toma de todas las grandes decisiones que conciernen al país.
Se habló de un vicepresidente en la sombra, por el rol del secretario Legal y Técnico Carlos Zannini, el hombre de más confianza de Cristina Kirchner y anteriormente de su marido. Se temió por un vacío de poder temporario y hasta por la posible anticipación de la transición que la Constitución prevé que debe darse en 2015.
Fantasmas -todos- que aparecieron de un minuto a otro pero que estaban agazapados en algún rincón opaco de esa enorme maquinaria de poder en la que ha devenido el sistema híper-presidencialista, cuyo talón de Aquiles es aquello que los humanos no podemos controlar del todo: la finitud de la vida de quien detenta todo el poder.