Desde fines de 1999 a junio de 2007 tuve el honor de ser el Administrador General del Parque Gral. San Martín.
Desde fines de 1999 a junio de 2007 tuve el honor de ser el Administrador General del Parque Gral. San Martín.
Fueron casi 7 años, muy duros e intensos, tratando de hacer las cosas lo mejor que podía como única forma de agradecer el inmenso honor que se me había conferido al designarme en tal alta responsabilidad.
Era un desafío enorme que se me presentaba pues se estaba dejando en mis manos uno de los patrimonios, en lo ambiental y cultural, más valiosos de nuestra provincia.
Confiaba en que mis anteriores responsabilidades como director de Construcciones de la Provincia, director de Obras Privadas en la Municipalidad de Mendoza y mis ocho años como director de Paseos Públicos también en la Capital, me aportarían algo de experiencia que me permitiera sobrellevar, en parte, ese compromiso.
No era sólo un mero hecho administrativo tratando de ordenar un desorden generalizado de una repartición, en aquella época, de casi 400 personas, muchos de ellos al borde de la jubilación y con muy pocos incentivos para desarrollar su trabajo. Era mucho más que eso.
Era la necesidad de detener ese deterioro que progresivamente estaba destruyendo nuestro patrimonio verde, recuperar lo perdido y luchar por ponerlo nuevamente como en sus mejores tiempos bajo condiciones sumamente duras y difíciles sin equipamiento, insumos y recursos.
La tarea comenzó a realizarse y poco a poco el gran amor que por esa geografía profesaban muchos de los que allí trabajaban hizo que se comenzaran a ver algunos resultados que alentaban y aumentaban las esperanzas de que podíamos y debíamos hacerlo.
¿Cómo no hacer el esfuerzo si estaba en juego nuestra propia supervivencia?
Era nuestro propio pulmón el que estábamos tratando de sanar para que nuevamente nos diera el aire que necesitamos.
Sin embargo la lucha no fue fácil y hubo que tomar algunas importantes decisiones.
Tengo presente aún los agravios recibidos por la decisión de cerrar el ingreso por la Av. Thays para eliminar ese inmenso tajo vehicular que partía al parque en dos sólo por la comodidad de algunos que preferían poner en riesgo la vida de muchos transeúntes, deportistas y ciclistas a cambio de algunos minutos más en sus almohadas antes de partir a su trabajo "cortando camino" como me solían decir algunos profesores de la UNCuyo que vivían en Godoy Cruz muchos de los cuales jamás hubieran permitido que sus nietos pasearan en bicicleta por allí antes de que tomáramos la decisión del cierre.
Y lo hicimos. A pesar de todo lo que significó, personalmente, lo hicimos. Fue una decisión importante para un problema importante donde estaba en juego el bienestar común y no el interés de algunos.
No se hizo en forma autoritaria sino respetando todos los procedimientos de Evaluación de Impacto Ambiental de acuerdo a lo establecido en la ley 5961.
Aún recuerdo las quejas y hasta diatribas proferidas durante mis siete años de gestión por el conductor de un popular programa de radio, que aún se escucha, cuando se adoptó la trascendental decisión. No había mañana en la que no se tocara el tema y se atacara mi persona.
Pero si ése fue parte del costo, lo volvería a hacer una y mil veces más pues una injuria o insulto no vale nada frente a la pérdida de alguna vida. Así lo planteé en muchos programas de televisión y en distintas entrevistas. Lamentablemente ninguna dada por el referido conductor del programa a pesar de solicitarle en reiteradas oportunidades el derecho a réplica y, sobre todo, para tratar de explicarle los beneficios de la decisión: nada más ni nada menos que impedir a la muerte que paseara por nuestro parque.
Pues bien, hace poco tiempo la calle Thays ha sido nuevamente abierta a la circulación tal como ese conocido locutor y otros de su igual pensamiento lo solicitaban.
Fácilmente se logró torcer la voluntad de quien tenía la obligación de mantener ese cierre. Seguramente muchas veces le sonó el teléfono (yo pasé por esa experiencia) hasta que harto de ello y sin elementos legales que lo autorizaran permitió que algunas máquinas viales arrasaran lo que impedía por allí transitar y con ello una nueva avalancha de autos y camiones comenzaron a circular como mejor muestra del triunfo de la estupidez y el egoísmo de quienes no comprenden el enorme daño que se ha hecho.
No ha pasado mucho tiempo y ya están a la vista las absurdas consecuencias de lo que inevitablemente iba a suceder. Dos jóvenes han muerto en un lamentable accidente en esa arteria y desgraciadamente se han convertido en las primeras víctimas que deberían ser cargadas en más de una conciencia.
Seguramente se atribuirá a la mala fortuna, a la imprudencia o la desgracia y todo quedará en el olvido menos para quienes hoy tienen sólo un lugarcito para dejar unas flores a quienes hasta ayer podían tocar, besar, jugar y amar.
¡Qué bueno sería que esta tremenda desgracia hiciera reflexionar a quienes tienen la responsabilidad moral de lo sucedido! Buscar a los responsables penales y a quienes debieran tomar la decisión de retrotraer la medida y devolver la paz a nuestro espacio verde para que pueda ser disfrutado sin miedo a un nuevo y lamentable accidente aunque ello les cueste tener que soportar agravio y la incomprensión de quienes sólo buscan, con despreciable egoísmo, su beneficio personal. No es difícil: sólo basta un poquito de coraje.