1 de marzo de 2014 - 01:24

La sabiduría de callar

El arte de opinar es un hábito muy productivo, pero ejercer ese derecho sin fundamentos irrebatibles lo único que hace es confundir y llevar irremediablemente al error.

Bueno es saber hablar para exponer y comunicarse, pero también es aconsejable aprender a callar y así poder escuchar aprovechando para instruirse. Aunque las definiciones por el lado negativo no son del todo buenas, en este caso el "no hablar" en determinadas ocasiones da beneficios o -al menos- evita perjuicios y abre una interesante perspectiva.

Entramos en un año con torneo mundial de fútbol y todo. Cosa linda... Y ésta es una de las oportunidades que nos da la vida para embanderarnos bajo el mismo color y transformarnos en cuarenta millones de directores técnicos, aunque poco y nada se sepa de la parte técnica del deporte que nos une (y también nos desune, a veces) a los argentinos.

En este tipo de conversaciones, el opinar divierte, aglutina y nos distrae saludablemente. Sobre fútbol está permitido hablar sin saber y -como he dicho- tiene aspectos sociales positivos.

Opinar es la cuestión, pero uno debe decidir cuándo hacerlo y cuándo no. Si bien opinar libremente es una de las más bellas propiedades de la libertad en democracia, no siempre estamos en condiciones de soltar la lengua o repetir lo que nos dijo "el amigo del cuñado de alguien que dicen que sabe".

Ante todo, nadie puede ni debe oponerse a que cualquier ciudadano se exprese, porque de eso se trata la convivencia en sociedad. Pero frecuentemente sucede que somos proclives a darnos por entendidos antes que darnos por enterados; parece que nos duele que el otro descubra que no conocemos bien algún tema, en particular los más candentes.

Y hay asuntos delicados y suficientemente críticos en los que las opiniones de los inexpertos no sólo generan ruido sino que contribuyen a la confusión, oscurecen la versión de los especialistas y nos conducen casi sin remedio al error.

Otras veces se ha visto la tendencia a sumar gente para oponerse o apoyar determinada actividad. Tenemos que tener cuidado con estas acciones porque la verdad no se consigue agregando número sino demostrándola. Y para ello es menester una sola buena exposición, debidamente fundamentada, que cientos de opiniones sin base que nos hablan de un "yo creo que esto debería ser de esta manera", en lugar de "queda demostrado que esto es así".

Hay asuntos en los que todos estamos en condiciones de dar nuestro parecer cuando se trata de cuestiones vinculadas con la ética, como por ejemplo la eutanasia, el aborto, etc. Pero cuando se trata de cuestiones vinculadas a lo técnico o lo científico, no tiene valor decir "a mí me parece..." o "yo creo que... y por tanto me opongo", porque en las ciencias valen las pruebas, muy poco y nada aportan las "creencias".

La cantidad de opiniones de flojo sustento no construye ni fortalece verdad alguna. Nadie ignora que Galileo tenía razón al refutar la concepción geocéntrica; pero Galileo perdió la votación.

Si bien vivimos en democracia y el voto es la mejor herramienta, esta metodología no deberíamos extrapolarla a terrenos donde deben primar las bondades de las fundamentaciones, basadas -a su vez- en hechos bien establecidos. Y cada uno tiene, dentro de sí, señales que indican si estamos poniendo en función el habla antes de tener correctamente consolidados los argumentos en el cerebro.

Es como el disco PARE (aprovecho esta digresión); pocos lo acatan como debe ser: ¡PARE!

La señal existe, no tenemos que decidir si la obedecemos o no; debemos acatarla, ésa es la ley. Pues bien, si en el cerebro existe la carencia conceptual (cada uno sabe cuándo es así) es obligatorio -pues la prudencia lo manda- callar para poder aprender, escuchando la palabra de los que saben sobre el particular.

El mismo Einstein decía que él no era un sabio sino un ignorante de muchas otras cosas... Y nuestro Atahualpa Yupanqui enunció: "No es lo mismo pegar un grito en un cerro que el Sermón de la Montaña".

En cada esquina que haya un disco PARE, respetémoslo, y en cada cruce de la vida diaria, cuando nos sorprendamos opinando con poca o nula base, callemos, escuchemos y aprendamos. Hay que saber cuándo parar de hablar.

Y en junio disfrutemos de la posibilidad de enzarzarnos en las polémicas futboleras y opinemos sobre la línea de tres, del doble cinco o el media punta, de atacar con dos o con tres, etc., que en estas cosas, felizmente, no hay riesgo de sentirse el gran DT aunque sea por un mes.

En otros temas, bajemos la voz y levantemos la oreja.

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