Después de más de un mes de completo silencio reapareció Cristina en cadena nacional. A efectos del análisis político parece más interesante todo lo que no se dijo, toda la comunicación no verbal, todo el montaje que lo rodeó que el discurso en sí mismo, construido básicamente sobre temas de evasión, chicanas y resentimiento.
Uno de esos elementos de contexto fue la infaltable claque aplaudidora y gritona que acompaña los actos de la Presidente. Un elemento imprescindible del decorado. Del decorado, sí, porque nunca los sectores populares estuvieron más ajenos al proceso de toma de decisiones en la Historia Argentina reciente. Nunca antes las decisiones tuvieron un trámite menos transparente.
Si la única justificación legítima del numerus clausus en los círculos del poder es su mayor conocimiento y prudencia en las cuestiones de Estado, es difícil justificar por qué no se implementan procesos de toma de decisiones más amplios y participativos, porque este gobierno nunca se ocupó de convocar a los más sabios y preparados para la conducción de las diversas políticas públicas.
Uno de los cantitos con que se entretuvo la selecta muchedumbre que ocupaba el patio central y las adyacencias de la Casa Rosada representó admirablemente bien los alcances y las ambiciones del proyecto nacional y popular actualmente en marcha:
Che gorila che gorila,
no te lo decimos más,
si la tocan a Cristina,
¡qué quilombo se va a armar!
Vamos a pasar rápidamente del simpático anacronismo del gorila, que es el arquetipo preferido del antiperonismo. Hay que decir que no todo antiperonismo es gorila: el que hoy se ve con mayor frecuencia milita más en la izquierda socialdemócrata de clase media que con la Sociedad Rural, la Armada y la Iglesia: todas estas instituciones han aprendido a convivir con el peronismo.
Me interesa más el último versito de la copla: la del "quilombo". ¿Qué es un quilombo? Originariamente esta voz lunfarda, presumiblemente de origen africano, refería un prostíbulo, burdel o casa de tolerancia. Por extensión se convirtió en sinónimo de caos, desorden, despelote, follón, desmadre. Este es actualmente su uso más extendido. Al respecto, a un célebre académico e investigador que tenía mucho colmillo para estas cosas le gustaba decir que quien pensaba que un burdel era sinónimo de desorden es que nunca había visitado uno: no hay lugar más ordenado, con funciones mejor organizadas y más precisas que un prostíbulo.
Ahora bien, amenazar con hacer desorden en caso de que la "toquen" a Cristina, difícilmente disuada a los gorilas de proseguir con su perversa campaña de desestabilización.
El asunto puede verse como un progreso: en efecto, en lugar del heptasílabo "qué quilombo se va a armar", en otras épocas se hubiera coreado "te vamos a reventar", o "te vamos a ir a matar". Y la verdad es que no está nada mal, aunque el esquema fascistoide de la advertencia amenazante persista.
Por otro lado, la amenaza de "armar quilombo" muestra indirectamente los verdaderos alcances del proyecto kirchnerista. Revela la impotencia irremontable de poner en marcha las verdaderas transformaciones que hacen falta. "Armar quilombo" es lo máximo a lo que puede aspirar el bloque de poder del kirchnerismo, si se lo mira desde una perspectiva revolucionaria. Un quilombo que se agota en sí mismo, que no puede esperar una trascendencia realmente perdurable, que apenas supone una alteración pasajera del orden establecido: desfogue, festejo salvaje, sonido y humo.
Si la retórica revolucionaria es por sí sola un mal instrumento para impulsar transformaciones profundas y trascendentes, recrearse con el imaginario del desorden, del caos previo al nuevo orden anhelado equivale a refrendar sin atenuantes ni salvedades el lamentable estado de las cosas: el quilombo, en definitiva, es una institución conservadora.
