Las pantallas televisivas mostraron al inicio de los saqueos, que aún no han finalizado del todo, una situación poco frecuente: el jefe de Gabinete del Gobierno Nacional, Capitanich, y el jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri, mantuvieron una reunión.
Más aún, para escándalo de algunos, brindaron una conferencia de prensa conjunta al término del encuentro y, en un culmen de civilidad, se sonrieron y cruzaron chistes en público sobre la factibilidad de debatir como candidatos en la carrera hacia 2015. Actitud que luego se reiteró con otros gobernadores de partidos opositores, como el de Santa Fe y el de Córdoba.
Simultáneamente, la violencia iniciada en las calles de Córdoba y sus secuelas en el resto del país asusta a más de uno. Pero más que eso, aterra la incapacidad entre fuerzas políticas distintas para encontrar una salida a un problema en el que los perjudicados son los ciudadanos de a pie.
Los dichos de funcionarios nacionales, señalando que la seguridad es exclusiva de las provincias, contrastan con el envío de Gendarmería al conurbano bonaerense -tierra, tal vez, más amiga para el poder central que Córdoba, por ejemplo.
Estas noticias permiten reflexionar sobre dos realidades que nuestra cultura política ha descuidado: el diálogo y el debate.
El debate es necesario. La competencia política lo incentiva. Permite marcar las diferencias, enfatizar los puntos flojos del contrincante y resaltar las mejores cualidades propias. Una cultura republicana promueve el debate, pues facilita la transparencia en la relación entre representante y representado, ya que los contrastes posibilitan que el elector evalúe con juicio crítico las propuestas y trayectorias de los distintos candidatos.
Sin embargo, al tener como objetivo la diferenciación, la lógica del debate empuja a los contendientes a centrarse en lo que los separa, no en lo que los une. Y aquí el debate muestra sus límites.
Hay momentos en los que, más que debate, se requiere diálogo. Hay temas en los que la victoria total sobre el rival sirve menos a la sociedad que el acuerdo negociado, pues las víctimas son las que quedan en el medio del choque.
El caso de Córdoba es un triste ejemplo de ello. Es precisamente en este punto donde el diálogo luce sus fortalezas, pues permite sentar premisas básicas, construir sobre bases comunes.
El profesor de negociación de la Facultad de Derecho de la Universidad de Harvard, Bob Bordone, frente al reciente "shutdown" que paralizó al gobierno de Estados Unidos durante dos semanas, señalaba dos condiciones indispensables para un diálogo político fructífero.
En primer lugar, escuchar al otro con coraje, sin prejuicios, confiando en que su visión puede enriquecer la mía.
Segundo punto: otorgar el beneficio de la duda en cuanto a la intención. Que el de enfrente tenga una opinión distinta a la mía no lo convierte en mi enemigo -sin que esto implique caer en ingenuidades.
A diferencia de lo ocurrido a nivel nacional y en muchas otras provincias, puede decirse que en Mendoza las formas se han mantenido. Los dirigentes políticos conversan entre sí.
Al menos hasta ahora, la cultura política mendocina ha logrado evitar que quien gobierne cierre las puertas al diálogo. Ahora bien, el diálogo mantenido no ha producido resultados significativos, esos acuerdos transversales que permitan avanzar en temas urgentes como la mejora en seguridad y educación o la erradicación de la desnutrición.
Ojalá que la reunión entre Capitanich y Macri, y luego con Bonfatti de Santa Fe y De la Sota de Córdoba sea el principio de una mejoría de la cultura política a nivel nacional.
Ojalá que los saqueos y eventos de estos días no se sigan repitiendo por todo el país. En cuanto a Mendoza, ojalá nuestros dirigentes políticos no sólo dialoguen, sino que sean capaces de llegar a esos acuerdos básicos necesarios para que la provincia avance.
