Agarrada de la baranda que da al Patio de las Palmeras, con la brisa tropical de febrero agitándole épicamente el peinado, la señora escuchó: “Acá tenés los pibes para la liberación” y, orgullosa, asoció la escena con su reciente viaje a Cuba. Así como existe la dismorfia corporal, un trastorno por el cual el sujeto percibe su cuerpo de manera distorsionada, postulamos que existe la “dismorfia ideológica”. Al igual que la anoréxica que, frente al espejo, se ve gorda y es un palo, el “ideoréxico” se ve “nacional y popular” y tiene 90 palos.
Los pacientes con dismorfia ideológica pueden razonar así: “Salvo porque Fidel desbarató el plan de Fulgencio Batista de convertir a Cuba en Las Vegas, al querer instalar 50 casinos entre La Habana y Varadero, mientras que en la Argentina se pasó de 80 salas de juego en 2008 a 160 en 2014, y salvo porque el Che detuvo en 1958 en Santa Clara un tren con armamentos y hombres del régimen proyanqui al levantar las vías usando una pala mecánica, mientras acá los Cirigliano usaron la misma pala mecánica para llevarse la del tren, salvo por estos y otros nimios matices, Él y yo también hicimos una revolución”.
Si a estos pacientes uno les pregunta: “¿Le contó en Cuba al comandante que cambió al Che por Chevron?”, callan. Y si se les advierte que “¡más a babor, capitana, que su Granma (legendario barco que transportó a los revolucionarios) torció el rumbo hacia el Club de París!”, siguen hablando de “el pueblo”. (En un fugaz rapto de lucidez, un paciente dijo: “Hoy, lo revolucionario sería volver al crédito. Nuestro sueño es expropiar un ‘sí’ a los mercados”.)
En la dismorfia ideológica es muy habitual que se confunda “asistir a la pobreza” con “sacar de la pobreza”. Cuando el paciente dice “nadie hizo más por los pobres en los últimos 20 años que nosotros”, en rigor, no anda lejos de la verdad. El kirchnerismo se acercó al pozo donde el pobre quedó atrapado, a través de una soga le bajó subsidios, lo incorporó a cierto consumo (celular, televisor, ciclomotor), pero sobre todo le habló:
-Sé que estás ahí abajo. Votame que te saco.
-Pero ¡traeme una escalera ahora, no doy más!
-Andá agarrando mi boleta. Voy a buscarla y vuelvo.
El paciente con dismorfia ideológica cree que el orden de los factores no altera el producto. Puede llegar primero la revolución. O la devaluación. Por eso, 11 años después:
-Conseguí la escalera. Después de los precios y el dólar, subís vos.
En cualquier manual de trastornos de la autoimagen se describe como habitual que el paciente, al no terminar de creerse que ideológicamente es lo que dice ser (zurdo, progre o nac&pop), refuerza la construcción de su identidad definiéndose por oposición a otros, en adelante, sus enemigos. Para elegirlos suele ser muy creativo. Se cuenta de una que usaba los Louboutin reforzados y pateaba todos los hormigueros, organizados según un mosaico o cronograma que decía: “Lunes, al campo. Martes, a empresarios y burguesía nacional (desde febrero no incluir Torneos y Competencias). Miércoles, a sindicalistas (incorporar a Caló, el mudo que quiere largarse a hablar). Jueves, a los poderes concentrados (no especificar, así suena más grande y atemorizante). Viernes, a varieté de troskos. Sábados, libre (a lo sumo tuiteo melanco a la tarde-noche). Domingos, fustigar según tapas de diarios”.
Advertencia clínica final: este tipo de patologías demanda mucha atención y cuidado a quienes rodean al paciente. Deben estar atentos. Se consigna el caso de otra que, en su búsqueda habitual de culpables, apeló a la imagen de una ristra de chorizos misioneros con tanta mala suerte que la ristra, sigilosa y letal como boa, terminó envolviéndola, casi hasta asfixiarla en el ridículo.
La fiesta privada terminó. Ya no queda nadie en el Patio de las Palmeras. Algunos hubieran deseado que la tripulación de este Granma terminara en Sierra Maestra.
Otros, en Sierra Chica.