En 1969 todos sabían que la Apolo XI estaba por llegar a la Luna. Y que iban a vivir, sentados en su sillón, frente a un televisor blanco y negro, en 3, en 2, en 1, ese momento bisagra en la historia de la humanidad. Muy por el contrario, Bergoglio alunizó en el Vaticano de sorpresa, calladito. De repente se abrieron las puertas del balcón de la Basílica de San Pedro y el que estaba debajo de la escafandra, sonriendo, era él: “Buona sera”. ¿Era cierta esa imagen? ¿Un argentino allá arriba?
Sí. Hay un Papa de Flores. Ni el más imaginativo de los cuentos de Dolina lo había aventurado.
Para la psicología sistémica o cognitiva -con las variantes del caso-, el reframing es una intervención terapéutica por la cual se le ofrece al paciente otro punto de vista sobre el conflicto. Al cuadro se le cambia el marco, el frame, buscando así que la atribución que el sujeto le da al problema sea menos angustiante.
Observen el siguiente ejemplo clínico: un paciente de 21 años padece una infección en uno de sus pulmones y, encadenado con sondas a una cama, se retuerce en inenarrables dolores. Ni su familia ni sus amigos logran consolarlo ni contenerlo. Para él, la vida va perdiendo sentido. Hasta que un día viene una terapeuta -en rigor, una monja- y le dice: “Con tu dolor, estás imitando a Cristo”. ¿Y qué ocurre? Que esa frase no lo cura pero lo alivia como jamás nadie logró aliviarlo. Para siempre. Le da un sentido a su sufrimiento y lo ennoblece.
Las cosas de la vida, ese joven de 21 al que hubo que extirparle parte del pulmón hoy le está dando aire al catolicismo. Exageremos: el de la monjita a Jorge Bergoglio fue el reframing más trascendental de la historia moderna. Años después de haber sido intervenido terapéuticamente por aquella religiosa que le extirpó la desdicha, metamorfoseado ya en Francisco y a bordo de un avión lleno de periodistas, deja caer una frase: “¿Quién soy yo para juzgar a un gay?” En ese mismo acto, como por arte de magia -o por milagro, ya que estamos-, miles de almas son liberadas de una lucha interna: por un lado, su pulsión; por el otro, su formación religiosa que los conmina a reprimirla.
Volvamos a exagerar: ese “¿quién soy yo para juzgar a los gays?” fue el acto de psicoprofilaxis más trascendental de la historia. Si bien el Papa no dijo que apoyaba el casamiento igualitario, estaba diciendo que la Iglesia dejaba de condenar esa condición. Aquel 29 de julio de 2013, desde diez mil metros de altura, Francisco arrojó a los homosexuales creyentes una bomba de paz.
Hasta aquí, un texto optimista, despejado y con sol. Vamos a nublarlo: Francisco suele hacer llamadas telefónicas sorpresa. ¿Qué pasaría, en un juego de la imaginación, si este Papa llamara a aquel arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio? ¿Qué le diría sobre sus declaraciones de julio de 2010, cuando afirmó sobre el casamiento igualitario: “Es la pretensión destructiva del plan de Dios”; “Aquí también está la envidia del demonio, por la que entró el pecado en el mundo”? El planteo es válido. Mucho se habla acerca de cómo Francisco está modernizando a la Iglesia. ¿Pero por qué no hablar de cómo el papado está modernizando a Bergoglio? A diferencia de aquel Jorge, este Francisco parece, de a poco, querer ampliar la foto. Gays y divorciados, júntense y sonrían. En la selfie de Dios entran todos.
Dios está en todas partes. Los papas, no. Benedicto no pudo llegar a una segunda reedición de sus pósteres ni hay panadería de Merlo que se haya sentido protegida con su almanaque. Francisco, en cambio, ya se hizo revista: 500.000 ejemplares fue la primera tirada en Italia con las mejores frases de la semana. Es el Papa pop. El que llegó a la tapa de la Rolling Stone por “hacer lío”.
Finalmente, hablemos de política. Para millones de argentinos, ocupó -tomando sin su consentimiento a Ernesto Laclau- el “significante vacío” capaz de aglutinar las otras demandas, la de paz, diálogo y no confrontación. Muchos creyeron ver en él al Papanauta, quien iba a poner coto al discurso amigo-enemigo del kirchnerismo. Cierto sector ligado al Gobierno que en las primeras 48 horas de asumido Bergoglio como Papa intentó vincularlo a la dictadura, a las 72 ya había hecho su conversión religiosa express.
Para el final, la perlita: el 20 de abril de 2013, cuando Mario Poli, con el aval de Francisco, asumió como arzobispo de Buenos Aires, parte del gabinete nacional debió concurrir a la Catedral porteña. Ese día vimos a Boudou arrodillado.
Al menos, la justicia divina pudo.