Nos costó mucho a los argentinos convertir el ideal democrático en una práctica institucional como lo es el ejercicio del derecho constitucional de elegir y ser elegido. Las elecciones constituyen siempre un procedimiento tendiente a regular el orden social de las preferencias electorales de los ciudadanos.
El apoyo a la democracia es unánime en el pueblo argentino. En treinta años, desde 1.983 a la fecha, pese a grandes dificultades y desaciertos, ningún sector de la sociedad ha alentado el establecimiento de dictaduras militares, ni el advenimiento de hombres providenciales y autoritarios. La vigencia inclaudicable de los principios democráticos ha constituido una pared infranqueable para los advenedizos.
No obstante, estamos en los inicios de un camino de expectativas y esperanzas, de avances y retrocesos. En razón de la comprobada diversidad de intereses, la democracia necesita avanzar en el desarrollo de los aspectos sustanciales, que aseguren a los ciudadanos un progreso significativo en el desarrollo histórico de la libertad, la igualdad y el bienestar general.
Somos libres e iguales al ejercer el derecho de votar, pero hay sectores que, luego de ejercer esos valores, por sus circunstancias personales, regresan al lugar del deterioro y la desesperanza, donde las desigualdades y la ausencia de oportunidades se tornan evidentes.
La democracia, observada desde un punto de vista sustantivo, debe contemplar no sólo la existencia de sectores injustamente relegados al hacinamiento y a condiciones de vida casi infrahumanas sino también propiciar las soluciones más efectivas en cada caso debiendo ser parte de los instrumentos programáticos de los partidos políticos, tanto más si la actividad de los mismos y su significación social crece con el fortalecimiento progresivo del principio democrático.
Entre los aspectos negativos de nuestra vida democrática se puede observar cierto desinterés y escepticismo por la política y la "cosa pública", y la insatisfacción respecto del funcionamiento de algunas instituciones. También se advierte una pérdida del papel protagónico del Congreso Nacional, Legislaturas provinciales y Concejos Deliberantes. En la inevitable pugna de intereses subalternos, han hecho explosión escándalos de corrupción política, gremial y empresarial, conforme se observa en las causas judiciales implementadas. El avance del narcotráfico, el crimen organizado, el lavado de dinero, el desempleo y la inseguridad, son otros aspectos que deterioran la vida institucional y social.
Sin embargo, estas circunstancias constituyen una oportunidad y un desafío para enfrentarlas con soluciones adecuadas. Por otro lado, alentar el descrédito de los partidos políticos es encubrir un ataque contra la realización de la democracia, por cuanto el Estado de Derecho y el sistema de representación, no puede concebirse sin un Estado de partidos políticos.
Aun cuando ciertas agrupaciones propugnen un Estado ausente y otras reclaman un papel activo del Estado en los escenarios de la producción y de una distribución más equitativa de la riqueza, lo verdaderamente importante es que en nuestra sociedad se instale una mayor y progresiva igualdad social.
Las elecciones nos impulsan a reflexionar que en democracia no somos un conjunto de ciudadanos incoordinados entre sí, dispuestos a perder el control de nuestro sistema de vida democrático sino todo lo contrario.
El día de las elecciones es siempre una jornada de claridad, para los electores, porque es la libertad la que ilumina la elección secreta del votante y porque constituye el registro histórico de un tiempo.
En razón de ello, el buen político debe ser como un marinero que avanza sin retroceder hacia el puerto del bienestar general y tener preparados los proyectos de ley que enaltecen la vida humana.
El buen político sabe que los desacuerdos razonables alimentan la libertad de expresión, el valor del disenso democrático, la convivencia pacífica, porque no hay una sola visión política sobre el bien común y la vida digna de los ciudadanos. El sistema democrático protege al pueblo siempre que las estructuras de control funcionen.
Sabe también que la democracia ha superado los golpes de Estado y que las generaciones que se vienen sucediendo desde 1.983, son las únicas, en toda la historia argentina, que han podido vivir en democracia, sin levantamientos insurreccionales.
Saben también que las oportunidades educativas, el cuidado de la salud y una mayor seguridad, es un paradigma insustituible para todos los habitantes de la Nación Argentina que, aunque sea difícil la implementación de un método integral abarcativo de todas las soluciones, no es imposible intentar permanentemente la superación de los mismos.
Por último un buen político convoca, no persigue; persuade, no reprime; rinde cuentas porque sabe que los dineros del Tesoro Nacional no son del gobierno de turno sino del pueblo. Es auténtico y valiente para enfrentar los peligros y acechanzas, las traiciones e infidelidades. Conoce que la realidad es siempre dialéctica y se dispone por ello a reconocer y corregir los errores políticos, porque sabe que los ciudadanos juzgarán su comportamiento no por lo que saben sino por lo que hacen con lo que saben; no por lo que prometen sino por el cumplimiento de sus promesas.
Por último, el buen político respeta la vigencia inalterable de los derechos humanos para todos, porque sabe que las balas de los dictadores no podrán matar nunca las ideas ni las almas que las generan.
Las opiniones vertidas en este espacio, no necesariamente coinciden con la línea editorial de Diario Los Andes.